sábado, 19 de mayo de 2018

VOTAR POR ANDRES MANUEL. ¡LA DEMOCRACIA MEXICANA A PRUEBA¡.



Tengo muchas cosas que decir, pero no quisiera ofender a nadie con estas líneas. No es momento de odios, una elección presidencial es un pasaje pasajero; la construcción de una gran nación, es algo que lleva siglos.

El 1 de julio elegiremos al próximo presidente de la Republica, pero pareciera también, que nos colocaremos igualmente, a una disyuntiva de lo “bueno” y lo “malo”; entre una forma de gobierno y otra, entre un proyecto de país y otro; realmente, pienso que no es para tanto, que no es para alarmarse, que no tengamos miedo, pero tampoco nos hagamos falsas expectativas. México elegirá a un funcionario público, el más importante de todos, pero un funcionario, que podrá llevar a cabo las riendas de la administración pública de un país, que mundialmente, carga con una población de 125 millones de habitantes, que es la 15 economía mundial (la 2ª en América Latina),  el cual crece (lentamente) el 2% de su PIB de manera anual, que dispondrá de un promedio de 5 billones, 280 mil millones de pesos anualmente y quien será el Jefe, de aproximadamente un millón 700 mil burócratas que estarán a su servicio.

Un presidente, no es un monarca. No es un rey. Alguna vez el presidencialismo mexicano era un poder exacerbado y omnipotente. El Al Tlaltoani mexicano. "La hoja de un arbol no se movía sin su voluntad". Daniel Cosió Villegas escribió diciendo, que el sistema político mexicano era una “dictadura transversal, monárquica y hereditaria”; Octavio Paz refirió la existencia del “ogro filantrópico”, una “dictablanda” de un presidente, que legitimado en su partido político el PRI, gobernaba con una "camarilla de aludadores, lambiscones y servilistas"; Mario Vargas Llosa dijo por su parte, que México era la “Dictadura Perfecta” y algunos juristas como Jorge Carpizo McGregor, refirió que en México, el Presidente de la República, contaba con facultades “metaconstitucionales”.




¡Hoy, el presidencialismo mexicano no es lo que alguna vez fue¡. Desde 1988 el Presidente de México dejó de gobernar absolutamente el país, para verse en la penosa necesidad de “compartir” el poder político. Esta transición política, se vio más desde 1997 cuando el PRI perdió por vez primera la mayoría de la Cámara de Diputados; a partir de ese entonces, ningún presidente gobierna en forma absoluta el país; también de igual forma, ningún partido político puede asumirse, como “oposición”. Mucho menos, tampoco puede haber político alguno que se diga “antisistema”.

Sin embargo, el odio, el coraje, la ignorancia, la desinformación, todo ello conjuntado pareciera que este país, se quedó atrapado en 1988. ¡Que no hemos avanzado en nada ni con nadie¡. Que la clase política mexicana ante los cambios mundiales que trajo el fin de la guerra fría y la entrada de la globalización, no pudieron explicar en que consistía la nueva era, nada se dijo pues del “Fin de la Revolución Mexicana” y de la “Bienvenida a la globalización”;  el discurso político se centró en el odio y el desprestigio del expresidente Carlos Salinas de Gortari y en el prejuicio calificativo de “neoliberalismo” del que poco se analizó, se discutió, pero del que si generó excelentes negocios millonarios al amparo del poder político y con ello, la corrupción, el cinismo y la impunidad que lastima a los mexicanos.  




Es claro que el pueblo mexicano está molesto; la nueva era digital, la revolución informática en la que nos encontramos sumergidos, ha traído las características de una sociedad global, de un aumento exponencial de la riqueza y de la pobreza, de la ruptura de los monopolios ideológicos, de la movilidad de las personas y de una nueva forma de pensar, de criticar al autoritarismo, al daño ambiental, a la violación de los derechos humanos, a la corrupción. Es evidente pues que la sociedad mexicana, no es la misma del 2012, ni la del 2006, ni la del 2000; cada seis años, nuevamente el pueblo de México pareciera como en los viejos tiempos del presidencialismo, “nacer” y “morir” sexenalmente.

Y es que pareciera que nuestro país vive en la pobreza política de depositar todos sus sueños, sus ilusiones y esperanzas, en el “próximo Presidente de la Republica”. El mexicano vive ilusionado que un alto funcionario burócrata hará por él, lo que él, no puede hacer por él mismo. La culpa de no haberlo hecho, no es a su falta de disciplina, trabajo, aptitud y conocimiento, sino “al otro”, “al gobierno”, “al destino”.   




