jueves, 15 de marzo de 2018

UNA INFANCIA ENTRE REAGAN, LOPEZ PORTILLO, LA LUCHA LIBRE Y KALIMAN



Hace más de 37 años, conocí a Rebeca. Era una niña alta, mayor que yo. Morena y de cabello largo. Nadie la quería por “coqueta”. Era “odiosa”, me decían que se “creía bonita” y que su padre, mi vecino, era un borracho apostador. El departamento 2, se había convertido en un casino clandestino y mientras tanto, mi padre, nos tenía estrictamente prohibido, jugar en el patio y mucho menos, jugar con ellos. Odiaba a Ivan, a Pepe, a Mary, a Laura, ellos tenían la libertad, que en mi casa, no tenía.

En esos días, a miles de kilómetros de donde me encontraba, el mundo iniciaba una nueva historia.  Un recluta del servicio militar, limitado en sus capacidades para no ir  combatir a la guerra mundial, convertido después en ex locutor de radio, narrador de partidos de beisbol y futbol americano;  actor de cine y líder sindical del Screen Actors Guild (SAG), se convirtió, luego de vencer en las elecciones de 1980 al Presidente Jimmy Carter, en lo que sería el trigésimo tercero Presidente de los Estados Unidos de América. Nos referimos a Ronald Reagan. 


¿Qué carajos podría decir un actorcillo mediocruelo de películas de vaqueritos a la nación más poderosa del mundo?.  Al menos, cuando lo vi por vez primera en televisión, no me llamo la atención.
Jimmy Carter, había sido un presidente conciliador, había decidido promover una amnistía para liberar de la prisión, aquellos rebeldes que se oponían a la guerra de Vietnam; era también partidario de los derechos de la comunidad homosexual, fiel testigo de la crisis energética cuando los países árabes miembros de la OPEP, redujeron las tasas de producción de petróleo, provocando el aumento del barril del petróleo y con ello, la crisis económica de la inflación, colocando por vez primera en la historia a los países industrializados, a la merced, de las naciones subdesarrolladas. Un país desconfiado, deprimido y desmoralizado, los asesinatos de los hermanos John y Robert Kennedy, así como del activista Martin Luther King, pusieron en duda la institucionalidad de la nación más poderosa del mundo;  la derrota de Vietnam y el penoso escándalo de Watergate que orilló al ex presidente Richard Nixon, presentar su renuncia; terminó por agravar la situación de malestar; misma  que se detonó aun mas, con la firma de los Tratados de Canal de Panamá, con los cuales, Estados Unidos le devolvía la soberanía del canal, a un “dictador”, como el general Omar Torrijos y peor aún, cuando estalló la revolución iraníe y el gobierno revolucionario autocrático de Irán, lidereado por el fundamentalista el Ayatolá Jomeini, decidió ocupar la embajada estadounidense en Teherán, reteniendo a mas de 52 diplomáticos rehenes, haciendo ver, los intentos de rescate del ejército más poderoso del mundo, como  tibios, con miedo,  moral y militarmente derrotados.    

Era obvio el malestar americano. Las elecciones presidenciales así lo hicieron notar.  489 votos electorales a favor de Reagan, contra 49 del Presidente Carter, que no pudo reelegirse.

Un mundo en recesión, otros en crisis y otro en promesa de recuperación. Explicado las diferencias en un chiste local para quienes así lo vivieron. “La recesión es cuando tu vecino pierde su empleo. Una depresión es cuando tu pierdes el tuyo y una recuperación, es cuando Jimmy Carter pierde el suyo”.


Ronald Reagan promete hacer grande América, reconoce en su discurso de toma de posesión,  “una aflicción económica de grandes proporciones”, la crisis inflacionaria en la que se vive, la amenaza de que se le destroce la vida a millones de jóvenes y jubilados, refiere a una industria paralizada y un sistema fiscal que penaliza al éxito;  “un futuro hipotecado”, en aras de la conveniencia temporal del presente. De continuar con esa tendencia, sentenciaba Reagan, “vendrían los cataclismos sociales, culturales, políticos y económicos”. “El gobierno no es la solución, es el problema”.  Promete pues, un nuevo comienzo, “volver a poner América a trabajar”, y para ello, replantea al Estado, el cual le critica su innecesario y excesivo crecimiento. No se trataba de deshacerse del Estado, sino hacer que este funcionara. Recordar que Norteamérica era una nación que tenía un gobierno y no a revés, un gobierno que tiene una nación.

