lunes, 28 de mayo de 2018

¿EL PRÓXIMO PRESIDENTE PUEDE CAMBIAR EL MODELO DE NACIÓN?



Debemos entender que lo más importante que existe para gobernar una Nación, es el poder político. Aunque este, no sea el único poder que existe.  La teoría política nos habla de poder constituidos, que son los que reconoce y regula la Constitución Política; y también los llamados “poderes facticos”, que son aquellos que no se encuentran regulados o reconocidos por las leyes, pero que tienen influencia, en la gobernabilidad de un país.

En este artículo, sólo hablaremos de los “poderes constituidos”. 

Y es que el pueblo, puede elegir al Presidente de la Republica, a sus diputados y senadores; pero no podrá elegir jamas, al Jefe de un Cartel de la droga, a un ministro religioso, a un líder de opinión de un medio de comunicación masivo, a un banquero o el dueño de una empresa millonaria. 

El Poder Político, del que nos referiremos únicamente, se encuentra perfectamente establecido en la Constitución Política, en el  cual, se establecen los derechos de todos los habitantes del país; así como la forma en que se organiza el Estado mexicano.  

Nuestro Estado, es una República Federal. Es decir, un Estado, que se conforma por un gobierno federal y 32 gobiernos estatales. Los Estados son Aguascalientes, Baja California Norte, Baja California Sur, Campeche, Ciudad de México, Coahuila, Colima, Chiapas, Chihuahua, Durango, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, Nuevo León, México, Michoacán, Morelos, Nayarit,  Oaxaca, Puebla, Querétaro, Quintana Roo, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Tamaulipas, Tlaxcala, Veracruz, Yucatán y Zacatecas. Es un dato que no debemos perder de vista. 


A su vez, cada Estado de la Federación se conforma con Municipios. Existe en todo el territorio nacional, por lo menos 2,464 municipios.    

por ende, en el país, no solamente se vota por un Presidente, diputados y senadores; sino también por los Gobernadores de los Estados, diputados locales, presidentes municipales, síndicos y regidores. 


¡El Presidente por lo tanto, no gobierna sólo el país¡. No es “dios”, “todo poderoso”, para transformar el país.  El Presidente de la República es sólo el Poder Ejecutivo del gobierno federal, es decir, es quien “ejecuta”, el que “aplica”, el que “cumple”, lo que la Constitución Política y las leyes federales le mandatan.  Para que el Presidente puede hacerlo, dispone de varios colaboradores, distribuidos en las Secretarias de Estado, organismos descentralizados, desconcentrados y las empresas productivas del Estado, (antes denominadas, empresas paraestatales).  En México pues, se elige al Presidente por voto popular. Los colaboradores del Presidente, no los elige el pueblo, sino que los designa el propio Presidente. Entre los funcionarios que designa el Presidente, se encuentran por lo menos 18 Secretarios de Estado, 171 titulares de organismos públicos descentralizados, desconcentrados y empresas paraestatales; así como miles de altos funcionarios entre los que se encuentran Subsecretarios, Directores Generales, Directores de Área, Subdirectores y Jefes de Departamento.

Podemos elegir al Presidente de la Republica; pero no podemos elegir a los colaboradores de éste. A veces, con el voto popular, no sabe uno, a quien termina uno beneficiando.  El Presidente requiere de miles de colaboradores, para cumplir con los mandatos que le ordena la Constitución y las leyes. En la practica, esos cargos deberian ser ocupados por personas integras, honradas, preparadas, competentes para el cargo; pero lamentablemente, son tantos los lugares o el poder de designación del presidente, que terminan ocupando esos lugares, los familiares o los amigos.  


El Poder legislativo es un poder importante en una República como la nuestra. Se integra por dos Cámaras. La de Diputados y la de Senadores. Son  500 diputados y 128 senadores.  Su función es hacer las leyes, ya sea creando nuevas, o bien reformando o suprimiendo las que existen.

Se critica mucho la función "dormilona" de los diputados y senadores, la cantidad de legisladores plurinominales y las dietas que reciben estos; sin embargo, nada se dice de los miles de colaboradores al servicio del presidente, los cuales, al desempeñar sus funciones fuera de los reflectores de la prensa, la opinión publica nada sabe tampoco de sus siestas o actuaciones prepotentes o corruptas.