Hoy nos enfrentamos a esa disyuntiva de votar por el cambio que representa Andrés Manuel López Obrador y por el otro lado, votar en contra de Andrés Manuel López Obrador. La historia pareciera “estancarse” o “repetirse”, como si estuviéramos atrapados en el tiempo o estuviéramos condenados a repetir el mismo circulo, como si nada de lo que hubiéramos vivido los mexicanos en las últimas décadas, hubiera pasado o valido la pena.

Imperan algunos ataques en contra de la política continuista, que ni los propios diseñadores del sistema político y financiero actual, han logrado explicar o convencer.


Se dice por ejemplo, que hay que acabar con el PRI, pero no especifican a que PRI se refieren. ¿Si al PRI donde hubo presidentes nacionalistas como Lázaro Cárdenas del Rio, Adolfo López Mateos?; ¿Si al PRI populista de Luis Echeverria o José López Portillo¡, ¿Si al PRI honesto de Adolfo Ruiz Cortines?   La mayoría de las críticas que se han leído en las redes sociales, asemejan al PRI únicamente con tres personajes: Gustavo Diaz Ordaz, Carlos Salinas de Gortari y Enrique Peña Nieto. Poco se sabe de las corruptelas de Miguel Alemán Valdez, de la influencia que ejerció Lázaro Cárdenas en su periodo postpresidencialista, de los avances y conquistas sociales de aquel viejo priismo mexicano, lleno de tipos autoritarios y tan demagogos; nada de eso se valora, porque no existían las redes sociales, porque no se tiene memoria, porque los medios de comunicación construían diariamente a través de la prensa, la radio y televisión, la historia oficial que había que creer.



Pensamos que la única matanza de estudiantes fueron los de Tlatelolco 1968 y los de Ayotzinapan; pero nada decimos de los mártires de León Guanajuato ocurrida en 1946 o la que ocurrió en San Luis Potosí en 1961; nada decimos de los muertos de la protesta electoral de Miguel  Henriquez Guzmán de 1952; creemos que no hay más muertos que los que hubo en 68 y que la vida de un estudiante normalista de Ayotzinapan, vale más, que la de un emigrante centroamericano asesinado por el cartel de los Zetas.  (Hasta en eso somos clasistas los mexicanos).

Hoy en día caemos en contradicciones y aberraciones históricas que escapan de una explicación racional, se juzga al “viejo PRI” como si fuera el “nuevo PRI” y lo que es peor, se ha construido un “nuevo PRI”, que en esencia, es el “viejo PRI”. Pareciera que el 68 ocurrió al mismo tiempo que Ayotzinapan, que nunca gobernaron Echeverria, Lopez Portillo, ni Ernesto Zedillo. ¡Que el país, se hiciera en los últimos 18 años.

Se acusa por ejemplo al gobierno de corrupto,  muestra de ello son las “marcas” “hashtag” que nos recuerdan los episodios más vergonzosos de corrupción en los últimos años. “#CasaBlanca”, “#EstafaMaestra”, “#Socavón”, “#GobernadoresCorruptos”. Pensamos que hoy más que nunca existe corrupción y poco merito le damos a las instituciones que han sido creadas, en los últimos años, para detectar precisamente esa corrupción, que antes pasaba por desapercibido.



Nada decimos de los gobernadores corruptos que alguna vez fueron Maximino Ávila Camacho en Puebla, de Gonzalo N. Santos en San Luis Potosí; de Joaquín Cisneros Molina o Crisanto Cuellar Abaroa o Tulio Hernández Gómez de Tlaxcala, de Carlos Hank González o Arturo Montiel en el Estado de México;  nada decimos tampoco de algunos gobernadores caciques como lo fueron el de Campeche Carlos Sansores Pérez o la propia dinastía Cárdenas de Michoacán. Alemán en Veracruz, Madrazo en Tabasco, o la del Mazo en el Estado de México; o de los gobernadores genocidas que hubo en el Estado de Guerrero, el general Luis Raúl Caballero Aburto, Israel Noguera Otero o Ruben Figueroa Figueroa o bien de los “narcogobernadores” de Jalisco como lo fueron Alberto Orozco Romero, Flavio Romero de Velasco o Guillermo Cosio Vidaurri; pensamos que la corrupción de los gobernadores inició con Javier Duarte y no nos alegramos de que estén en la cárcel sujetos a un juicio penal; algo que hubiera sido impensable hace décadas cuando todos estos gobernadores quedaron impunes de ser castigados por la ley, contrario a ello, fundaron sus dinastías y conservaron sus riquezas, contrario a ello, nos molesta el robo, pero no el juicio. Pienso que lo que debería ofendernos es la impunidad de los viejos gobernadores, aquellos que la historia los “olvidó”  y sentirnos satisfechos, de que si algo ha hecho la joven democracia mexicana en estos últimos años, es castigar actualmente quien roba del erario.    





