sábado, 5 de enero de 2013

PORRAS, PORROS Y PORRISMO EN LA UNAM


 
Había que acabar con los católicos, retrogradas, reaccionarios, conservadores, enemigos de los senderos de la Revolución Mexicana, que se habían incrustado y perpetuado en las aulas de la Universidad Nacional de México.  El clero había hecho posible rebelarse contra el gobierno revolucionario de Plutarco Elías Calles, desconocieron sus leyes y el principio republicano laico de la separación del Estado y la Iglesia; odiaban a Juárez, al Presidente y a las conquistas sociales emanadas de la revolución. ¡Eran los últimos porfiristas que habían sobrevivido a la etapa violenta de la revolución¡

Las organizaciones estudiantiles abundaban los católicos por todos lados, ellos eran los que habían politizado las elecciones presidenciales de 1929 y 1946; su estúpido lema, de “Este hogar es Católico, No se acepta propaganda comunista”, había frenado por completo a la educación socialista, eran ellos, los que ponían en riesgo el triunfo de la revolución, con sus ideas anacrónicas de primero enseñar el catecismo, antes que alfabetizar.

Hombres como Antonio Caso y Manuel Gómez Morín, habían frenado las ideas progresistas de Vicente Lombardo Toledano de enseñar educación marxista; amparados éstos bajo la falaz idea de la “autonomía universitaria”, habían impedido que el ideal revolucionario (cardenista) de la educación socialista, llegará también a las universidades. Ni siquiera la negativa de darle recursos económicos a la Universidad Nacional había frenado el avance de las juventudes católicas, contrario a ello, se habían fortalecido, en la defensa de sus “buenas costumbres y credos”.

La discusión entre el modelo de Universidad tradicional defendida por los grupos católicos conservadores, frente a la visión socialista, propuesta por los gobiernos revolucionarios, se volvió caótica, cuando en 1933, el entonces Director de la Escuela Nacional de Jurisprudencia Rodolfo Brito Foucher, apoyado por un grupo de estudiantes activistas de las juventudes católicas, iniciaron una huelga en el que solicitaron la renuncia del Rector Roberto Medellín, mismo que ante las duras presiones, terminó por presentar su renuncia.

Desde las oficinas de la Policía Secreta del gobierno revolucionario, se instrumentó el plan secreto para acabar con los “conejos”, así se les llamaba a los activistas católicos, sinarquistas, reaccionarios, financiados por el Arzobispado de la Ciudad de México y que se habían adueñado de la Universidad de México. Los “conejos”, habían aumentado no solamente en simpatizantes, sino también en figuras notables, algunos de ellos eran distinguidos académicos, líderes estudiantiles que encabezaban las sociedades de alumnos en las distintas escuelas que conformaban la Universidad, inclusive dirigían la Confederación Nacional de Estudiantes y la Federación Universitaria.  Una “sociedad secreta”, auspiciada desde el Vaticano, por el Papa Pio XI, quienes financiaban la constitución de la Acción Católica, movimiento político disfrazado de socialista, que conformaban en distintas naciones de Europa y de América Latina, grupos de activistas, tales como la Juventud Obrera Católica, la Juventud Estudiantil Cristiana, la Juventud Universitaria Cristiana, Juventud Agraria Cristiana y la Juventud Independiente Cristiana entre otros.

Resultaba obvio que la intromisión de sociedades secretas católicas, financiadas por el Vaticano y altos jerarcas de la Iglesia Católica en México, era un tema político de seguridad nacional. Habían enfrentado al Presidente Plutarco Elías Calles, agitado a los campesinos y organizado grupos guerrilleros o de agitadores profesionales, que habían puesto en jaque al gobierno revolucionario, con la guerra civil cristera. Inclusive, muchos de sus miembros, eran fanáticos, dispuestos asesinar al Presidente de la República; lo habían hecho ya con el general Álvaro Obregón.
 
 

Era obvio que no se quería resucitar la guerra cristera; el gobierno revolucionario, aun no estaba del todo consolidado, muchos de sus supuestos miembros, ni siquiera simpatizaban con la moral revolucionaria. Lázaro Cárdenas era acusado de comunista, por los propios miembros de su Partido. La clase política gobernante desconfiaba de las medidas políticas nacionalistas y revolucionarias implementadas. La reforma constitucional a la educación socialista, la nacionalización de los ferrocarriles, el reparto agrario y la expropiación petrolera, habían sido todos ellos acciones revolucionarias que lo único que provocaron, fue haber politizado y polarizado las elecciones presidenciales de 1940. Ni aun, las resistencias del propio régimen revolucionario y la nominación como candidato presidencial, a un hombre neutral y católico, como era Manuel Ávila Camacho, habían calmado los ánimos, de que el país, se dirigía al comunismo.