En México, pueden existir funcionarios menores como directores generales, que actúen en forma, mas prepotente, nefasta o corrupta, que un simple diputado.  



El Poder Judicial se encuentra depositado en la Suprema Corte de Justicia de la Nación que se integra por once ministros. Además, debajo de este alto tribunal, se encuentran los Tribunales Colegiados de Circuito y los Juzgados de Distrito.  La función del Poder Judicial es el control constitucional, a través del Juicio de Amparo y de la declaración de inconstitucionalidad de las leyes y actos, que pudieran emitir los otros dos poderes.

El perfil de los jueces, no corresponde al de los políticos electos popularmente. Los miembros de la Judicatura, en teoría ocupan el lugar, por sus méritos y conocimientos especializados en el Derecho. Eso no le quita, los grados de amistad o preferencia, que pueden tener o hayan tenido algunos ministros, sobre el Presidente o los senadores que lo apoyaron en su propuesta y designación. 

Por ende, el poder público no se encuentra depositado en un solo hombre. Sino que está distribuido en el Presidente, los diputados, senadores, ministros, magistrados y jueces. Ninguno de estos funcionarios actúa a capricho, sino que debe hacerlo, en estricta sujeción al Derecho. La Constitución Política establece, las facultades que tienen cada uno de estos funcionarios.

Por lo tanto, el Presidente de la República, para que pueda reformar políticamente a una nación, puede promover reformas a la Constitución Política y para que estos se lleven a cabo, requieren de la votación de por lo menos dos terceras partes de los diputados y senadores, así como la aprobación de por lo menos, 17 congresos locales.

Es decir, para que el Presidente pueda gobernar el país, con amplia mayoría y pueda reformar la Constitución, necesita por lo menos, de 333 diputados y 86 senadores.  Situación que resulta imposible jurídicamente, pues la Constitución establece un límite de 300 diputados para un solo partido. Lo que haría necesariamente, que el partido político que gane el Congreso, tenga que aliarse con otro partido político.   

Pero aun suponiendo, que el presidente en coalición legislativa con otro partido, lograra la mayoría del Congreso, requiere de por lo menos, el apoyo de 17 legislaturas; las cuales, en cada legislatura estatal, el partido político dominante, no siempre coincide con el del partido político del Presidente. No perdamos de vista, que la geografía política del país, es plural y en algunos casos, profundamente regionalista.





Cabe señalar que en las elecciones del 2018, no solamente se elegirá a presidente, diputados y senadores del gobierno federal, sino también, a 26 legislaturas.  

Así pues, la pregunta es: ¿Se puede entonces reformar la Constitución, por la voluntad del Presidente?. ¡Claro que se puede¡. Pero se requiere de la mayoría de diputados, senadores y legislaturas de los estados, que establece la propia Constitución para poder ser esta modificada. Para ello se requiere, consenso de los actores políticos.

¿Pero porque antes si se hacia?. 


Hubo épocas en México, en que el poder del Presidente era ilimitado, pues contaba con amplias mayorías para reformar la Constitución. Esto sucedió en casi todo el siglo XX bajo el presidencialismo priísta autoritario. Sin embargo, desde 1997, el PRI perdió ese control y a partir de ese entonces, cualquier modificación a la Constitución Política, requirió del consenso de otros partidos políticos (principalmente el del PAN).

¿Porque si se pudo llevar a cabo las denominadas reformas estructurales en el sexenio del Presidente Enrique Peña Nieto?. Esto se llevó a cabo, gracias al consenso político de los principales partidos políticos que existían en el 2012, que lograron la mayoría en el Congreso y en las legislaturas. (PRI,PAN, PRD y PVEM). El denominado "Pacto por México", fue el mayor consenso legislativo, desde 1997 cuando el PRI perdió por siempre la mayoría en el Congreso. 

Sin embargo, el "Pacto por México" fue considerado por muchos partidos, principalmente la disidencia del PRD, que a la postre formó MORENA, como el "Pacto contra México", un acto de traición a la patria, que merece ser estudiada, en otra ocasión.

Con toda esta reflexión, es posible que el próximo presidente, pueda cambiar por si solo, (obvio con el apoyo de su partido, el régimen actual). 

