miércoles, 18 de febrero de 2015

LAS LECCIONES DE BERNABÉ JURADO (Primera parte)





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Todo estudiante de derecho, o persona que se dedique a ejercer la abogacía en nuestro país (México), debería saber quien carajos fue el “ilustre” e “inmemorable” abogado, de nombre,  Bernabé Jurado.

No es para más,  entender la escuela de Bernabé Jurado en un país como el nuestro, donde la práctica judicial implica vivir y conocer  el “coyotaje”, la “mordida”, el “agandalle”, por encima de cualquier conocimiento teórico relacionado con el proceso, el delito o al acto jurídico, o inclusive, mucho más allá de los valores éticos de la equidad y la justicia, es hablar del triunfo de la inmoralidad, de  los antivalores, la corrupción y de los vicios, que en un país como el nuestro, parecieran siempre predominar.

Bernabé Jurado fue un abogado que ejerció la obogacía en México, al menos durante cinco décadas. La prensa de su época lo conoció como el “abogado del Diablo”, o simplemente, el “Aboganster”.  Lo cierto es, que Bernabé Jurado, fue un celebre e ilustre  Licenciado en Derecho, cuya cédula profesional fue la 29677 expedida por la Secretaría de Educación Pública, el cual, llego a tener dos despachos jurídicos, uno de ellos en  Varsovia 3 Departamento 6, colonia Juárez; el otro, en Madero 17 oficina 221, colonia Centro Histórico, ambos en la Ciudad de México. Su intervención como abogado, lo llevo a patrocinar a personalidades públicas del país, del mundo de la política o de la farándula, inclusive, hasta de la mafia. Llego a ganar, gracias a sus argucias legales, casos polémicos, donde logro sacar de la cárcel, a personas acusadas de fraude, robo, homicidio. Fue amigo de políticos, lideres sindicales, empresarios magnates, periodistas de “nota roja”; fue también un excelente orador, un profesionista en derecho que sabía tanto teoría, pero también su muy peculiar “práctica” de comerse  las pruebas documentales que le eran adversas en los archivos de los juzgados; un “lic” generoso con boleros, archivistas, secretarios; amigo de jueces y magistrados, “cuate” de ministerios públicos y también desde luego, de todo tipo de policía, desde el policía preventivo o judicial, hasta e los policías temibles de la Dirección Federal de Seguridad al servicio del Presidente; tipo agradable, buen fumador y bebedor, consumidor también de drogas, al igual, que buen bailarin, hombre seductor irresistible a los deseos pecaminosos de las mujeres que conoció, desde prostitutas de la merced, hasta actrices de cine provenientes de  Hollywood. Abogado en México, pero también en Argentina, España y Estados Unidos. Quizás los estudiantes de derecho tanto de la Facultad como de la Escuela Libre, hubieran deseado en aquellos entonces, trabajar en calidad de “pasantes”, para ese abogado triunfador. 

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Hablar de su historia es sumamente interesante, pero uno pudiera cometer el error, de hacer héroes a los villanos, algo tan normal en países como el nuestro, donde la gente iletrada, ignorante, olvidadiza,  común y corriente, gobernada por el cinismo, el autoritarismo y la corrupción, termina por su falta de verdaderos héroes, haciendo ídolos o ejemplos de vida, a sujetos deleznables o de la peor calaña, como lo puede ser cualquier narcotraficante, sicario o delicuentillo; no sé diga, a un abogado de la talla de Bernabé Jurado.

¿Pero que tenía ese hombre que logro acuñarse el apodo de “aboganster” y dejar una “escuela”, en los cientos y miles de abogado que día a día, tratan de seguir “su ejemplo”, a veces bien, a veces mal, pero en escencia, usando las mismas triquiñuelas y argucias leguleyas, de un abogadillo, que bien, merecían decirle “tranza”, “ratero”, “mentiroso”. ¿Qué carajos tenía ese hombre, que hasta el expresidente Lázaro Cárdenas del Rio atendía sus peticiones?, o bien, que hasta el mismísimo “Caudillo”, el generalísimo Francisco Franco, el Dictador de España, lo condecorara, expidiéndole un permiso para portar arma de fuego en cualquier rincón del mundo. ¿Qué podía saber un abogado mexicano?, que hasta una importante firma de abogados americanos, con sede en Nueva York, requiriera y le pagara sus servicios, como consultor.

