domingo, 27 de marzo de 2011

REFLEXIONES SOBRE EL SOCIODRAMA: SIMULACION O JUSTICIA.

Ciudadanos de Gaia en fila de esperar por elegir a sus representantes populares
Una vez, le pregunte a uno de mis asesores pedagógicos, que opinión tenía respecto a los estudiantes de la Fes Aragón; el maestro normalista respondió, palabras más, palabras menos, que los jóvenes de ahora, no tenían interés, no tenían principios, ni ideología, ni nada; no tenían amor a la patria ni a su clase social, no eran idealistas, románticos, luchadores sociales, eran huecos, vacios, no querían nada para nadie, ni siquiera, se querían  a ellos mismos. “Generación NiNi”, no porque fueran matriculados de la Universidad significaba que estudiaran, ni siquiera tampoco trabajaban para estudiar; hombres y mujeres jóvenes extraviados, perdidos, sin camino ni ideal alguno, sin sentido para su vida, más que de evadirse en la fiesta, una buena cerveza, una rola, un tabaco y mas cerveza, así una y otra vez más, hasta perderse, marearse, vomitar y regresar después a la casa, haciendo oídos sordos a los regaños, como pasando por la sala de nuestra casa, como personas invisibles, hasta llegar a su rincón para dormir y despues despertar.

Alumnos del 2004 autores de sus ensayos personales
Una vez, concretamente hace unos nueve años, solicite a mis alumnos escribieran sus ensayos personales, una especie de carta anónima dirigida a mí, donde me plasmaran una vivencia que le diera significado a su vida. Las cartas que recibí fueron sorprendentes. Las guardo todavía entre la cantidad de folders, engargolados, libros y tesis que guardan las “bodegas” de mi casa; dichos documentos, se han mudado también conmigo a donde quiere que vaya, independientemente del valor pedagógico y científico que encierran, constituye para mí un tesoro invaluable, porque reflejaba el pensamiento de los que eran mis alumnos en aquel entonces; al leerlos, me estremecí en algunos casos llore, en otros sinceramente me espante; decidí que era mejor, no volver a realizar ese ejercicio académico, no estaba tampoco preparado para servir de receptor del cumulo de experiencias humanas que guardan los estudiantes de la Facultad.  Mis emociones eran también frágiles, al grado que yo también tenía que contar mi propia historia.
Escribí a manera de prologo, que los problemas que enfrentan los estudiantes de licenciatura, son muy variados, desde muertes de seres queridos, embarazos no planeados, crisis familiares, desempleo, amores enfermizos, adiciones a drogas, aventuras inolvidables, entre otras más; los maestros por lo tanto, pensaba yo en aquel entonces, debían voltear a la intimidad de cada alumno que se encontraba sentado en la banca, adentrarse en sus pensamientos y sentimientos y no en la hoja de papel que contenía la lista; no olvidar que en todo caso, el mejor aprendizaje, era cuando el alumno se encontraba motivado.
Y entonces al leer esos escritos me percate de muchas cosas, hijos que odian a sus padres, hijos abandonados por sus padres, hijos maltratados por un sistema económico, político y social, que les negaba oportunidades para satisfacer decorosamente todas sus necesidades, que los obligaba en algunos casos, a tomar la decisión entre incorporarse a la vida laboral, o continuar padeciendo el hambre y la desesperanza de seguir estudiando; estudiantes que habían sido testigos de las enfermedades de sus padres, muchos de ellos, de origen campesino, con trabajos de meseros, lavacoches, mecánicos, hojalateros; uno que otro alcohólico y padres mujeriegos y desobligados, que no pasaban el “gasto”, mucho menos el “domingo” para sus hijos, ni menos aun, ni para los pasajes para que estos estudiaran.