Pero mientras eso ocurría, México vivía otra realidad distinta. Un país, cuyo el 65% de la población, lo constituía una población menor a los 24 años. Literalmente, una nación de niños y adolescentes. México estaba viviendo su auge petrolero. Éramos la sexta potencia mundial petrolera. La decisión de la OPEP de bajar la producción petrolera y con ello aumentar el precio del petróleo, termino beneficiando a PEMEX, la única empresa petrolera mexicana, que lograba abastecer a los Estados Unidos, del recurso energético vital para su desarrollo y estabilidad. Más de 1,155 empresas propiedad del gobierno, daban nota, del pensamiento nacionalista y soberana de la economía y del empleo.  Un crecimiento anual superior al 9%, más de 3 millones 250 mil empleos en tan solo cinco años de gobierno. Eran momentos para acostumbrarnos a administrar la abundancia;  México, tenía en su Presidente, a un fiel guardián, alguien que defendería la paridad del peso-dólar, “como un perro”.


Entonces un niño de apenas siete años de edad, el tercero de tres hijos, de una familia mexicana más que vivíamos en la casa de mi abuela Zenaida, un pequeño departamento ubicado en la calle de Zarco, de la popular Colonia Guerrero, en la Ciudad de México.  Mi pasión, era leer semanalmente Kaliman, el comic que me había motivado aprender a leer desde los cinco años,  aun recuerdo aquella historia del perverso Tarot y su vasallo Karma, de apoderarse de la espada flamiguera; lo curioso para mi hermano Roberto y para mi, era ver que en los noticieros de televisión, Tarot, se llamaba el “Ayatola Jomeini” y era igual de maligno y temeroso, que Tarot, el villano de Kaliman.


También en aquellos días, jugaba con mis primos Toño y Sonia, quienes vivían, en algunos de los departamentos ubicados en el Edificio 11 del ISSSTE, en Tlatelolco.

Ver a mi pequeña prima bebe, de nombre Guadalupe, a quien cariñosamente le llamábamos “La Beba”, era una de las visitas que más nos alegraba, en nuestra inmensa soledad de niños, donde mis hermanos Roberto y Miriam, jugábamos a los “látigos” y “espadazos” con la “zorra vengadora”; luego visitábamos el departamento de Tlatelolco, el cual era impresionante, entrar al elevador y ver desde las ventanas del departamento, una ciudad en miniatura, un parque abajo y un enorme tobogán, el cual, mi Tio Toño nos llevaba, para que aprendiéramos a retar el miedo a las alturas.

Era divertido subirse a ese Tobogán. Subirse las escaleras y tener el valor de impulsarse, para experimentar una caída en la enorme resbaladilla de apenas 5 o 6 segundos. Todos subíamos: Sonia, Miriam, Toño, pero mi hermano Roberto, no lo hacía, cuando finalmente lo hizo, no pudo aventarse. ¡Creo que le dio miedo¡


Mientras eso ocurría, mi padre trabajaba en la Refinería 18 de marzo, en Azcapotzalco, orgulloso empleado de Petróleos Mexicanos; mi abuela Zenaida mientras tanto, despachaba su tortillería, ubicada está en la calle de Zaragoza, esquina con eje 1 Norte, donde se auxiliaba con su fiel empleado, Antonio, un joven que dormía en la tortillería y que todas las tardes visitaba a mi abuela, para entregarle la cuenta.  Cuando recuerdo esa escena, pienso que jamás olvidare a mi abuela, sentada en desde su cama, fumando y tapada con su rebozo, contando peso, tras peso. ¡Así fue, como conocí el dinero¡. Las monedas de veinte y cincuenta centavos, las de peso, cinco pesos y esos hidalgos de diez pesos. Ni que decir, de los billetes.  Mi abuela, era rica, tenía mucho dinero. Ella era la que me daba diariamente, la cantidad de cinco pesos, para mis gastos en dulces, en aquellos días cuando estudiaba la primaria en la Insurgentes Morelos, ubicada esta cerca de la Villa. Escuela donde por cierto, mis tías Blanca y Lupita, eran maestras.

Lejos estaban los días, cuando el Presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos,  era José López Portillo, máximo líder del Partido revolucionario Institucional, la principal fuerza política que controlaba la mayoría de las Cámaras de Diputados y Senadores, así como las gubernaturas de los estados y las presidencias municipales, desde hace más de 52 años en el poder; el presidente mexicano que se erigiría también, en el gran líder de la Unidad latinoamericana.  México orgulloso de sus raíces nacionalistas y revolucionarias, apoyaría a la Nicaragua sandinista, en su lucha nacionalista para liberarse del Imperio.  

