domingo, 20 de febrero de 2011

EL REENCUENTRO DE LOS PUBERTOS OCHENTEROS ...



Pasaron veintidós años, para que nos volviéramos a reunir ….¡Sólo veintidós años¡…algo así como la desaparición de la Unión Soviética, el fin de la guerra fría, cuatro sexenios presidenciales, el ascenso de un presidente negro en los Estados Unidos, la derrota del PRI, la aparición del celular y del internet, nuevos fenómenos sociales como el “Bulyng” y la legalización del homosexualismo, sin olvidar tampoco, la conciencia ecológica y la era del calentamiento global.
Hace veinticinco años cuando nos conocimos, el mundo no era lo que hoy es; acababa de celebrarse el mundial de futbol de México 86, donde Argentina y su astro Diego Armando Maradona, fueron campeones del mundo; en esos días, México, continuaba con sus crisis económica y se recordaba, el primer aniversario luctuoso del sismo de 1985, donde dicen que murieron más de diez mil personas. ¡Si, fue hace veinticinco años¡. El Presidente de la Republica era Miguel de la Madrid y el Partido Revolucionario Institucional, seguía sin perder, una sola elección.
Hace veinticinco años, la televisión transmitía, por canal 5 las caricaturas; recuerdo a Mazinger Z, los pequeños mopetts, los snockers, los rescatadores y otras caricaturas mas que salían en el canal 13 como era “Candy”; la telenovela de “Cuna de lobos” y para los domingos que eran muy aburridos, Raúl Velasco y su programa “Siempre lo Mismo”; o bien, Cine Permanencia Voluntaria en el canal 4, “Video Cosmos” en el canal 8 que después se convirtió en 9, y ya para tardes, “Acción” o “DeporTV” conducido por el antiamericanista José Ramón Fernández quien sufría al dar crónica de cómo el América le ganaba 4 a 1 a los pumas de la UNAM y al año siguiente, 3 a 2 al Cruz Azul, para convertirse así en el Bicampeón del futbol mexicano; y entonces, en esa vida rutinaria que nos duro nuestra adolescencia, había que hacer la tarea, preparar los uniformes, dormirse y despertar para las clases de nuestras doce materias.
El uniforme era suéter verde y pantalón príncipe de gales de color gris; la escuela era, decían en esa época, “una de las mejores” de la zona; eran prohibidos los maquillajes y también las minifaldas, mientras que los hombres, peinábamos con casquete corto; cumpliendo con cada lunes, nuestra ceremonia cívica, cantando como siempre en formación de filas de hombres y mujeres, el himno nacional mexicano.
Los maestros eran autoritarios, creían o al menos eso nos hicieron creer, que vivíamos en un país “subdesarrollado”, del “tercer mundo”; Miss Sonia, nos enseñaba canciones en ingles y nos hacia dibujitos en el pizarrón cuando todo el grupo cumplía con su tarea; la maestra Matilde tenía un carácter “muy especial” y el maestro Apolinar, nos enseñaba Matemáticas;. “Chespirito”, enseñaba Física o Química, mientras que el “Mil Chistes” y posteriormente, la “Señorita Cometa”, lo hacían con música, ensayando una y mil veces, nuestro himno nacional mexicano, o bien, tocando la flauta, sin aprender leer el pentagrama.
¿Quién no recuerda a la “Barbi”?, o a la maestra "Polla", con su forma introvertida de vestir con sus gafas oscuras y pesados abrigos, enseñarnos las letras y el amor a la literatura. Leíamos a Bruno Traven en “La Rebelión de los Colgados”  y a Máximo Gorki con “La Madre”,  conocimos los poemas de Lope de Vega y también los sonetos de Sor Juana Inés de la Cruz. Estudiamos la estructura de las oraciones en sujeto, verbo y predicado y también las ecuaciones simultaneas, para conocer los valores de “X” y “Y”.
Habían dos patios, un auditorio, varios salones y unas jardineras; éramos libres hasta para escaparnos y brincarnos la barda, para irnos de pinta a Chapultepetl. Jugábamos frontón en el auditorio y hasta en los propios salones, donde por accidente, la pelota de esponja rompía las lámparas del techo; sino era eso, si lográbamos evadir a los prefectos Joel y al tal “Rigo”, buscábamos un “frutsi”, al que rellenábamos de basura, para jugar futbol, utilizando los postes de las canchas de basketboll, como nuestras porterias, donde metíamos los goles y recordábamos al Pichichi de Hugo Sánchez, que triunfaba en el Real Madrid.