Mientras eso ocurría en la vida escolar, la vida laboral decía otra. Abogados arrogantes, soberbios, prepotentes, pero eso si, muy ignorantes en sus argumentos jurídicos, carentes de toda inteligencia racional, ya ni siquiera para formular correctamente una falacia, sino para poder exponer congruentemente sus ideas. Abogados gritones y caprichosos, que en el mejor de los casos, resolvían sus asuntos, “pidiendo favores”, una cantidad económica, quizás un coqueteo, o una solicitud de “chance”, cualquier cosa, para sacar la “papa” de todos los días, lograr el fin y anhelo del “sueño mexicano”, “que es comer el día de hoy, ya mañana dios dirá”.
El servicio público, es decir la burocracia, decía también otra cosa, una pandilla de hombres y mujeres miserables, que consumían los recursos públicos como si fueran privados, que los cuidaban tanto como si alguien ajeno se los quisiera acabar, funcionarios prepotentes e influyentes, oportunistas del momento, que tratarían sacar ventaja de todo, no solamente de alguna maniobra que les reportara algún beneficio económico, sino también de un favor sexual o quizás, de un buen instante de felicidad, que no se pudiera pagar, con la cuenta que trajera el mesero. Burócratas que esperaban ansiosamente el ascenso del jefe y brincar en el trampolín de los puestos públicos, sin importar el programa de gobierno, la honestidad, la patria, sino únicamente pensar en el puesto, la quincena, el poder.
Y todavía observando más allá, de lo que era la vida de mis alumnos y la vida profesional, observaba un país que se le iba sus mejores años, en discusiones estériles, con políticos demagogos, inservibles, ineficaces, que generaban odio en la sociedad y también, una profunda indiferencia y discriminación, a los marginados, a la pobreza, a la Universidad y al país entero.
Y entonces, me pregunte, que seguía, que podía hacer como maestro, cuál era mi papel en este proceso.
Sería muy tonto pensar que yo solo cambiare el sistema, es más fácil, que el sistema me cambiara a mí. Sera también tonto, subirme en un escalón y lucir a mis alumnos, mi posición política, burocrática y académica; decirles y mostrarles lo tanto que sabía, ser arrogante, prepotente, soberbio y finalmente, buscar la forma de extorsionar a los alumnos y también, obviamente de acosar a mis alumnas.
Enseñar derecho es una actividad muy compleja, yo diría que depende del tipo de jurista de quien la imparte. Si fuera un abogado normativo, vestiría de traje e invocaría hasta lo que dijera el artículo 3.1416 de alguna ley o reglamento federal o local; si fuera un abogado litigante, les diría a mis alumnos, los secretos mas íntimos del litigio; si fuera un abogado “coyote”, echaría chistes y citaría mis alumnos en la “Oficina” o en “Biblioteca”, unas cuantas chelas, música, oscuridad y luces para sentirme joven y embriagarme entre el humo del tabaco, el alcohol, la chica guapa, el beso espontaneo, un faje, y pasarla bien…ver a mis cuates y pedirles y ofrecerles una lana.
Pero me toco ser Jorge Luis Esquivel Zubiri y no otra persona. Me toco, ser otra persona y otro maestro distinto, que no podía seguir el estereotipo, que al igual que muchos de mis compañeros docentes, debía impartir mis conocimientos de forma profesional, ética, responsable, pero quizás con un ingrediente adicional que hiciera a mi clase diferente, que lograra conjugar todas mis vivencias y pudiera aportar mi poca experiencia, al proceso formativo de los futuros abogados, es decir de mis alumnos.
Entonces decidí hacer muchas cosas… decidí que debía ser el mejor servidor público para poder ser también, el mejor profesor de la universidad; y ser también, el mejor jefe de familia, el mejor hijo, el mejor ciudadano, el mejor en todo; y eso es difícil, me equivoco muy seguido, soy humano, erró y vuelvo a errar, pero sigo siendo, o al menos, aspiro a ser mejor de lo que fui el día de ayer, hace un mes, hace un año.
Dar una clase tradicional es menos laboriosa. El profesor inicia un monologo y sus alumnos, oyen o escriben, escondidos en las bancas, se convierten estos en piedras, en una simple masa que solo oye, ve y calla. En cambio en un sistema activo, el profesor es pasivo, un receptor, un coordinador, un observador, que tratara de guardar silencio, para dejar que sus alumnos, sean los que aprendan. Eso es lo que llamo “sociodrama”, una mecánica de juego de papeles, en los cuales, los alumnos “juegan”, se “divierten”, se enojan, viven en carne propia, el estrés, la intriga política, el espionaje, la envidia, experimentan y recrean la ofensa, el maltrato, la venganza y hasta la soberbia.