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Bernabé Jurado nos da muchas enseñanzas de derecho, pero también, enseñanzas, de ese “derecho”, “muy a la méxicana”, caracterizado por su criterio legalista, que esconde desde luego, el “absurdo falaz” que se construye a base de mentiras, sobornos y favores. Un abogado que conocer su “obra”, nos ayudaría a muchos entender, como funcionaria la gran maquinaria de procuración e impartición de justicia.

La historia de vida, de revolución, simulación y corrupción con el que se construyó al México del siglo XX, fue fundamental para que surgiera el tipo de abogado que fue Bernabé Jurado. Hombre de su época, cuyas enseñanzas, bien podrían seguirse aplicando en estos días. Para entender a Bernabé Jurado, hay que entender también, como funcionó ese “priísmo” corrupto, paternalista y solapador.

Nació en 1909 en la Hacienda de Canutillo Durango; hijo de Miguel Jurado Aizpuru y de doña Guadalupe del Angel de Jurado; nació pues, en buena cuna, miembro de esas 300 familias aristocráticas que cogobernaron con Porfirio Díaz, antes de que estallará la Revolución.

La Hacienda de Canutillo había permanecido intacta a los años de la revuelta, pero no lo fue por siempre. Un día, en 1916, cuando los cincuenta peones de la hacienda no pudieron resistir el sitio militar que el jefe de los Dorados”, Francisco “Pancho” Villa había hecho; don Miguel Jurado, tuvo que recapitular, además de haber sido detenido y encarcelado, por ordenes de la revolución, de quien alguna vez fuera, el “Jefe de la División del Norte”.

Fue así, como Bernabé Jurado aprendió su primera enseñanza del derecho. “la revolución hace justicia”. La violencia, por encima de la razón. Un hombre como Villa no podía entender que la hacienda de Miguel Jurado, había sido producto del trabajo y el esfuerzo de la dinastía jurado, una herencia de familia, simplemente un derecho de sangre; para Villa y su revolución, don Miguel Jurado representaba lo peor del sistema político, la explotación del campesino, protegida esta siempre, bajo la sombra del poder.

Villa, además de saquear con “su ejército” la hacienda, llevándose los caballos, los coches, las carrozas, el maíz, el trigo, las gallinas; “secuestro” al papá de Bernabé y pidió además a la mamá de éste, el “rescate” para soltarlo. La fortuna de los Jurado, apenas de 500 mil pesos oro, fue insuficiente, para el segundo capricho de Villa; “comprar la Hacienda”. – “¡Firmele¡. Una compraventa forzada, coaccionada, donde no había precio ni voluntad, mas que la “donación” a la causa. Don Miguel Jurado no quiso firmar la entrega de su hacienda y entonces el general, con toda su fuerza y crudeza, ordeno el fusilamiento de dicho hacendado. Bernabé, el hijo del ajusticiado, fue testigo de como la revolución, no solamente le había robado su patrimonio y asesinado a su padre, sino dejado en la pobreza.

  Habiendo muerto el padre, la orden del general fue también “ajusticiar” a la viuda y el escuincle. Doña Guadalupe, alcanzó huir con sus tres hijos, para esconderse a las minas de Parral. El niño Bernabé, no le dolió que los “bandoleros” de Villa le robaran su Pony en el cual se montaba; lo que le dolía sin darse cuenta, era saber que ese hombre, al que pueblo le daba las cualidades de “bueno” o  “justo”, inclusive considerándolo un “héroe de la patria”,  fuera realmente un maldito asesino, un vil ladrón, un “gandalla”. Mientras el general Villa termino haciendo de la Hacienda de Canutillo, su morada donde pasaría los últimos años de su vida, el niño Bernabé se convirtió en un adolescente que trabajaba en las profundidades de las minas de Parral. Ahí aprendió a convivir, con la gente que no era de “su clase”, a trabajar como un minero más, así como mirar desde lejos, a uno que otro ingeniero ingles, al que gustaba escucharlos, aunque no los entendiera.