Estas tensiones políticas entre el gobierno y la Universidad, se vivieron durante la década de los años treinta. La Cámara de Diputados, consideraba a la Universidad como un bastión “reaccionario a la revolución”, por lo que para controlar y exterminar dicha oposición al régimen, ésta únicamente autorizó en el presupuesto de egresos y en calidad de “ultima vez”, una partida presupuestal de diez millones de pesos para la “Universidad Autónoma de México”, mismos que deberían ser reintegrados por dicha entidad en el espacio temporal de cuatro años. Igualmente, desde las esferas del poder público, se creó y se organizó la primera institución educativa de educación superior, acorde a las necesidades del modelo nacionalista y revolucionario. El Instituto Politécnico Nacional, cuyo lema institucional lo dice todo: “La Técnica al Servicio de la Patria”.  

Claro que el gobierno revolucionario no cesaría en su proyecto de reconquistar y someter a la Universidad. Pues, no podía dejar que una institución como esa, produjera la cantidad de cuadros enemigos del régimen nacionalista que se estaba construyendo. Tan sólo para los años 1939 y 1940, a consecuencia del triunfo militar de la Falange franquista en la guerra civil española, los movimientos católicos, conservadores, reaccionarios, católicos o de “derecha”, volvieron a tomar fuerza y aprovechando el año de la elección presidencial en 1940, decidieron apoyar al candidato opositor al régimen, a través de un general supuestamente “revolucionario”, llamado Juan Andrew Almazan, que lo mismo agrupaba, a la disidencia católica radical del movimiento excristerio y sinarquista, hasta los propios simpatizantes del gobierno revolucionario como lo eran el zapatista Antonio Díaz Soto y Gama y el general Joaquín Amaro, que consideraban a Manuel Ávila Camacho como una imposición de Lázaro Cárdenas; sin omitir desde luego, las huestes universitarias, representadas por Manuel Gómez Morín y el recién partido político de color azul y blanco, que serviría de fiel oposición al régimen priísta: Partido de Acción Nacional.
 


Se llegó a pensar, que el gobierno debería controlar a la Universidad a través del la designación de su rector, pero eso no podía ser, dado que la autonomía universitaria, era una autoridad colegiada, denominada Junta de Gobierno, integrada por personas afines a la “reacción”, los que designaban al Rector de la Universidad, situación que dejaba imposibilitado a los gobiernos revolucionarios, para intervenir en los asuntos de la Universidad.

 Entonces, el Presidente Manuel Ávila Camacho, en su afán conciliador y en su política de Unidad Nacional, dejo atrás los discursos revolucionarios radicales que habían tenido sus antecesores, no vituperaría a la Iglesia católica, ni llamaría tampoco a formar mas sindicatos o a convocar a una huelga general, tampoco amenazaría con otra expropiación; simplemente negoció con los funcionarios de la Universidad, para otorgarle de nueva cuenta recursos públicos, restituirle el nombre de “Universidad Nacional”, así como hacerle una considerable donación, de extensos terrenos ubicados en el Pedregal de San Ángel.

El Rector Rodolfo Brito Foucher, acepto la tregua e inició las negociaciones para la elaboración de un gran proyecto, de gran envergadura en la historia de la Universidad Nacional. La fundación y construcción de la Ciudad Universitaria.

El “nuevo contrato” celebrado entre la Universidad y el gobierno revolucionario, sería a través de la promulgación de la Ley Orgánica de la Universidad Nacional Autónoma de México, publicada el 30 de diciembre de 1944.
 


La conciliación llegaría a su máximo grado, en 1946, con la designación del candidato presidencial del Partido Revolucionario Constitucional, Lic. Miguel Alemán Valdés. Egresado de la Escuela Nacional de Jurisprudencia de la Universidad Nacional Autónoma de México y quien no dudaría, en darle los recursos económicos necesarios a su alma mater, para la construcción y modernización, de la Institución de Educación Superior más importante del país.