Forrábamos nuestros cuadernos, con papel manila o lustre y plástico; hacíamos márgenes con color rojo y escribíamos en letra de molde, mayúsculas y títulos con tinta roja; algunos utilizaban marcadores fosforescentes para remarcas los enunciados principales, y otros más, en su morral o en su portafolio “veliz”, donde guardábamos nuestros estuches de colores prismacolor, resistol pritt, tijeras de papel, y todos aquellos útiles, que cargábamos, como si fueramos turistas de nuestras hogares a nuestra escuela.
Aprendimos a desarrollar el morbo, a burlarnos o apenarnos de nuestros barros o los pelos ligeritos de nuestros bigotes, que se confundían con la mugre; hacer señas obscenas con las manos o escupir gargajos en los pisos de abajo; observábamos a las mujeres desnudas en las revistas para adultos y en las clases de educación física, mirábamos a nuestras compañeras cuando corrían y movían “sus partes” que apenas conocíamos; nos congratulaba saber que le “gustábamos” alguien del grupo o de otros salones, algunos fueron valientes, de “tener su primera novia”, otros más, de besar en la boca a ver que se sentía, compitiendo las parejitas en torneos de besos largos y prolongados, por momentos pasionales, que por cierto, como el amor, se convertían en clandestinos, en sólo cartas secretas donde se dibujaban corazoncitos rojos.
Tan prohibidos eran los besos y los noviazgos, como era fumar; ingerir bebidas alcohólicas aún más, las autoridades escolares anunciaban comunicados de que no adquiéranos calcomanías como “Estrella roja” o “Ventana de Cristal”, para no consumir drogas. Nuestras clases de educación sexual eran realmente de anatomía genital; no sabíamos que era el condón, o mejor dicho, no eran tan popular para que estos se regalaran en conferencias sobre el tema; pero si, el símbolo del dedo en medio, era el toque personal de nuestra hombría y choteo; escuchar de la enfermedad del SIDA, parecía una “leyenda urbana”. Las canciones de Mecano y Alaska Dinarama eran una sensación, la Negra Tomasa de Caifanes y Botellita de Jerez, daban nuevas opciones musicales adicionales a las que se escuchaban en “Rock en tu idioma” que se transmitía en 97.7 o Stereo 102 F.M., donde también oíamos, a Franco, Emmanuel, Flans o Timbiriche.
No existía el Internet, ni tampoco los celulares; a lo más que había, eran las cámaras con rollo de 12, 24 0 36 fotografías, la computadora era un lujo ostentoso que no todos tenían; el grupo aun manifestaba su adversión contra aquellos compañeros que presumían tener una de esas maquinas blancas que arrancaban con el Sistema Operativo MS-2. La música se escuchaba en discos o acetatos grandes, que había que cuidarlos para que no se rayaran. Inimaginable pensar, que algún día existiera tanta piratería.
Fuimos todavía de las generaciones que tuvo que aprender a escribir con maquinas mecánicas; no todos tenían televisión de cable, viajábamos en transporte público, en el último vagón del metro y también en los camiones de la Ruta 100; donde pagábamos con el “Bono de Transporte” que algunos coleccionaban como si fueran timbres postales; los microbuses, apenas aparecerían para sustituir a las combis; no existía el tren Ferreo, metrobus, ni nadie manejaba automóvil, ni mucho menos habían “segundos pisos”, ni “Hoy No Circula”.
El dìa de ayer, diecinueve de febrero del dos mil once, luego de veintidós años y gracias a las tecnologias de la comunicación y la información de las llamadas "redes sociales", la generación 86-89 del turno matutino, grupo “C” de la Secundaria Diurna Nª 4, tuvo la oportunidad de reencontrarse y saber de nuestras propias boca, la generación de hombres de bien que somos ahora: Empresarios, músicos, escritores, profesionistas, servidores públicos, académicos, comerciantes, deportistas, padres y madres de familia.
Me da gusto, no solamente haberlos encontrado ayer, sino saber, que formo parte de una historia, de una etapa muy importante en la vida propia y la de cada uno de mis compañeros. Tenemos todos un pasado común que compartir, que recordar, que celebrar; y ojala, lleguemos a tener un futuro exitoso que podamos reescribir.
¡Hasta la próxima… pubertos ochenteros¡. … que espero, no sea en los próximos veintidós años.