Pasaron cuatro años, hasta que un día, Bernabé fue “rescatado” por uno de sus “hermanos”. Se lo llevo a vivir a México, porque ahí, era un lugar donde podía trabajar y estudiar, además de conocer, a las hermanas de su difunto padre. Bernabé llegó a la Ciudad de México, en una época, donde continuaba la turbulencia; los militares de gran parte de la República Mexicana habían desconocido al “Primer Jefe”, a quien acusaba de imponer a su candidato presidencial. La prensa, la gente común y corriente, gritaba “vivas” al general Álvaro Obregón, algo que en el recuerdo de un niño, no se le borraría. El “viejo barbas de chivo”, don Venustiano de Carranza huiría del país con todo el oro del tesoro público, en veinte trenes que partirían al Puerto de Veracruz. Lo cierto es, que Carranza nunca llegaría a su destino, pues fue asesinado en Tlaxcalatongo y su cadáver, regresado a la Ciudad de México, (ya sin el oro que se había llevado), donde el pueblo, le lloró y le hizo homenajes a su “revolucionario caído”. El adolescente Jurado, aprendió su segunda lección de derecho: “¡La gente siempre olvida¡”. “ayer te odian, mañana te aman”. No es más que  “La revolución, se come a la revolución”.  Álvaro Obregón llegaría a la Ciudad de México y meses después, sería el Presidente de la República.




El “niño” tenía que estudiar en una muy buena escuela; es decir, debía de tener formación acorde a su clase; debía preparársele para los santísimos sacramentos, su confirmación y su comunión, que mejor hacerlo en una escuela católica. Pero Bernabé no quería estudiar, su cuerpo de una complexión alta, mostraba una edad que no era la real; un “niño grandote”, que se convirtió en tan poco tiempo en un adolescente imperdenido, que por su temperamento norteño, nunca permitió que sus compañeros se burlaran ni de su edad, estatura, ni mucho menos por su acento en la forma de hablar. Vivía en la colonia Santa María la Ribera, sabía que después de Insurgentes, había que brincar las bardas y entonces, encontraría un submundo que le recordaba sus años de minero, una “ciudad pérdida” conocida como la “Colonia Guerrero”, donde había mucho ferrocarrilero y uno que otro lépero borrachin; ahí Bernabé conoció lo que fueron las carpas, el teatro de comedia que le enseño alburear y contar chistes picaros; también, fue ahí donde tuvo sus primeras experiencias sexuales, mujeres que le entregaban sus pechos y nalgas a cambio de unos cuantos pesos que le “robaba” a sus tías, una vida placentera con la palomilla, en una época en que además, tenía que asistir a misa con sus tías, en medio de un gobierno de otro revolucionario más, Plutarco Elías Calles, alías “el turco”, quien ya empezaba a dar muestras de autoritarismo e intolerancia, en contra de la religión católica.

¡Bernabé¡ ¡Bernabé ….¡. ¿Dónde te has metido?. Sin padre y ni madre y con cuatro tías viejitas, dignas de comparárseles a las “señoritas Vivanco”, el joven Bernabé buscaba uno que otro trabajito, así como seguía visitando las colonias más excéntricas de la ciudad, como el barrio de la Merced, donde aprendió a conocer más mujeres cariñosas que le enseñaron los secretos del kamasutra; en sus visitas a dichos barrios, aprendió un poquito de derecho inquilinario, las huelgas inquilinarias exigían al gobierno, la “congelación de las rentas”, ahí, aprendió la trifulca, el juicio de desahuicio, y también a conocer lo que eran los “madrazos” con los policías, los abogados y los actuarios; los inquilinos se organizaban y colocaban cuanta bandera rojinegra podían exhibir en señal de protesta; al mismo tiempo, que los clérigos, cerraban las iglesias, en señal de protesta por las medidas autoritarias del Presidente Calles.

¡Se viene otro desmadre más en el país¡.

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Bernabé quiso ser militar, pero las tías se lo prohibieron. ¿Cómo podía ser militar en un gobierno de la revolución?. ¿Qué acaso no sabes, que fue la revolución el que mató a tu padre y te robó lo tuyo?. Bernabé sintió una desilusión. En un submundo que visitaba, se percataba que eran los militares, los que más se les respetaba y pues él, quería ser uno de ellos; si él hubiera optado por ser curita como quizás hubieran querido sus tías, le hubiera pasado lo mismo que su padre. ¡Tarde o temprano lo fusilarían¡.