¡Para ser precisos y claros¡. Si Morena gana la elección presidencial, requeriría tener la mayoría suficiente en el Congreso, para promover las reforma a ésta; así como por lo menos, tener mayoría en 17 legislaturas.

La elección del 2018, no solamente debe interesarnos la elección federal del Presidente, que por sí solo, no podrá hacer nada; requiere para llevar a cabo su voluntad, o bien, “frenarla”, la mayoría de representantes populares tanto en el Congreso Federal, como en las legislaturas locales.

El Presidente y el Congreso de un solo partido político, claro que pueden llevar por si solos, mayoría simple para impulsar cambios, sin necesidad de reformar la Constitución, (para ello basta de 251 diputados y 65 senadores), para poder reformar leyes.

Sin embargo, si estas leyes, contradicen a la Constitución, bastara que una minoría de 165 diputados o de 42 senadores, promuevan una acción de inconstitucionalidad, para “echar abajo” una reforma; y para ello, quien le tocaría resolver esta situación, sería los once ministros que conforman la Suprema Corte de Justicia de la Nación.   


Los Ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, no se eligen por voto popular. Sino que se hace a través de la terna que manda el Presidente, la cual debe ser aprobada por lo menos con 84 senadores. (de igual forma, un solo partido político tampoco puede designar a los Ministros).

Pero además, los ministros se designan cada quince años. Para diciembre del 2018 se abre una vacante, para febrero del 2019 se abrirá otra vacante, para febrero del 2021 otra vacante; para diciembre del 2024, ya cuando acabe el sexenio del próximo presidente que se elija en julio del 2018, se designarán a otros dos ministros.  Una Corte con diferentes ministros en su totalidad a la que hoy tenemos, será hasta diciembre del 2030. Por ende, se requiere de consensos entre Senadores y de doce años, para cambiar, a la totalidad de los integrantes de la Suprema Corte.

Así pues, en verdad que no nos preocupemos. La Constitución Política nos ampara de cualquier abuso del poder.

La única manera de que un solo hombre imponga su voluntad, es a través de una “Dictadura”, impuesta a través de un “golpe de Estado”; y para ello se requerirá una fuerza bruta militar, “legitimada popularmente”, para que un Presidente, haga lo que se le de la gana.


Pero lo veo difícil. El ejército mexicano aun y con todos sus defectos, se compone de militares leales a las instituciones. No de traidores. Y eso en verdad, espero lo digo en serio, jamás vea en mi país, a un ejercito bananero. 

¡Veremos pues, que sucede¡. ... Insisto. México aun y con sus múltiples defectos, es un país de instituciones. Y si no lo es todavía; en verdad, que aspira serlo para los proximos años. 

¡Habla mi razón al derecho¡. ¡No mis emociones políticas¡  



sábado, 19 de mayo de 2018

VOTAR POR ANDRES MANUEL. ¡LA DEMOCRACIA MEXICANA A PRUEBA¡.



Tengo muchas cosas que decir, pero no quisiera ofender a nadie con estas líneas. No es momento de odios, una elección presidencial es un pasaje pasajero; la construcción de una gran nación, es algo que lleva siglos.

El 1 de julio elegiremos al próximo presidente de la Republica, pero pareciera también, que nos colocaremos igualmente, a una disyuntiva de lo “bueno” y lo “malo”; entre una forma de gobierno y otra, entre un proyecto de país y otro; realmente, pienso que no es para tanto, que no es para alarmarse, que no tengamos miedo, pero tampoco nos hagamos falsas expectativas. México elegirá a un funcionario público, el más importante de todos, pero un funcionario, que podrá llevar a cabo las riendas de la administración pública de un país, que mundialmente, carga con una población de 125 millones de habitantes, que es la 15 economía mundial (la 2ª en América Latina),  el cual crece (lentamente) el 2% de su PIB de manera anual, que dispondrá de un promedio de 5 billones, 280 mil millones de pesos anualmente y quien será el Jefe, de aproximadamente un millón 700 mil burócratas que estarán a su servicio.