El gobierno por lo tanto, no cesaría en su intención de someter a la Universidad, lo hizo primero a través de los recursos económicos, aceptando restituirle el nombre de Universidad Nacional, lo haría aprovechando el momento cultural en que el país experimentaba; la difusión de una nueva era de liberación sexual, de baile de danzón, vicios y placeres; el ambiente de cabaret con el que colindaba el viejo barrio universitario, ubicado en el Centro Histórico, impregnada de borrachos, gánsteres y prostitutas, sería aprovechado al máximo para distraer a los estudiantes de su formación cristiana, para incitarlos al pecado y después al desmadre, permitiéndoles a estos, hicieran “novatadas” con los alumnos de recién ingreso, a los que les cortaban el pelo y los paseaban por las calles del centro histórico, tal cuera fueran perros.

La juventud universitaria, a la que años antes se le identificaba por su vocación cívica y católica, enemiga del régimen de los gobiernos priístas revolucionarios, fue cediendo ante la para que fueran “alivianados” y menos “persinados”; nada mejor que abaratar los precios de las localidades en el Cine Rio, Venus y Goya, ubicados en el barrio universitario, para que los estudiantes de la preparatoria y de las demás Escuelas de Estudios Profesionales, decidieran “matar clase” e irse de “pinta” al cine, para ver las películas de Lilia Prado, Ninón Sevilla, Pedro Infante, María Antonieta Pons, Cantinflas, Joaquin Pardave, Tintán, así como en género de gansteres o rumberas de un polémico productor y director, de nombre Juan Orol. 
“Goya-Goya”, fue la porra popular que vociferaban los estudiantes, encabezados por un estudiante preparatoriano delgado, apodado “Palillo”, por su complexión delgada, quien negociaba con el Cine Goya “boletos gratis” y quien acompañado de algunas de sus novias, aprovechaba la oscuridad del cine, para “cachondear”; de ahí que la porra universitaria, sería ¡Goya-Goya¡….¡Cachun-Cachun¡, agregando “Ra” “Ra”. La Universidad nacional adquiría identidad, como una institución de educación llamada a cumplir su misión histórica y patriótica, de darle sentido ideológico, científico, humanístico y artístico, a la nación revolucionaria, que crecía a tasas económicas, realmente espectaculares. Era el “milagro mexicano”, la industrialización del país, hacía posible, pasar de la sociedad agraria semi feudal, a una sociedad urbana e industrial, donde la ciudad de México crecía, a la misma velocidad de los automóviles.
La construcción de la Ciudad Universitaria, fue el regalo que el régimen corrupto y corruptor de la revolución mexicana, había donado a la Universidad Nacional Autónoma de México. Inmensas hectáreas, donde los arquitectos Mario Pani y Enrique de Moral, jugaban a recrear en los espacios, la gloria de sus ancestros aztecas, mezclada con ese espíritu nacionalista que impregnaba la revolución mexicana.



La construcción del Estadio Olímpico y las rivalidades entre las dos instituciones académicas del país, Politécnico y Universidad, encontraron en el deporte, principalmente en el futbol americano, su espacio de combate, polarización y obviamente, de desmadre. Eran finales de los años treinta e inicios de los cuarenta, cuando la Liga Mayor de Futbol Americano, comenzó adquirir popularidad los partidos entre las selecciones de la Universidad Nacional y el Instituto Politécnico.

No fue nada planeado, ninguna mente perversa estuvo detrás de este cambio, la aparición del radio, el cine, la moda, la música, fueron los factores externos que lograron que esa Universidad Nacional, se “descatolizara” y se volviera, además de un recinto de estudios profesionales, en una catedral del desmadre.

Quizás no fue el propósito de Emilio Azcárraga Vidaurreta, empresario hijo de emigrantes españoles, dedicado a la venta de automóviles y posteriormente, en concesionario de la radiofusora XEW; no es que la música “popular” dejará de ser sacra y se convirtiera en expresión plebeya de los sentimientos pecaminosos; tampoco fue la aparición del cine mexicano, inspirada en las grandes estrellas cinematográficos de Hollywood, ni tampoco la presión gubernamental de corromper el sindicato independiente de actores de la industria cinematográfico liderados por Jorge Negrete, a través de un líder esquirol, de gran arrastre popular como era Mario Moreno “Cantinflas”; no fue que llegara el Buggy Buggy, el Chachacha, o Dámaso Pérez Prado con todo “mambo”, así como el twis y el rock and roll; simplemente fueron los cambios en la forma de hablar, de vestir, bailar, de pensar; la Iglesia Católica no se modernizo, se estancó en su visión conservadora, no entendió las nuevas formas de liberar a la sociedad, no entendió que la juventud universitaria, prefería ya mil veces, irse a bailar con los amigos, que ir a misa con los padres.

