sábado, 2 de noviembre de 2013

REVIVIENDO A GUADALUPE POSADA Y DIEGO RIVERA EN UNA NOCHE EN LA ALAMEDA


¿José Guadalupe Posada, Diego Rivera, Los Beatles y hasta la muerte, que tienen que ver?. Si a esto le sumamos, el Kiosco Morisco de Santa María la Ribera, don Porfirio Díaz, el día de muertos  y hasta el “Holloween”, obtenemos como resultado una estampa surrealista en la Ciudad de México,  de esas que rara vez, logran conseguirse.

¡Es más, nunca se habían conseguido¡.

José Guadalupe Posada, llegó a la Ciudad de México, proveniente de Aguascalientes, en el año de 1888.  Era un litógrafo comercial, ahora creo que se les llama “diseñadores gráficos”, se dedicaba hacer publicidad, lo hacía a través de los dibujos; se hizo famoso, porque es sus carteles publicitarios,  retrato la sociedad porfirista que le toco vivir. Sin habérselo propuesto, no solamente dotó al pueblo mexicano de identidad, sino que le agregó a una de sus tradiciones, un personaje característico, “La Catrina”, así como una infinidad de calaveritas, que hacen recordar esa fiesta solemne, popular y religiosa, que tienen los mexicanos con la muerte.

Los dibujos de Posada inspiraron en aquellos años del porfiriato, a un joven dibujante, alumno del pintor paisajista de la Ciudad de México José María Velasco, a formar su propio estilo de expresar su arte.



Aquel joven, guanajuatense, logro conseguir una beca por el entonces Secretario de Instrucción Pública del gobierno dictatorial de Porfirio Díaz, don Justo Sierra, así como del Gobernador de Veracruz, lo que le significó viajar a Europa y residir en Paris Francia, donde aprendió  a conocer la obra de Francisco de Goya, aquel viejo pintor español que logró retratar las revueltas populares de España, de la época de Napoleón Bonaparte.

¡En fin¡. Diego Rivera regresó a la Ciudad de México y colaboró en el gobierno revolucionario de Álvaro Obregón, a quien le prestó sus servicios artísticos bajo el auspicio del entonces Secretario de Educación Pública José Vasconcelos, para llevar a cabo, diversos murales, en honor al movimiento armado denominado por los gobernantes de aquel entonces, como “Revolución Mexicana”.

De esa forma, el grabadista testigo del porfiriato Guadalupe Posada, se perpetuaba en la inspiración artística de Diego Rivera, quien becado ahora ya no por Porfirio Díaz, sino por los gobiernos priístas que le sucedieron,  se dedicó a llevar a cabo una de las expresiones artísticas que le dio identidad cultural al país con su pasado, que le dio también ideología, así como conciencia social y revolucionaria.




Así fue como en año de 1946, en pleno despegue del llamado  “milagro mexicano”; Diego Rivera logró pintar en recién construido Hotel del Prado de la Ciudad de México, un mural de nombre “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”.  En ese mural, Rivera logra conjuntar la “Catrina” de José Guadalupe Rivera, con la nostalgia del México porfirista; así como de varios personajes históricos que van desde Hernán Cortes, Sor Juana Inés de la Cruz, Benito Juárez, Francisco I. Madero, Frida Khalo y otros más,  reunidos todos, en el primer parque público del país, la Alameda Central.  El mural es impresionante entre tantos celebres personajes, pues desde lejos, se alcanza ver también el kiosco morisco.

El mundo empresarial del siglo XIX tampoco escapa del arte y de la lucha social. Andrew Carnegie. Un magnate industrial y filántropo, nacido en el siglo XIX, proveniente de Escocia; había logrado conquistar el sueño americano, tras convertir su empresa, en el poderoso imperio de acero, que le permitía producir hierro, las vías férreas que industrializaron a los Estados Unidos de América, una flota de buques, así como mucho fierro, lo que lo hizo convertirse en su época, en uno de los hombres más ricos del mundo.

Carnegie conoció a varios políticos y empresarios de los Estados Unidos, sociólogos, filántropos y hasta ingenieros mexicanos, como lo fue José Ramón Ibarrola. Fue él, quien diseño inspirado en la arquitectura árabe, el Kiosko Morisco, con el hierro fundado en Pittsburgh, Pensilvania; y lo hizo para congraciarse con los americanos y celebrar con ellos, en Nuevo Orleans, el primer centenario del mayor envió de algodón de los Estados Unidos a Inglaterra; a fin de exponer a través de esta obra arquitectónica movible, la aportación cultural mexicana ¿árabe?, en el Pabellón de México de la Exposición Universal.  Luego el kiosko viajó a la Feria de San Luis Missouri, para finalmente, llegar la Ciudad de México, donde fue instalado enfrente del ex convento de Corpus Christi la Alameda Central.