Olvidamos pues, que gracias a las observaciones de la Auditoria Superior de la Federación creada en 1997, a las respuestas vertidas a diversas solicitudes de información pública garantizadas por el Instituto Nacional de Acceso a la Información Pública, creada en el 2002 y al periodismo digital que ha aparecido en los últimos años, es lo que generó una de las investigaciones más minuciosas de seguimiento presupuestal en todos los tiempos, algo que nunca se había hecho antes y que sigue sin hacerse, respecto al presupuesto local del Gobierno de la Ciudad de México o de otras entidades federativas, inclusive de los municipios. Donde podemos encontrar también, sin duda alguna, otros ejemplos vergonzosos de “Estafas maestras”.

Pareciera que estamos solamente indignados con la corrupción descubierta, la cual cometemos el error de estigmatizarla al PRI o al Presidente Enrique Peña Nieto, pero no celebramos que fue gracias al surgimiento de estos órganos y desde luego, a la aparición de actores democráticos de los partidos políticos, pero principalmente de los actores de la Sociedad Civil organizada, quienes lograron destapar esa cloaca, que nunca se había descubierto. 



En vez de apostar por el fortalecimiento de esas instituciones y otras más, como el de un Fiscal autónomo del Presidente o bien, la implementación total del denominado Sistema Nacional Anticorrupción, queremos regresar al pasado, como cuando Venustiano Carranza, Adolfo Ruiz Cortines o Miguel de la Madrid Hurtado, quienes fueron todos ellos “presidentes honrados” y lo peor, se sigue creyendo fielmente, que esa aptitud honesta del presidente de la república, lo será también de toda la administración pública.   Como si el millón 800 mil empleados del Gobierno federal resultaran por arte de magia, todos absolutamente honestos, vacunados contra la corrupción.

Nos gusta creer ingenuamente en el presidente que “barrerá las escaleras” y despreciamos a la consolidación de las  instituciones fiscalizadoras, a la transparencia, a la rendición de cuentas, a los gobiernos abiertos, a la participación ciudadana. La sociedad civil, no solamente no existe, sino se dice que hay que desconfiar de ella y por enajenación y desconocimiento de la historia, queremos regresar al pasado, creyendo ciega y fanáticamente en la palabra del Señor Presidente de la Republica. “El hombre poderoso que todo lo puede”.



Hay desde luego un enojo a raíz de la “Casa Blanca”, la principal causa que hizo que el presidente Enrique Peña Nieto perdiera la confianza popular. Pienso a título personal que cualquier presidente del mundo, hubiera tenido la dignidad y el decoro de renunciar y dejar que un órgano autónomo lo investigara libremente, pero en México, en aquel entonces, ni órganos autónomos teníamos; así pues, el “presidente mirrey” proveniente de una dinastía que hizo su poder político y económico al amparo de la corrupción, nada menos que  “el clan Atlacomulco”, tiene esa casa Blanca y seguramente tendrá otras más.


Pero no es la corrupción la que debe reprochársele y prejuzgarla, puede que efectivamente, la actriz de telenovelas Gabriela Rivero alias “La Gaviota”, la haya comprado con “su dinero”, obtenido gracias a los ingresos millonarios de las ventas de las telenovelas producidas por el viejo monopolio de la industria del entretenimiento que era Televisa. Una empresa que le pagaba a sus “artistas” como Fernando Colunga la cantidad de 98 mil dólares mensuales (casi los dos millones de pesos), William Levy 55 mil dólares, Silvia Navarro 43 mil dólares; ni que decir de los futbolistas, Giovani do Santos que se le sigue pagando la exorbitante cantidad de 4.1 millones de dólares al año anualmente (siendo aproximadamente 80 millones de pesos o 6.6 millones de pesos mensuales), o bien, Oribe Peralta que se le paga 2.5 millones de dólares anualmente (50 millones de pesos anualmente), metan o no metan goles.





Pienso que no hay corrupción en México, como muchos suponen, al menos en el caso de la denominada “Casa Blanca”. Lo que pienso es que en México hay una enorme desigualdad que ofende a todos. La Casa Blanca no es la prueba de la corrupción de un Presidente de la Republica, es la prueba de la desigualdad, la frivolidad y la enajenación colectiva, a los artistas de telenovelas o a los deportistas de futbol. Ingresos económicos, que deja la dieta de los 350 mil pesos mensuales que reciben los Ministros de la Suprema Corte, como “verdaderos limoneros”.  