Un presidente, no es un monarca. No es un rey. Alguna vez el presidencialismo mexicano era un poder exacerbado y omnipotente. El Al Tlaltoani mexicano. "La hoja de un arbol no se movía sin su voluntad". Daniel Cosió Villegas escribió diciendo, que el sistema político mexicano era una “dictadura transversal, monárquica y hereditaria”; Octavio Paz refirió la existencia del “ogro filantrópico”, una “dictablanda” de un presidente, que legitimado en su partido político el PRI, gobernaba con una "camarilla de aludadores, lambiscones y servilistas"; Mario Vargas Llosa dijo por su parte, que México era la “Dictadura Perfecta” y algunos juristas como Jorge Carpizo McGregor, refirió que en México, el Presidente de la República, contaba con facultades “metaconstitucionales”.




¡Hoy, el presidencialismo mexicano no es lo que alguna vez fue¡. Desde 1988 el Presidente de México dejó de gobernar absolutamente el país, para verse en la penosa necesidad de “compartir” el poder político. Esta transición política, se vio más desde 1997 cuando el PRI perdió por vez primera la mayoría de la Cámara de Diputados; a partir de ese entonces, ningún presidente gobierna en forma absoluta el país; también de igual forma, ningún partido político puede asumirse, como “oposición”. Mucho menos, tampoco puede haber político alguno que se diga “antisistema”.

Sin embargo, el odio, el coraje, la ignorancia, la desinformación, todo ello conjuntado pareciera que este país, se quedó atrapado en 1988. ¡Que no hemos avanzado en nada ni con nadie¡. Que la clase política mexicana ante los cambios mundiales que trajo el fin de la guerra fría y la entrada de la globalización, no pudieron explicar en que consistía la nueva era, nada se dijo pues del “Fin de la Revolución Mexicana” y de la “Bienvenida a la globalización”;  el discurso político se centró en el odio y el desprestigio del expresidente Carlos Salinas de Gortari y en el prejuicio calificativo de “neoliberalismo” del que poco se analizó, se discutió, pero del que si generó excelentes negocios millonarios al amparo del poder político y con ello, la corrupción, el cinismo y la impunidad que lastima a los mexicanos.  




Es claro que el pueblo mexicano está molesto; la nueva era digital, la revolución informática en la que nos encontramos sumergidos, ha traído las características de una sociedad global, de un aumento exponencial de la riqueza y de la pobreza, de la ruptura de los monopolios ideológicos, de la movilidad de las personas y de una nueva forma de pensar, de criticar al autoritarismo, al daño ambiental, a la violación de los derechos humanos, a la corrupción. Es evidente pues que la sociedad mexicana, no es la misma del 2012, ni la del 2006, ni la del 2000; cada seis años, nuevamente el pueblo de México pareciera como en los viejos tiempos del presidencialismo, “nacer” y “morir” sexenalmente.

Y es que pareciera que nuestro país vive en la pobreza política de depositar todos sus sueños, sus ilusiones y esperanzas, en el “próximo Presidente de la Republica”. El mexicano vive ilusionado que un alto funcionario burócrata hará por él, lo que él, no puede hacer por él mismo. La culpa de no haberlo hecho, no es a su falta de disciplina, trabajo, aptitud y conocimiento, sino “al otro”, “al gobierno”, “al destino”.   




Hoy nos enfrentamos a esa disyuntiva de votar por el cambio que representa Andrés Manuel López Obrador y por el otro lado, votar en contra de Andrés Manuel López Obrador. La historia pareciera “estancarse” o “repetirse”, como si estuviéramos atrapados en el tiempo o estuviéramos condenados a repetir el mismo circulo, como si nada de lo que hubiéramos vivido los mexicanos en las últimas décadas, hubiera pasado o valido la pena.

Imperan algunos ataques en contra de la política continuista, que ni los propios diseñadores del sistema político y financiero actual, han logrado explicar o convencer.


Se dice por ejemplo, que hay que acabar con el PRI, pero no especifican a que PRI se refieren. ¿Si al PRI donde hubo presidentes nacionalistas como Lázaro Cárdenas del Rio, Adolfo López Mateos?; ¿Si al PRI populista de Luis Echeverria o José López Portillo¡, ¿Si al PRI honesto de Adolfo Ruiz Cortines?   La mayoría de las críticas que se han leído en las redes sociales, asemejan al PRI únicamente con tres personajes: Gustavo Diaz Ordaz, Carlos Salinas de Gortari y Enrique Peña Nieto. Poco se sabe de las corruptelas de Miguel Alemán Valdez, de la influencia que ejerció Lázaro Cárdenas en su periodo postpresidencialista, de los avances y conquistas sociales de aquel viejo priismo mexicano, lleno de tipos autoritarios y tan demagogos; nada de eso se valora, porque no existían las redes sociales, porque no se tiene memoria, porque los medios de comunicación construían diariamente a través de la prensa, la radio y televisión, la historia oficial que había que creer.