Algunos filmes, son reflejo de esa transición de identidad universitaria y politécnica; actores populares como la pareja de Freddy Fernández “el Pichi” y Evita Muñoz “Chachita”, la doblista y cantante Evangelina Elizondo, el comediante Germán Valdes "Tin-Tan", el cómico bailarín Adalberto Martínez “Resortes” y hasta el clavadista y medallista olímpico Joaquín Capilla Pérez; personificaron todos ellos, aquel México posrevolucionario e industrial, en el cual, sin haberse propuesto el gobierno priísta de Alemán Valdes, comenzó a reducir los bastiones de las juventudes católicas, para sustituirlas, por las “porras” universitarias.

Es entonces cuando aparece formalmente, el primer líder “porro”: Luis Rodríguez alias “Palillo”, un joven carismático, por momentos burlón, prepotente y cínico, un “fósil” que no acreditaba las materias, pero que recorría todas las facultades de la Universidad y quien cobraba para hacer favores o trámites en las ventanillas burocráticas de la Universidad; el líder de la pandilla impune, que ninguna autoridad sancionaba, el que practicaba las “novatadas” a los estudiantes de recién ingreso, a quienes bajo la excusa del “examen médico”, a base de engaños los citaba en algún lugar de la Preparatoria de San Idelfonso, para posteriormente, al grito de “¡Desfile-Desfile¡”, en filas de cinco a diez alumnos, aplicarles a los recién universitarios, la “circuncisión” o la “tuberculina”, luego a base de amenazas, les cortaría el pelo a los alumnos ingenuos, para pasearlos por las calles como viles “perros”,  para luego llevarlos a una pulquería, a beber pulque con gargajos que él y su pandilla porril, escupían.

El polémico “Palillo”, que termino siendo Psicólogo, con doctorado en Paris y quien termino por casarse con la actriz Fanny Cano, era el que comandaba a los porristas de toda la Universidad del equipo puma de futbol americano y quien recibió todo el apoyo institucional a su “noble causa”, directamente de la oficina del Presidente de la República, con el aval de la Rectoría. Entonces los recursos públicos salpicarían en suéteres con el logo universitario, gorras, ropa deportiva, banderas y toda clase de estipendios, que convirtió a “Palillo”, en el estudiante más popular; bastaba su presencia en el Estadio Universitario, para generar el ambiente festivo que provocan los espectáculos deportivos.

Quizás las oficinas de la Dirección Federal de Seguridad, la “CIA Mexicana”, dependiente del Presidente de la República, no dudaron, que gente como “Palillo”, era la que requería para tener el control de la Universidad.

La temible corporación policiaca, integrada por Agentes del Servicio Secreto, entendieron que entre los medios de control que se debía de tener en las Universidades Públicas, incluyendo el Politécnico, era precisamente, tener gente como “Palillo”, igual de simpática, carismática, pedante, prepotente, criminal, que pudiera ser cabecilla de grupos estudiantiles que se comportaran como “hordas”, que aunque no estudiaran, cumplieran con la función de tener controladas a las universidades.

Entonces, la Universidad para que pudiera estar controlada, debía de ser vigilada, espiada, acosada, denunciada, representada, por los grupos porriles; sólo de esa forma, podían contrarrestar a la fuerza de los “conejos”, (juventudes católicas) que aun en menor grado, imperaban en las aulas universitarias, así como a los comunistas.

Los porros pues, fue el “ejército de orejas” (informantes) y “células de choque”, que se infiltraron en la Universidad, que amparados como alumnos inscritos en la Universidad, cumplían con sus funciones de espionaje, provocación y apoyo logístico financiero a los funcionarios de la rectoría simpatizantes del gobierno priísta y líderes de la porra. Muchos de ellos, temidos y conocidos por sus apodos: “Pistolo”, “Dager”, el “Pinky”, el “Principe”, el “Bruja”, el “Monovano”, el “Capullo”, el “Vejigas”, el “Manos de Palo”, el “Llanta Baja”, “Cuco Pelucho”, “Fakir”, el “Aracuan”, el “Turco”, el “Pelón valencia” y el “Upa el Cavernario”, por citar algunos de ellos. Encargados, no solamente de hacer desmadres en los eventos deportivos, sino también, a organizar eventos políticos, para ganar la legitimidad de la “representatividad estudiantil”, en las sociedades de alumnos, organizaciones estudiantiles como la la FNET Federación Nacional de Estudiantes Técnicos; aunado a  contrarrestar, a los grupos de activistas católicos y comunistas.