Pero el problema tampoco es eso, el problema es que la corrupción, no se entiende; se confunde con la inmoralidad, el escándalo, el morbo; pero no como un problema de antijuridicidad, de traición a la gestión pública, a la ciudadanía.  Se piensa que el presidente “roba dinero”, (como si su familia, los cuatro abuelos gobernadores no se lo hubieran “robado” antes); el problema de la Casa Blanca, es que tampoco se razonó, no se cuestionó, no se procedió; no se logró tampoco explicar el tamaño de la desigualdad, de la frivolidad, de la riqueza que genera el mundo de la farándula. Si a esto sumamos la omisión de las instituciones subordinadas al Presidente, llámese Secretaria de la Función Pública y Procuraduría General de la República, de investigar y llegar a la verdad de los hechos, es evidente que con ello se provoca justificadamente el descontento y el enojo.

Y lo que es peor, ante el problema presidencial de no haber actuado en un caso de corrupción, se apuesta como solución, elegir a un nuevo presidente que sea honesto. Como si la solución fuera de cambio de hombres y de una sola voluntad. Como si de nada, hubiera servido, todas las instituciones que han sido creadas a través de la ingeniería social, precisamente para detectar, todos los casos de corrupción que existen en el país.



Se habla del “gasolinazo”, de la inflación, del aumento de la deuda; pero no se analiza la política macroeconómica del país; ahí están los informes semestrales del Banco de México o los trimestrales que la Secretaria de Hacienda rinde ante el Congreso de la Unión y que pueden consultarse desde el Internet, es más fácil repetir como “loros” los mismos “lemas”, sin ponerse uno analizar las finanzas, sin estudiar las estadísticas, sin saber nada de Economía.  Hemos llegado al absurdo de no darnos cuenta las transformaciones sociales que hemos experimentado en los últimos años, el aumento exponencial del parque vehicular, de “segundos pisos”, de autopistas (aunque sean de peaje), de plazas comerciales, de la construcción de rascacielos, de la adquisición de casitas en las zonas conurbadas del “boom inmobiliario”; olvidamos que cargamos todos una pequeña computadora en nuestras manos, en la que gozamos de una variedad de opciones de entretenimiento y seguimos pensando, “atrapados en el tiempo”. Que de nada sirvió que se creara una reforma de telecomunicaciones, que abaratara el precio de la telefonía celular o del internet, si de lo que se trata es de seguir viendo televisa, porque nos quedamos con la idea, de que la televisora “lavaba conciencias” a través de la “caja idiota”. Nos quedamos atrapados desde hace veinte años y no nos hemos dado cuenta, que la “caja idiota”, la antigua televisión, ya no está en la sala de nuestras casas, sino que la cargamos diariamente en la bolsa de nuestros pantalones.

No, claro que no es defensa al “régimen del PRIAN”, es el reproche, por la ausencia de una critica racional fundada.



Pensamos pues que Televisa sigue dominando las audiencias; olvidamos que Netflix ya los supero desde cuándo.  Pero eso si, preferimos los mexicanos consumir las “marcas conocidas” que apoyar otras marcas. El mexicano no deja morir a esa empresa nacional que invento el “género de la telenovela”, para todo el mundo.

Andrés Manuel, vaya paradoja, un hombre senil, de apenas 64 años de edad, pero que aparenta más, representa sin duda el “hombre del auténtico cambio”. Y resulta asi curioso, que los jóvenes “milenians”, se identifican con un viejo que con un joven; algunos me han explicado que ello obedece, a que el joven respeta al viejo, porque le inspira ante todo éste, sabiduría. Un valor ético que los personajes públicos, carecen.  



Es así que la crisis moral nacional en la que nos encontramos sumergidos, no nos permite diferenciar la formación profesional de los valores éticos; hemos incurrido en razonamientos realmente simplistas, como pensar que una persona que tiene estudios de doctorado es sinónimo de corrupción, además de perversa y traidora a la patria; mientras que un hombre con estudios básicos, es honesta y nacionalista. El desprecio al mérito, a los estudios, al conocimiento, es superado ampliamente por la ignorancia. Confundir la ética con el conocimiento, ha sido una de las trampas en que esta oleada de odio y violencia verbal nos ha conducido.