Pensamos que la única matanza de estudiantes fueron los de Tlatelolco 1968 y los de Ayotzinapan; pero nada decimos de los mártires de León Guanajuato ocurrida en 1946 o la que ocurrió en San Luis Potosí en 1961; nada decimos de los muertos de la protesta electoral de Miguel  Henriquez Guzmán de 1952; creemos que no hay más muertos que los que hubo en 68 y que la vida de un estudiante normalista de Ayotzinapan, vale más, que la de un emigrante centroamericano asesinado por el cartel de los Zetas.  (Hasta en eso somos clasistas los mexicanos).

Hoy en día caemos en contradicciones y aberraciones históricas que escapan de una explicación racional, se juzga al “viejo PRI” como si fuera el “nuevo PRI” y lo que es peor, se ha construido un “nuevo PRI”, que en esencia, es el “viejo PRI”. Pareciera que el 68 ocurrió al mismo tiempo que Ayotzinapan, que nunca gobernaron Echeverria, Lopez Portillo, ni Ernesto Zedillo. ¡Que el país, se hiciera en los últimos 18 años.

Se acusa por ejemplo al gobierno de corrupto,  muestra de ello son las “marcas” “hashtag” que nos recuerdan los episodios más vergonzosos de corrupción en los últimos años. “#CasaBlanca”, “#EstafaMaestra”, “#Socavón”, “#GobernadoresCorruptos”. Pensamos que hoy más que nunca existe corrupción y poco merito le damos a las instituciones que han sido creadas, en los últimos años, para detectar precisamente esa corrupción, que antes pasaba por desapercibido.



Nada decimos de los gobernadores corruptos que alguna vez fueron Maximino Ávila Camacho en Puebla, de Gonzalo N. Santos en San Luis Potosí; de Joaquín Cisneros Molina o Crisanto Cuellar Abaroa o Tulio Hernández Gómez de Tlaxcala, de Carlos Hank González o Arturo Montiel en el Estado de México;  nada decimos tampoco de algunos gobernadores caciques como lo fueron el de Campeche Carlos Sansores Pérez o la propia dinastía Cárdenas de Michoacán. Alemán en Veracruz, Madrazo en Tabasco, o la del Mazo en el Estado de México; o de los gobernadores genocidas que hubo en el Estado de Guerrero, el general Luis Raúl Caballero Aburto, Israel Noguera Otero o Ruben Figueroa Figueroa o bien de los “narcogobernadores” de Jalisco como lo fueron Alberto Orozco Romero, Flavio Romero de Velasco o Guillermo Cosio Vidaurri; pensamos que la corrupción de los gobernadores inició con Javier Duarte y no nos alegramos de que estén en la cárcel sujetos a un juicio penal; algo que hubiera sido impensable hace décadas cuando todos estos gobernadores quedaron impunes de ser castigados por la ley, contrario a ello, fundaron sus dinastías y conservaron sus riquezas, contrario a ello, nos molesta el robo, pero no el juicio. Pienso que lo que debería ofendernos es la impunidad de los viejos gobernadores, aquellos que la historia los “olvidó”  y sentirnos satisfechos, de que si algo ha hecho la joven democracia mexicana en estos últimos años, es castigar actualmente quien roba del erario.    





Olvidamos pues, que gracias a las observaciones de la Auditoria Superior de la Federación creada en 1997, a las respuestas vertidas a diversas solicitudes de información pública garantizadas por el Instituto Nacional de Acceso a la Información Pública, creada en el 2002 y al periodismo digital que ha aparecido en los últimos años, es lo que generó una de las investigaciones más minuciosas de seguimiento presupuestal en todos los tiempos, algo que nunca se había hecho antes y que sigue sin hacerse, respecto al presupuesto local del Gobierno de la Ciudad de México o de otras entidades federativas, inclusive de los municipios. Donde podemos encontrar también, sin duda alguna, otros ejemplos vergonzosos de “Estafas maestras”.