Nadie podía con ellos, el Jefe de la Policía de la Ciudad de México, Manuel Mendoza Domínguez, estableció un sistema de “zonas de tolerancia”, en donde se encontraban las escuelas preparatorias para que estos porrillos pudieran hacer lo que se les pegara la gana. Muchos de estos porros, se convirtieron a la larga en “madrinas”, como lo fue el “Fakir”, Pepe López, el “Negro” Durazo, Manolo Prieto, Hugo Olvera, “Chato Pasta”; algunos de ellos se convertiría a la larga, en “abogansters”, como Bernabé Jurado, embaucador de sus clientes, capaz de comerse los documentos o bien, otros se convirtieron en diputados y hasta Jefes de la Policía.

Pero en fin, la organización porril creció en la Universidad, hasta conformar la Federación Estudiantil Universitaria, quien gozaría de algunas prerrogativas concedidas por las autoridades universitarias, como el otorgamiento de locales, así como “ayudas económicas”, financiadas por el PRI, para convocar a congresos estudiantiles.

El partido de Estado (PRI), se introduciría en las universidades y ganaría cada vez más adeptos, ya fuera entre estudiantes, porros, o  inclusive, hasta en comunistas. Al grado, que un Presidente del PRI, Alfonso Martínez Domínguez se le atribuye la frase: “El PRI no necesita escuela de cuadros, para eso tiene al Partido Comunista”.
 


Sin embargo, el ascenso a la presidencia de Adolfo López Mateos (1958-1964) y sus declaraciones “revolucionarias”, de decir que su gobierno, “era de extrema izquierda, dentro de la Constitución”, volvió sin proponérselo y quizás a espaldas suyas, a dar impulso al activismo estudiantil de tintes católicos, o supuestamente católicos, ahora calificados como “conservadores” o de “derecha”, activismo que se destacó por ser oposición extrema, a los grupos estudiantiles de “izquierda” que se identificaban como comunistas, los cuales, eran sin duda alguna, simpatizantes de Fidel Castro y la revolución cubana.

Entonces, la paranoia del comunismo hizo que en la Universidad se conformara el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), el cual tenía como misión, “combatir la intromisión del comunismo en la UNAM”.  Dicha organización adquirió fuerza, con sus campañas en contra del cine pornográfico, el tráfico de drogas, las “novatadas” o la intromisión soviética en la facultad de Economía; sirvió además  de aparato de presión en contra del Rector Ignacio Chávez, así como de organización estudiantil que contrarrestaba el activismo estudiantil de los estudiantes “democráticos”, identificados éstos, como simpatizantes del comunismo internacional.

No era de extrañarse, que el MURO, fuera la organización porril más importante en el México de los 60’s y en la Universidad Nacional. En la época en que el Rock and roll y las ideas “exóticas” del comunismo internacional triunfante Cuba, pusiera en riesgo, a la “juventud mexicana”.

No era de extrañarse, que el Secretario de Gobernación del Presidente Adolfo López Mateos y posiblemente líder máximo del MURO, era el Licenciado Gustavo Díaz Ordaz, quien años después, sería nominado por el PRI, como Presidente de la República.

 Entonces, las organizaciones porriles estaban consolidadas en el México de 1966, para poder expulsar y humillar a un Rector de la Universidad; consolidadas también, para poder servir de instrumento de control y represión, a efecto de poder denunciar y acusar, en cooperación con los policías y agentes secretos, a los comunistas y agitadores “saboteadores” de la olimpiada del México 68. Hechas, para servir a la patria, al partido y al presidente de la república y no responder jamás de sus fechorías.

¡La historia del porrismo, es una historia más de impunidad¡.



 


 
 
 
 Fuentes de Consulta
·         ORDORIKA, Imanol. Violencia y “Porrismo” en la educación superior en México.

·         MICHAELS, Albert L. Las Elecciones de 1940.

·         SÁNCHEZ GUDIÑO, Hugo. Génesis, desarrollo y consolidación de los grupos estudiantiles de choque en la UNAM. (1930-1990). Miguel Angel Porrúa. México 2006.

·         VELAZQUEZ ALLBO, María de Lourdes. El Movimiento Estudiantil en la UNAM, 1933. Revista del Centro Telúrico de Investigaciones Técnicas. CISMA.


·         http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/6509/pdfs/65lenero.pdf