Es quizás ese momento surrealista que Diego Rivera imaginó plasmar en su mural e inmortalizar en sus pinceles, a los forjadores de éste país.

La historia podría terminar ahí. Sin embargo sigue.

Mientras Diego Rivera pintaba el mural de un “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, quizás inspirado en aquella comedia romántica de William Shakespeare, “Sueño de una noche de verano”; cuatro niños ingleses de nombres John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, habían sobrevivido a las bombas perdidas que los nazis aventaban a Inglaterra, en aquellos días de la guerra mundial, cuando Londres, Bristol, Clydebank, Sheffield, Manchester, Southampton, otras villas británicas, entre ellas Liverpool, era bombardeadas todos los días  por los alemanes.

Solamente los ingleses pudieron haber dado al mundo, un cuarteto de jóvenes músicos rebeldes, que conformarían una de las importantes bandas de rock, como lo fueron Los Beatles.




Este conjunto musical, tuvo la osadía de internacionalizar su música, con diversas giras mundiales, donde las ventas de sus discos crecían a grados desproporcionados, convirtiendo en caballeros a jóvenes rebeldes, greñudos y desarreglados y donde miles de sus fans, se desmayaban de escuchar sus melodías. “¡Un mal ejemplo para la juventud¡”. Fue lo que pensó, el Regente de Hierro, Ernesto Ururchutu, quien previo acuerdo con su jefe, el Presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, prohibió el concierto que los Beatles tenían programado realizar en México, en agosto de 1965, el estadio de la Ciudad de los Deportes.

La nostalgia beatlemaniaca, es uno de los componentes con los cuales, muchos jóvenes ceceacheros crecieron en la década de los ochentas y noventas.  En aquellas escuelas, fundadas en la época echeverrista, cuando el gobierno priísta indemnizaba a la Universidad Nacional Autónoma de México por la represión estudiantil de 1968, incrementando la oferta educativa de la educación preparatoriano, bajo el rectorado de Guillermo Soberón, creando un nuevo modelo educativo y con ello, generaciones de jóvenes rebeldes, influenciados por los Beatles, Jim Morrison, los Rolling Stones y también, por el sueño utópico de la revolución cubana, en la imagen inmortal de Ernesto “Che” Guevara.




Nada mejor que el disco Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, con la portada surrealista de su disco de acetato y esa música enigmática, cuyo sonido e imagen, guardan diversos secretos que han dado a la creación de mitos y leyendas urbanas, como lo es, que dicha imagen simboliza la tumba y muerte de Paul McCartney.




De esta forma, se unen José Guadalupe Posada, Diego Rivera, el capitalismo americano representado por el magnate Andrew Carnegie, la cultura árabe en el kiosKo Morisco y hasta el “Cuarteto de Liverpool”: Los Beatles; sólo falta otros elementos para terminar esta historia.

Los jóvenes ceceacheros egresados de los años noventas, con sus ideales utópicos culturales y revolucionarios, se conjuntan con los jóvenes nerd’s de Harvard University, con su espíritu empresarial, tecnológico y avasallador,  entre ellos Aaron Greenspan y Mark Elliot Zuckerberg, quienes crearían ambos, una de las redes sociales más importantes del mundo, el cual circula por el internet: Face Book.




La historia termina el 1° de noviembre del 2013, en la Leal e Insignie Ciudad de México, cuando jóvenes exceceacheros utilizando los recursos tecnológicos de las redes sociales, deciden conmemorar en un día de muertos, a la usanza de  la tradición mexicana del día de muertos, decidiendo para ello disfrazarse de catrinas, catrines y peladitos, para recordar a Guadalupe Posada y Diego Rivera y concentrarse todos ellos, en la Alameda de Santa María la Ribera, donde se resguarda el Kiosko Morisco, para llevar a cabo la estampa mexicana que se observa a continuación.

Decenas de transeúntes, conformaron esta estampa de historia, modernidad, cultura y globalización. Para mostrar el mundo, que la cultura mexicana, es y será siempre, inmortal.
Que la memoria de los grandes, será siempre grande….

Y que ni la muerte, ni los años venideros, podrán jamás olvidar.