Mientras el gobierno revolucionario de Plutarco Elías Calles practicaba redadas para detener a cuanto curita, monjita y mocho persinado encontrara; el joven Bernabé tuvo la ocurrencia de sumarse al movimiento cristero; acudía con su líder curita y le pedía su dotación de volantes, el cual se disponía como ruta de acción política, visitar a las cantinas y prostíbulos del lugar, con el fin de “salvar” a las almas perdidas. El joven Bernabé, entendió que su “posición santa”, le permitía llegar nuevamente a los lugares más inhóspitos, de la ciudad, en búsqueda de los vicios más placenteros de la existencias humana: el sexo. Entonces Bernabé aprendió su tercera lección de derecho mexicano: “El hábito no hace el monje”. Simula lo que no eres, “las apariencias engañan”, miente, engaña, actúa, pero al final, saca provecho.

Fue precisamente en esos días en que el joven Bernabé “practicaba” su activismo político, a favor de la causa cristera, cuando la policía del apostata de Calles, “el Turco”, lo detuviera y lo llevará a los separos de la policía. Fue ahí donde Bernabé aprendió otra lección de vida, lo que vendría siendo la cuarta lección de derecho: “Tienes que pisar alguna vez la cárcel”. Solamente de esa forma, puede tener uno contacto con ese bajo mundo, de forma real y cruda y no a modo de desmadre, como acostumbraba hacerlo. Fue precisamente en los separos de la jefatura de la policía, donde descubrió, en que consistía el agandalle de los celadores, los policías brutales y burlones que a punta de macana y arma en fuego, podían violar a cuanta mujer quisiera y madrear sin misericordia, a quien se les pusiera gallito o la hiciera de “pedo”; todo esto, al mismo tiempo que el “señor justicia”, el Juez, Ministerio Público, o como se le llamara, ni aparecía. Entonces, supo una verdad, que así lo escucho de los otros reos: ¡Al carajo la constitución y las garantías individuales¡. A la cárcel se llega por pendejo, no porque el Estado, viole tus derechos, que sepa la madre, cuantos y cuales son.  

Salió de la cárcel, sin juicio y sin siquiera haber pagado nada; salió quizás porque como chamaco que se le veía, les cayó bien a los policías y por eso lo soltaron. A partir de ese momento aprendió algo muy importante en su vida, su quinta lección de derecho, “ser complice de la autoridad”, hay que hacer “miguis” con los policías, ellos, o cualquiera de esos pendejetes que porte alguna charola o pistola, uno no sabe en que momento, lo pueden a uno ayudar.

Tan pronto salió de la “cárcel”, después de haber estado preso unos días, por haber defendido “la causa de dios”, cuando llegó otro momento importante que definió su vida, además de afirmar su carácter y convertirse quien llegó a ser. Fue un momento doloroso, el cual supo salir adelante con inteligencia y audacia. Fue el día de la traición, cuando se enteró que sus tías, tramitaban el juicio sucesorio de su padre Miguel Jurado  y se entero, que él, Bernabé Jurado, hijo de Miguel Jurado, ni siquiera había sido reconocido por éste. “Era un bastardo”. Su padre había tenido muchos hijos por ahí regados y su madre, quizás una de las tantas mujeres de su difunto padre. Razón tenía el difunto general Villa de haber ajusticiado a su padre, pues quizás era tan repugnante, como aquel hacendado que alguna vez violará a la hermana del “Centauro del Norte”. Un riquillo prepotente, que aprovechándose de su posición, seducía a cuanta mujer le complaciera, sin asumir responsabilidad de paternidad alguna.  “¡Yo jamás tendré hijos¡”, “que poca madre de mi señor padre”; entonces, soy un hijo de la chingada, mis tías me hacen el favor de quedarme en sus casas, pero no soy “legalmente” su sobrino y por lo tanto, los pocos mendrugos de pesos de la herencia de mi padre, ningún centavo de ellos, le toca a mi madre, a mis hermanas y a mi; “¡Que poca madre¡. El caso es que Bernabé Jurado, tuvo su “primer juicio”, demostrar que él, si era el hijo de su padre y que por lo tanto, podía portar con orgullo el apellido de su padre, pero no tenía ni siquiera un papel que así lo acreditara y asesorándose de algún abogado, supo entonces que para adquirir la herencia, de forma legitima, su madre necesitaba el acta de matrimonio y él, junto con sus dos hermanas, el acta de nacimiento. Sólo de esa forma, podía excluir de la herencia, a sus tías.