Pareciera que estamos solamente indignados con la corrupción descubierta, la cual cometemos el error de estigmatizarla al PRI o al Presidente Enrique Peña Nieto, pero no celebramos que fue gracias al surgimiento de estos órganos y desde luego, a la aparición de actores democráticos de los partidos políticos, pero principalmente de los actores de la Sociedad Civil organizada, quienes lograron destapar esa cloaca, que nunca se había descubierto. 



En vez de apostar por el fortalecimiento de esas instituciones y otras más, como el de un Fiscal autónomo del Presidente o bien, la implementación total del denominado Sistema Nacional Anticorrupción, queremos regresar al pasado, como cuando Venustiano Carranza, Adolfo Ruiz Cortines o Miguel de la Madrid Hurtado, quienes fueron todos ellos “presidentes honrados” y lo peor, se sigue creyendo fielmente, que esa aptitud honesta del presidente de la república, lo será también de toda la administración pública.   Como si el millón 800 mil empleados del Gobierno federal resultaran por arte de magia, todos absolutamente honestos, vacunados contra la corrupción.

Nos gusta creer ingenuamente en el presidente que “barrerá las escaleras” y despreciamos a la consolidación de las  instituciones fiscalizadoras, a la transparencia, a la rendición de cuentas, a los gobiernos abiertos, a la participación ciudadana. La sociedad civil, no solamente no existe, sino se dice que hay que desconfiar de ella y por enajenación y desconocimiento de la historia, queremos regresar al pasado, creyendo ciega y fanáticamente en la palabra del Señor Presidente de la Republica. “El hombre poderoso que todo lo puede”.



Hay desde luego un enojo a raíz de la “Casa Blanca”, la principal causa que hizo que el presidente Enrique Peña Nieto perdiera la confianza popular. Pienso a título personal que cualquier presidente del mundo, hubiera tenido la dignidad y el decoro de renunciar y dejar que un órgano autónomo lo investigara libremente, pero en México, en aquel entonces, ni órganos autónomos teníamos; así pues, el “presidente mirrey” proveniente de una dinastía que hizo su poder político y económico al amparo de la corrupción, nada menos que  “el clan Atlacomulco”, tiene esa casa Blanca y seguramente tendrá otras más.


Pero no es la corrupción la que debe reprochársele y prejuzgarla, puede que efectivamente, la actriz de telenovelas Gabriela Rivero alias “La Gaviota”, la haya comprado con “su dinero”, obtenido gracias a los ingresos millonarios de las ventas de las telenovelas producidas por el viejo monopolio de la industria del entretenimiento que era Televisa. Una empresa que le pagaba a sus “artistas” como Fernando Colunga la cantidad de 98 mil dólares mensuales (casi los dos millones de pesos), William Levy 55 mil dólares, Silvia Navarro 43 mil dólares; ni que decir de los futbolistas, Giovani do Santos que se le sigue pagando la exorbitante cantidad de 4.1 millones de dólares al año anualmente (siendo aproximadamente 80 millones de pesos o 6.6 millones de pesos mensuales), o bien, Oribe Peralta que se le paga 2.5 millones de dólares anualmente (50 millones de pesos anualmente), metan o no metan goles.





Pienso que no hay corrupción en México, como muchos suponen, al menos en el caso de la denominada “Casa Blanca”. Lo que pienso es que en México hay una enorme desigualdad que ofende a todos. La Casa Blanca no es la prueba de la corrupción de un Presidente de la Republica, es la prueba de la desigualdad, la frivolidad y la enajenación colectiva, a los artistas de telenovelas o a los deportistas de futbol. Ingresos económicos, que deja la dieta de los 350 mil pesos mensuales que reciben los Ministros de la Suprema Corte, como “verdaderos limoneros”.  



Pero el problema tampoco es eso, el problema es que la corrupción, no se entiende; se confunde con la inmoralidad, el escándalo, el morbo; pero no como un problema de antijuridicidad, de traición a la gestión pública, a la ciudadanía.  Se piensa que el presidente “roba dinero”, (como si su familia, los cuatro abuelos gobernadores no se lo hubieran “robado” antes); el problema de la Casa Blanca, es que tampoco se razonó, no se cuestionó, no se procedió; no se logró tampoco explicar el tamaño de la desigualdad, de la frivolidad, de la riqueza que genera el mundo de la farándula. Si a esto sumamos la omisión de las instituciones subordinadas al Presidente, llámese Secretaria de la Función Pública y Procuraduría General de la República, de investigar y llegar a la verdad de los hechos, es evidente que con ello se provoca justificadamente el descontento y el enojo.