Como profesor, me considero humanista y me encanta que mis alumnos entren a los dilemas éticos, me gusta verlos tomar decisiones, verlos en su proceso de madurez de cuando asumen una decisión, entre algo “bueno” o “malo”; me encanta su forma de analizar, argumentar, de chistear; pero también, me preocupa, su incapacidad, su inmadurez, inclusive, por momentos hasta desconfió de sus palabras y actos, llego a percibirlos como hipócritas y falsamente tolerantes.
Mis asesores, además del maestro normalista, una psicóloga y una licenciada en educación especial; han sido reiterativamente críticas hacia mi trabajo, en intensas discusiones han llegado a pensar que con mi idea, corro el peligro de “salirme de control”, de no haber planeado ni previsto las variables, de ser improvisado, de no contar con la experiencia en la mecánica de grupos, en síntesis, de no saber lo que hago, aun con mi formación pedagógica de maestro en derecho y mis doce años de docente en la Universidad; la critica que algunos de mis alumnos me han dicho abiertamente, en que el sociodrama es un “show”, un “circo”, una “payasada”, otros más sinceros, han dicho en su anonimato, “pinche maestrito con sus pinches sociodramas, ya nos tiene hasta la madre”.
Luego reflexiono, medito, pienso y después escribo, me digo a mi mismo, ¿Qué estás haciendo?. Y siento, que estoy haciendo lo correcto. Si bien, es mas desgastante tanto física como emocionalmente impartir un curso de esa forma, estoy convencido que el sociodrama es el mejor laboratorio social, que reproduce el país entero. Ciudadanos mitoteros, prepotentes y demagogos, la masa de alumnos anónimos, que no pagan contribuciones y quieren pasar con diez colgándose del trabajo de otros o escondidos en el anonimato, valiéndole “madres” el desarrollo y los objetivos pedagógicos del curso; un país, donde las personas que rigen las instituciones viven desgastados, a veces sin el apoyo y con el arrastre de la crítica apasionada, el abucheo, la burla, la intriga y hasta de la “mala vibra”.
Las voces de alarma me piden que “intervenga”, que en el proceso educativo cuando se rompen los valores, la mecánica no funciona y el maestro debe intervenir; yo en cambio pienso, que el alumno debe aprender valores y la mejor forma de entenderlos, es “sentir” la ausencia de estos. Vivir la prepotencia, la corrupción, el influyentismo, la demagogia; vivir los vicios del sistema jurídico (real), para entonces entender, cual es el verdadero sentido del derecho.
El derecho es entonces, un “conjunto de normas jurídicas…”, pero los alumnos, ni siquiera saben lógica jurídica para entender que es un conjunto, un ordenamiento, una cadena normativa, la estructura de un argumento o una falacia; parte de su proceso de aprendizaje se la pasa memorizando definiciones de derechos e instituciones jurídicas que repiten o copia en los acordeones sin entender, sin experimentar; tampoco entienden que el derecho es un conjunto de principios, de posturas, donde converge la justicia, la libertad, la igualdad, la seguridad jurídica, la dignidad de la persona humana, pero eso tampoco lo entienden, porque pagan los estudiantes para que los acrediten de cualquier tópico inmoral que trate de enseñarles mera “paja” , contenido en libros voluminosos y aburridos. Tampoco aprenden derecho real, porque no les enseñan sociología, economía, política, religión; porque la ideología jurídica es formar abogados normativistas, al más estilo de la teoría kelsiana de la “pureza” del derecho; un conocimiento hueco, vacio, sin sentido. ¿Entonces qué diablos aprenden los estudiantes?. Yo me atrevería decir, que aprenden a “simular”.