Dicho y hecho. No tenían pruebas documentales para acreditar el vinculo jurídico de paternidad, pero eso si, en el inframundo que visitaba Jurado, aprendió muchas cosas. En la Plaza de Santo Domingo, a través de una módica cantidad de dinero, pudo tramitar el acta de matrimonio y de nacimiento, suyo y el de su hermana. ¡Asunto arreglado¡. Su padre no había tenido más familia que a ellos y a la s cacatúas de sus tías, por viejas culeras, no les tocaría nada, más que puras mentadas de madre.

Bernabe Jurado aprendió mucho con esta lección de vida, aprendió que la familia no era “su familia”, que la misma, podía traicionarlo, mentirle, inclusive, robarle; aprendió también que “papelito habla”, que era muy importante tener documentos de todo y para todo y sino existían esos papelitos, pues había entonces que crearlos. Para eso estaban las falsificaciones, las cuales tenían que ir acompañadas de algunas pequeñas mentiras que parecían verdades. Decir por ejemplo al juez, “bajo protesta de decir verdad”, que las actas que exhibían eran autenticas y que sus originales ya no existían, toda vez que durante los años de la revolución, se habían quemado lo archivos. Así pues, la revolución se convertía, de haber sido algo real, en una anécdota, en un vil mito fantástico, también desde luego, en alguna mentira.  

Quinta lección de derecho: “papelito habla”.  Había logrado salvar la herencia de los seres que mas quería en la vida, su madre y su hermana. Y lo había hecho, gracias a que aprendió de algún abogado que eso tenía que hacer. De tal forma, que el buen Bernabé, con los pocos mendrugos de pesos que pudo obtener de la herencia de su padre, decidió emprender su camino. ¡Sería abogado¡.

Eligió la Escuela Libre de Derecho para cumplir tal fin, pero la verdad, le aburrían las clases de sus maestros, igual de mochos mojigatos y persinados que las cacatúas de sus tías; lo que le encantaba de la Escuela, era el “desmadre” que hacía; su vocación por el deporte, el atletismo, el futbol, lo hacía convertirse en el líder nato para armar verdaderos desmadres con sus compañeros, al diablo pues las clases de latín y de derecho romano, mejor organizar torneos de escupitajos, haber quien lanza el gargajo más asqueroso, el más distante y sobre todo, haber quien chingados lo recibe, en uno de esas, fue objeto de ataque hasta el Director de la Escuela, don Pedro Lascuirain Paredes, quien sin pensarlo un segundo, con toda su cabeza bañada por tal liquido asqueroso gelatinoso, término por expulsar a ese estudiante sin verguenza.




¡No importa¡. Ahí esta la otra escuela de derecho, la Nacional de Jurisprudencia, la que pertenece a la Universidad de México; ahí le revalidaron sus estudios y sus clases de desmadre, fueron mucho mejores que las que aprendió en la “Libre”. Sobre todo, el tipo de profesores eran diferentes, nada que ver, que los viejitos de la Libre, ahí aprendería derecho administrativo del maestro Gabino Fraga y derecho laboral, a cargo de dos de sus mejores maestros,  Mario de la Cueva y el gran líder obrero, Marcelo Lombardo Toledano.
“Se trata de detectar “conejos”. - ¿Qué chingados es eso – pregunto Bernabé – “conejos”, son los activistas sinarquistas financiado por el Arzobispado de la Ciudad que con el beneplácito del Vaticano, se han dedicado a despotrificar en contra del gobierno surgido de la revolución mexicana. - ¿Qué hay que hacerles?.- buscarlos, identificar quienes son, simplemente partirles la madre. Hacerles entender, que éste gobierno, llego para quedarse.