No entendía pues lo que ocurría en el mundo. Mi abuela Zenaida era mi único contacto con el mundo exterior. El periódico La Prensa y por otra parte, el Noticiero Hoy Mismo o 24 Horas, que daban nota, de la guerra civil en Nicaragua, después, lo haría con la guerra de Las Malvinas.


Eran días aburridos. Mas los domingos. Prendíamos la televisión y veíamos aquel programa dominical conducido por Raúl Velasco, llamado “Siempre Domingo”, fue ahí, donde conocí el festival “Juguemos a Cantar”, después el niño Luis Miguel;  mi hermana Miriam fascinada por los últimos cantantes de televisión, alegraba la casa en que habitábamos, al pedirle a mi papa, comprara los discos de Parchis, después de Timbiriche y finalmente de Luis Miguel. Menudo en cambio, no le gustaba, pero mis vecinas del departamento de enfrente, gritaban como “locas”, cuando salían en la televisión. No se diga Rebeca, era la que mas gritaba.

¡Era insoportable escuchar a Menudo¡. Mi vecina perdía la cabeza y salía a la calle con minifalda, a gritar por su ídolo y yo al verla, no sabía lo que me pasaba en la vista. Si quedarme sorprendido de su locura, o simplemente verle las piernas. Era otra. Esa corta prenda de vestir la convertía en una persona distinta. Se veía alta, podría decir, que bonita. Una criada que trabajaba con nosotros, me prohibió mirarle las piernas. Apenas experimentaba el placer de verla y desear misteriosamente, que saliera a la calle a gritar, otra vez por Menudo. La molestia de verla gritar, me era compensada, al ver los cambios que tenía en su persona, cuando vestía con o sin minifaldas.

Sin embargo, venían tiempos diferentes.  La historia de mi infancia y de la humanidad estaba por cerrar un ciclo e iniciar otro nuevo.  Ante el triunfalismo soberbio de nuestro país, había que reconocer, la crisis económica que se avecinaba. Siendo cierto aquel dicho, que cuando Estados Unidos tenía gripa, en México, le daba pulmonía.  Nunca pensé, que desde mi infancia, pudiera resentir eso.


El Presidente, el hombre más fuerte del país, el gran Al Tlatoani mexicano, el monarca imperial que todo lo podía, aquel que gobernaba el país, sin que la hoja de un árbol no se moviera sin su voluntad; aquel que veía en sus misteriosos informes de gobierno o cuando gritaba desde el balcón del Palacio Nacional, el grito de la independencia, tuvo que reconocer tarde o temprano,  “el drama que vivía el mundo”, aceptó  pues, que los llamados países industrializados no crecían ni al 1% y que en dichas naciones, se vivía el desempleo, la inflación, el desorden y desajuste de las balanzas comerciales; anunció la existencia de un dólar revaluado a base de su tasa de interés, afectando con ello a los mercados financieros y las monedas de otros países, entre ellas el peso mexicano, ni que decir, de los precios del petróleo.   Ocurrió lo que llamaron “la fuga de capitales y depósitos bancarios”, el peso mexicano se devaluó hasta un 400%, de 22 a 70 pesos por dólar; el kilo de tortilla subiría de 5.5 a 11 pesos, el pan blanco de 50 centavos a un peso, el litro de gasolina de 3 a 41 pesos; inclusive, así en mi tierna edad de un  niño, me subirían la revista “kaliman”, de 4 pesos   7.50. Pesos. ¡México entraba en crisis y yo dejaba de leer Kaliman¡. Mi abuela me aumentó “el domingo” de 5 a 16 pesos semanales y dejo de comprarme, el comic que mis hermanos y yo, leíamos cada semana. La crisis anunciada por Reagan, que nuestro presidente imperial no pudo parar, llegaba a nuestras casas. La crisis azotó mi vida familiar. Mi padre manifestara una y otra vez, que “no le alcanzaba el dinero” y mi madre, abandonaba sus labores domesticas en el hogar, para buscar y encontrar trabajo; y mientras eso ocurría el peluquero de la esquina de mi casa, siempre mentaba madres, contra “Jolopo”. El presidente mexicano corrupto al que equiparaba como “perro”. El “peor ratero” que México había tenido.  No sabía, porque le decían “perro”. Lo único que si sabía, era desde aquella puerta transparente de la peluquería, que daba a la calle, veía pasar a Rebeca, descubriendo desde mi tierna infancia, que cuando no vestía minifalda, no era realmente Rebeca.