¡El descontento y la violencia sigue en este país¡. Se acusó al gobierno de Felipe Calderón de haber sido un “genocida” en su estrategia de la “guerra contra el narco”, y cuando llegó el Presidente Peña Nieto y se rebasaron las cifras oficiales de homicidios dolosos, se dijo también, que ello obedecía a su ineptitud. Poco se discute sobre la naturaleza violenta del país. Los índices de delitos de homicidios dolosos, se pueden consultar en la página web de la Secretaria Ejecutiva del Sistema Nacional de Seguridad Publica, cifras oficiales que datan desde 1997 y que registra en este país, una oleada de muertes violentas, desde antes del inicio de la “guerra contra el narco”.

Ahí podrá corroborarse por ejemplo, que al menos 4,500 muertos de homicidios dolosos, ocurrieron en el Distrito Federal, durante la gestión de López Obrador como Jefe de Gobierno, que obviamente, sería estúpido decir, que el Jefe de Gobierno los asesinó, como estúpido seria pensar, en comparar a Felipe Calderón y a Enrique Peña Nieto, con Adolf Hitler.

Me preocupa pues y me duele decirlo, que la violencia de tantas muertes, proviene de nuestro fracaso para dialogar, para solucionar civilizadamente los conflictos, de nuestro temperamento, de nuestro “valemadrismo”, de nuestras pistolas, del desprecio e indiferencia que sentimos del semejante.  El México donde José Alflredo Jiménez decía que “la vida no vale nada”, es el mismo México, donde los automovilistas se mientan la madre, donde no respetan los semáforos, ni  las luces intermitentes del cambio de carril, del rebase; donde tampoco se respeta los cajones de estacionamientos; donde los vecinos tampoco respetan la paz y tranquilidad de uno, con fiestas o sin fiestas nocturnas y música ruidosa, a las altas horas de la noche. El país, donde las personas se burlan de la ley, del policía y donde se desestima, de todas las autoridades.

El México neoliberal que entro a la globalización, no es el México de las mil maravillas. Tampoco es el México de 1980 o el de 1960, o el de 1940 o 1910. Cada momento histórico tiene una complejidad, parecida, pero no igual.  De ahí que no podemos decir que estamos “peor que antes”, porque cada época fue diferente y la tendencia humana, en toda sociedad moderna, siempre ha sido, aunque uno no lo crea, en mejorar siempre.

La construcción de una democracia, llevara mucho tiempo. Impera el autoritarismo, la simulación, el clientelismo, pero aun así, la democracia que hemos construido los mexicanos es algo valioso que debemos sentirnos orgullosos.




Por ello no dudo, que quien gane la presidencia, ganara legalmente; y que si “hay anomalías” o “fraudes”, no será por el sistema jurídico electoral mexicano, tan rigurosos, ni mucho menos, por un “algoritmo de un software”, mito inverosímil,  sino que lo será por la modernidad de nuestra joven democracia, la que inició a partir de 1997, cuando esa Institución denominada antes Instituto Federal Electoral, se le reconoció y otorgó, la atribución de organizar las elecciones presidenciales del país, con el debido profesionalismo y autonomía, sin la subordinación del Presidente de la Republica.

Cuando será precisamente el markenting político y los efectos persuasivos que este genera sobre el público consumidor elector, quien lograra influir en el resultado de la elección. Como sucede y ha sucedido en todas las democracias elelctorales. Debemos pues ubicarnos en la modernidad y no vivir en el lejano 1988.



Celebremos pues, que aun en tiempos de crisis, que aun, en el supuesto de una victoria de Andrés Manuel López Obrador, este país no se derrumbará, ni nacerá en una “cuarta transformación”.  México no es Venezuela. Su economía es diversa, no depende únicamente del petróleo, si algo ha logrado los tratados comerciales de los últimos años, ha sido esa diversidad económica que no existía hace más de treinta años.

 Los cambios son buenos y son la oportunidad valiosa, para rectificar y mejorar lo que se tenga que mejorar. Darnos cuenta los mexicanos, de nuestra responsabilidad y de lo mucho que tenemos que mejorar, será un gran avance.  

Pero no pensemos que ese cambio lo generara el próximo presidente. El que es borracho, perezosos, irresponsable, seguirá siéndolo, gane quien gane la presidencia.

Este país lo hemos construido todos y lo seguiremos construyendo, con trabajo, amor a la familia, a la patria, a nuestras raíces.

Voten sin miedo, que no pasara nada. Ningún ser humano es eterno. Ningún proyecto político, tampoco lo será. ¡Si gana Andrés Manuel no pasará nada¡. México es el país de instituciones que hemos construido. Jamás volveremos a ser, el país de un solo hombre.

¡Es hora que la democracia mexicana (no la electoral), debe ponerse a prueba¡