Bernabé Jurado en sus años de estudiante se dedico precisamente eso, a cumplir con las instrucciones que sus jefes políticos le mandaban. “Hay que organizar a la clase obrera”. El Presidente Lázaro Cárdenas necesita el apoyo del pueblo para emprender las grandes acciones revolucionarias que emancipara el pueblo del imperialismo, eso le decía el maestro Lombardo Toledano, un líder comunista con buenos gustos para vestir como todo un burgues, pero con una labia y una ideología, que solamente los marxistas comunistas entendían; si la revolución mexicana era comunismo y nacionalismo, y si el método de la lucha era apoyar a los obreros, a los trabajadores de la industria de la construcción para demandar a sus patrones y organizarlos en sindicatos e imponer también, en su escuela, un ambiente de terror y relajo, incitador al pecado, al agandalle, al desmadre, para correr a cuanto “conejo” hubiera en la Universidad, entonces Bernabé era el indicado para hacerlo. Nunca le habían pagado por ir a la escuela y hacer desmadre. Pudo enfocar entonces, toda su furia y crueldad, contra los débiles, contra los estudiosos, contra los alumnos tímidos y temerosos; a cortarles el pelo, a romperles sus lentes, a quitarles sus cuadernos, a rayarles la cara, a patearles el culo y golpearlos con todo, patada, puño o golpes suaves, como los “manotazos”, sin olvidar su técnica del escupitajo, que ya para entonces había perfeccionado; de paso, había que quitarles la torta y la cartera y si en una de esas se descuidaban, también hasta la novia o la hermana.    ¡Total¡.  Los obreros apoyaban al movimiento de perseguir católicos burgueses, reaccionarios y enemigos del régimen, que el presidente Lázaro Cárdenas orgullosamente presidía.

Bernabé Jurado es un porro - ¡No, es un abogado¡ - Los albañiles de la industria de la construcción adoraban a su defensor, el “Licenciado Ladrillo”, estaba con ellos, los entendía como gente del pueblo que era, además de saber alburear y hablar la misma lengua, el señor era todo un letrado, un abogado, un hombre justo.- Bernabé Jurado como nunca antes, había sentido la experiencia idealista de ser un abogado revolución, pero también ser un tipo poderoso.

En su estancia como estudiante de derecho, hizo cuanto desmadre pudiera y le permitieran hacer. Novatada tras novatada, sacaba de las aulas a lo compañeros de nuevo ingreso, para raparles el pelo y descamisarlos, para pasearlos por las calles del centro, como viles perros. Quien se opusiera, Bernabé y su cámarilla de amigos, respondería con madrazos, escupitajos y si la situación lo ameritaba, a balazos. Pues para ello, portaban armas de fuego. Esa es la manera de hacer la revolución, el líder obrero Marcelo Lombardo Toledano, desde la poderoso emporio sindical de la CTM, le ordenaba a organizar los soviets, para en cualquier momento, apoyar al presidente en su gobierno nacionalista revolucionario.

Sexta lección del derecho. Acercate a los poderosos, sé como ellos. El líder obrero, organizo el sindicalismo fuerte que requería el régimen revolucionario y promovió cuanta huelga pudiera, para obligar a los patrones a pagar salarios justos, pero sobre todo, detrás de esa política sindical, se encontraba la línea directa del Presidente, de hacer posible, aun contra sus enemigos, los reaccionarios, el ideal revolucionario.

Bernabé Jurado se titulo como Licenciado en Derecho, el día de su titulación, fue todo una fiesta, sus clientes, los albañiles de la industria de la construcción, le trajeron mariachis, hubo tequila y taquiza; y de paso, una que otra mesera guapa, que no pudieron resistirse a los encantos del “Licenciado”. ¡Ese es el mejor abogado de todo el país¡. ¡Con mucha conciencia de clase¡. ¡Con patriotismo¡. ¡Con moral revolucionaria¡. Es hora, mi querido Bernabe, - dijo el líder obrero -  que conozcas al Presidente Cárdenas.

 Ahí frente a la comida, que le organizaban al Presidente, entre jilguerillos y oradores, entre diputados, líderes, militares y funcionarios, el Licenciado Jurado pronunciaba un discurso al Presidente de la República. Dijo que “México necesita estadistas, no lideres, no políticos, sino  lideres sociales”. Definitivamente caía muy bien el joven opuesto abogado, quien era conocido en el ambiente sindical como el “Licenciado Ladrillo”, líder de los albañiles, consultor del sindicato de trabajadores de la construcción, alumno y “apadrinado” del maestro Vicente Lombardo Toledano.  

Lázaro Cárdenas le expropiaría el petróleo a las compañías americanas, mientras que el joven abogado Bernabe Jurado, iniciaría a la par del régimen revolucionario, su carrera en ascenso, para convertirse años después, en el mejor abogado de todo México.