Y lo que es peor, ante el problema presidencial de no haber actuado en un caso de corrupción, se apuesta como solución, elegir a un nuevo presidente que sea honesto. Como si la solución fuera de cambio de hombres y de una sola voluntad. Como si de nada, hubiera servido, todas las instituciones que han sido creadas a través de la ingeniería social, precisamente para detectar, todos los casos de corrupción que existen en el país.



Se habla del “gasolinazo”, de la inflación, del aumento de la deuda; pero no se analiza la política macroeconómica del país; ahí están los informes semestrales del Banco de México o los trimestrales que la Secretaria de Hacienda rinde ante el Congreso de la Unión y que pueden consultarse desde el Internet, es más fácil repetir como “loros” los mismos “lemas”, sin ponerse uno analizar las finanzas, sin estudiar las estadísticas, sin saber nada de Economía.  Hemos llegado al absurdo de no darnos cuenta las transformaciones sociales que hemos experimentado en los últimos años, el aumento exponencial del parque vehicular, de “segundos pisos”, de autopistas (aunque sean de peaje), de plazas comerciales, de la construcción de rascacielos, de la adquisición de casitas en las zonas conurbadas del “boom inmobiliario”; olvidamos que cargamos todos una pequeña computadora en nuestras manos, en la que gozamos de una variedad de opciones de entretenimiento y seguimos pensando, “atrapados en el tiempo”. Que de nada sirvió que se creara una reforma de telecomunicaciones, que abaratara el precio de la telefonía celular o del internet, si de lo que se trata es de seguir viendo televisa, porque nos quedamos con la idea, de que la televisora “lavaba conciencias” a través de la “caja idiota”. Nos quedamos atrapados desde hace veinte años y no nos hemos dado cuenta, que la “caja idiota”, la antigua televisión, ya no está en la sala de nuestras casas, sino que la cargamos diariamente en la bolsa de nuestros pantalones.

No, claro que no es defensa al “régimen del PRIAN”, es el reproche, por la ausencia de una critica racional fundada.



Pensamos pues que Televisa sigue dominando las audiencias; olvidamos que Netflix ya los supero desde cuándo.  Pero eso si, preferimos los mexicanos consumir las “marcas conocidas” que apoyar otras marcas. El mexicano no deja morir a esa empresa nacional que invento el “género de la telenovela”, para todo el mundo.

Andrés Manuel, vaya paradoja, un hombre senil, de apenas 64 años de edad, pero que aparenta más, representa sin duda el “hombre del auténtico cambio”. Y resulta asi curioso, que los jóvenes “milenians”, se identifican con un viejo que con un joven; algunos me han explicado que ello obedece, a que el joven respeta al viejo, porque le inspira ante todo éste, sabiduría. Un valor ético que los personajes públicos, carecen.  



Es así que la crisis moral nacional en la que nos encontramos sumergidos, no nos permite diferenciar la formación profesional de los valores éticos; hemos incurrido en razonamientos realmente simplistas, como pensar que una persona que tiene estudios de doctorado es sinónimo de corrupción, además de perversa y traidora a la patria; mientras que un hombre con estudios básicos, es honesta y nacionalista. El desprecio al mérito, a los estudios, al conocimiento, es superado ampliamente por la ignorancia. Confundir la ética con el conocimiento, ha sido una de las trampas en que esta oleada de odio y violencia verbal nos ha conducido.

¡El descontento y la violencia sigue en este país¡. Se acusó al gobierno de Felipe Calderón de haber sido un “genocida” en su estrategia de la “guerra contra el narco”, y cuando llegó el Presidente Peña Nieto y se rebasaron las cifras oficiales de homicidios dolosos, se dijo también, que ello obedecía a su ineptitud. Poco se discute sobre la naturaleza violenta del país. Los índices de delitos de homicidios dolosos, se pueden consultar en la página web de la Secretaria Ejecutiva del Sistema Nacional de Seguridad Publica, cifras oficiales que datan desde 1997 y que registra en este país, una oleada de muertes violentas, desde antes del inicio de la “guerra contra el narco”.