No podía entender lo que estaba ocurriendo en esos días. Ver en televisión al presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan, riéndose, en verdad, que era un misterio que solamente mi abuela Zenaida podía entender. De nada servían las bravatas que el Presidente José López Portillo anunciaba en el foro de la Organización de las Naciones Unidas, en las que denunciaba el tránsito, hacía un nuevo orden económico. Un discurso aburrido que se transmitía, quitando de la programación del canal 5, las caricaturas que veía con mis hermanos.  Sobre todo la caricatura de Remi, a la que mi hermana, le gustaba tanto.


De nada servía que dijera que los países en desarrollo no querían ser avasallados. Que no querían paraliza sus economías, que los esfuerzos de las naciones subdesarrolladas para vencer el hambre, la enfermedad, la ignorancia y la dependencia económica, no fueron los que generaron la crisis internacional.  Es más, de nada servía la decisión valiente del Presidente, de “nacionalizar la banca” y de gritar a los cuatro vientos, “ya nos saquearon una vez, no nos volverán a saquear”.  México, estaba jodido. Pero no nos importaba, mis hermanos y yo, corríamos al tobogán de Tlatelolco, tratando de convencer a mi hermano que se aventara. Pero él, seguía  temeroso de hacerlo.

¿Qué podía entender un niño de siete años de esas cuestiones políticas, económicas e internacionales, cuando mi pequeño mundo, era jugar con su primo Toño, o a los carritos o a la lucha libre.  La variedad de luchadores de los juguetes que me enseñaba y del semanario “Box y Lucha”, que mi tío Toño, compraba puntualmente, me hacía pensar todo ello que lo mas importante en la vida, era la próxima lucha, mascara contra cabellera, entre los Villanos primero, segundo y tercero, contra los Misioneros de la Muerte. Había pues que seguir viviendo. Mi tía Lupita, su marido, mi tío “pepino”, así como  mis hermanos Beto, Miriam y mi prima la “beba”, se subían a un avión con destino  a Manzanillo, para disfrutar de sus vacaciones, mientras que yo me quedaba solo, con mis padres, triste, sin entender, porque no viajaba con ellos, porque había acudido al aeropuerto y no me habían dejado subirme al avión, en verdad, que me fue difícil, me fue un trauma. Me sentí incomodo. Después supe con los años, que me sentí rechazado y deprimido.

Nada que entender en las noticias. Nada que entender a Reagan o a López Portillo, nada que entender, sobre la inflación y el valor del dólar. Sólo recuerdo el momento en que mi padre le dijo a mi madre, que era el momento para comprar dólares. Mi madre, sus primeros sueldos, los invirtió en la compra del billete verde. De repente, mientras los vecinos y la gente se alarmaba de los precios de la tortilla, del huevo, el azúcar, la carne y el pollo, mi madre se convirtió, según en el dicho de mi padre, en una “mujer rica”.  Mi madre pues, tuvo lo suficiente, para comprarse inclusive un departamento, ubicado este, arriba de la tortillería de mi abuela, en Zaragoza, esquina con Mosqueta.

¿Cuál crisis?. ¿A quien le importa Reagan?. La guerra civil en Nicaragua o inclusive, la guerra de las Malvinas, entre Argentina e Inglaterra.

Mi Tio Toño, nos paseaba por Tlatelolco, no se diga, en la Plaza de las Tres Culturas, donde el policía nos prohibía bajarnos al pasto y subir esas pirámides; podíamos caminar libremente por los pasillos, pero no por el pastito. En una de esas, nos cruzamos, con Miguel de la Madrid Hurtado,el candidato del PRI a la presidencia de México,  a quien le extendió la mano a mi tio, junto con otras personas y él orgulloso de haberlo saludado, lo primero que hizo al llegar a la casa, fue presumir a mi abuela Zenaida que había saludado al próximo presidente de México, pero también, en tono de burla y comicidad, se fue a lavar las manos, “para que no se le pegara, lo ratero”.

Esta es la vida de la crisis. Nunca puedes pensar que el discurso de un mediocruelo actorcillo, que anuncia “gripa” en los Estados Unidos, puede generar la “pulmonía” en tu país y la fortuna de tu madre, de haberse comprado una casa, con plena crisis económica.
Deje de leer Kaliman, ya no supe en que termino la historia contra el Conde Bartok. y con el paso de los años, habitaría en lo que sería mi nueva casa; Rebeca nunca más la volvía ver, mientras que mi hermano Roberto, nunca, pero en verdad, nunca, se pudo aventar  del tobogán.