Si, a simular, el requisito básico y esencial del problema jurídico por el que pasa el país. Un estado que simula orden, donde las autoridades simulan aplicar sus normas, donde la policía simula investigar y los ministerios públicos simulan acusar, al igual que los jueces, que también simulan juzgar; un sistema simulador, donde se simula la división de poderes y el respeto a la ley.


Simulacro de elección constitucional

Y nadie habla de corrupción, de influyentísimo, demagogia, de falta de planeación, y de rendición de cuentas; los falsos abogados se esconden en su habito de ser simuladores y de sostener o defender con argumentaciones tan estúpidas, que no tienen cabida en el sentido común; ese es el problema del aprendizaje del derecho y la razón fundamental por el cual, en el país, todo es un desorden, una constante y reiterativa violación a todos los derechos humanos y sociales, informes falsos, promesas incumplidas y un país, que día a día se desvanece, con el fracaso de sus administraciones, de su proyecto educativo y nacional.
El sociodrama es un dilema ético también para el maestro. Lo deja en esa disyuntiva de intervenir (en lo que llama golpe de estado), o no intervenir.
El sociodrama parte del principio de que los alumnos son dueños de su propio destino. Los integra en un grupo, al que le llaman nación y construyen sus propias normas que deben observar y eligen a sus propias autoridades, a quienes deben obedecer, con apego a las normas; si en el sociodrama, los alumnos “mayoritean”, “abuchean”, ofenden, lastiman, dañan, injurian, amenazan, y peor tantito, no siguen sus propias normas; que autoridad moral tendrán para ser futuros profesionistas; con que calidad moral se insertaran en la vida profesional, en un sistema que se descompone mas y más, ¿qué futuro les espera?, más que seguir aumentando la simulación y con ello, la indignación, los linchamientos, la inconformidad y el rencor social.
Y no es que los grupos escolares permanezcan de manera definitiva, simplemente, estudiar la carrera es un accidente temporal en la vida del alumno, donde el estudiante coincide con otros estudiantes; después se separa de su grupo y pandilla y pasan los años; después de todo, durara más su vida profesional que en su vida escolar.
El sociodrama por lo tanto, no rige durante los cuatro meses que dura el semestre; rige realmente para después del curso, en la memoria y en la vivencia significativa de sus alumno. A quien deben interpretar su papel, en el juego.
No observar una norma, no respetar a un compañero que juega el rol de autoridad, tener comportamientos arrogantes, soberbios, amenazantes; ese es el aprendizaje que deben captar. El derecho, es para restablecer el orden, no para infringirlo. Falso aquella premisa popular, “las leyes son para violarlas”, síntesis del pensamiento jurídico corrupto (mexicano); cuando lo correcto sería pensar, que “las conductas se reprochan y por ello, las leyes deben cumplirse”. Luego entonces la realidad social debe cambiar, del estado de cosas inicial, a un estado de cosas final. Y para ello, se requiere, que las conciencias de los jóvenes, se revolucionen.
No se trata de simular, en una práctica profesional corrupta e influyente, lenta e inservible; se trata de que cada alumno sea creativo, asertivo, inteligente, que tenga proyectado en su conciencia, no la arrogancia y la soberbia de su conocimientos jurídicos, sino que tenga la humildad de aprender, de sentirse humano y de ver en el semejante, la oportunidad de dar y recibir ayuda, no para corromper, sino para hacer y construir una sociedad justa.
Y la justicia no es demagogia, no es discurso estéril, no es utópico o romántico; la justicia es que cada quien haga y reciba lo suyo. La jurisprudencia, es la actividad de los futuros licenciados en derecho, para saber ser prudentes, ser asertivos, críticos, reflexivos, y obviamente, ser también justos.
La justicia no se conquista con insultos.
La justicia es el acto racional de una sociedad organizada.
La justicia es el ideal que los grupos humanos, así sea en la Republica de Gaia o en la Republica Mexicana, deben construir.
La justicia, la democracia, la tolerancia, el respeto, la obediencia a las autoridades y a las normas, son los valores más importantes en la formación del jurista.
Es eso … o simplemente simular.
Para después ejercer nuestra carrera entre mentiras y transas…