Ahí podrá corroborarse por ejemplo, que al menos 4,500 muertos de homicidios dolosos, ocurrieron en el Distrito Federal, durante la gestión de López Obrador como Jefe de Gobierno, que obviamente, sería estúpido decir, que el Jefe de Gobierno los asesinó, como estúpido seria pensar, en comparar a Felipe Calderón y a Enrique Peña Nieto, con Adolf Hitler.

Me preocupa pues y me duele decirlo, que la violencia de tantas muertes, proviene de nuestro fracaso para dialogar, para solucionar civilizadamente los conflictos, de nuestro temperamento, de nuestro “valemadrismo”, de nuestras pistolas, del desprecio e indiferencia que sentimos del semejante.  El México donde José Alflredo Jiménez decía que “la vida no vale nada”, es el mismo México, donde los automovilistas se mientan la madre, donde no respetan los semáforos, ni  las luces intermitentes del cambio de carril, del rebase; donde tampoco se respeta los cajones de estacionamientos; donde los vecinos tampoco respetan la paz y tranquilidad de uno, con fiestas o sin fiestas nocturnas y música ruidosa, a las altas horas de la noche. El país, donde las personas se burlan de la ley, del policía y donde se desestima, de todas las autoridades.

El México neoliberal que entro a la globalización, no es el México de las mil maravillas. Tampoco es el México de 1980 o el de 1960, o el de 1940 o 1910. Cada momento histórico tiene una complejidad, parecida, pero no igual.  De ahí que no podemos decir que estamos “peor que antes”, porque cada época fue diferente y la tendencia humana, en toda sociedad moderna, siempre ha sido, aunque uno no lo crea, en mejorar siempre.

La construcción de una democracia, llevara mucho tiempo. Impera el autoritarismo, la simulación, el clientelismo, pero aun así, la democracia que hemos construido los mexicanos es algo valioso que debemos sentirnos orgullosos.




Por ello no dudo, que quien gane la presidencia, ganara legalmente; y que si “hay anomalías” o “fraudes”, no será por el sistema jurídico electoral mexicano, tan rigurosos, ni mucho menos, por un “algoritmo de un software”, mito inverosímil,  sino que lo será por la modernidad de nuestra joven democracia, la que inició a partir de 1997, cuando esa Institución denominada antes Instituto Federal Electoral, se le reconoció y otorgó, la atribución de organizar las elecciones presidenciales del país, con el debido profesionalismo y autonomía, sin la subordinación del Presidente de la Republica.

Cuando será precisamente el markenting político y los efectos persuasivos que este genera sobre el público consumidor elector, quien lograra influir en el resultado de la elección. Como sucede y ha sucedido en todas las democracias elelctorales. Debemos pues ubicarnos en la modernidad y no vivir en el lejano 1988.



Celebremos pues, que aun en tiempos de crisis, que aun, en el supuesto de una victoria de Andrés Manuel López Obrador, este país no se derrumbará, ni nacerá en una “cuarta transformación”.  México no es Venezuela. Su economía es diversa, no depende únicamente del petróleo, si algo ha logrado los tratados comerciales de los últimos años, ha sido esa diversidad económica que no existía hace más de treinta años.

 Los cambios son buenos y son la oportunidad valiosa, para rectificar y mejorar lo que se tenga que mejorar. Darnos cuenta los mexicanos, de nuestra responsabilidad y de lo mucho que tenemos que mejorar, será un gran avance.  

Pero no pensemos que ese cambio lo generara el próximo presidente. El que es borracho, perezosos, irresponsable, seguirá siéndolo, gane quien gane la presidencia.

Este país lo hemos construido todos y lo seguiremos construyendo, con trabajo, amor a la familia, a la patria, a nuestras raíces.

Voten sin miedo, que no pasara nada. Ningún ser humano es eterno. Ningún proyecto político, tampoco lo será. ¡Si gana Andrés Manuel no pasará nada¡. México es el país de instituciones que hemos construido. Jamás volveremos a ser, el país de un solo hombre.

¡Es hora que la democracia mexicana (no la electoral), debe ponerse a prueba¡