lunes, 3 de noviembre de 2014

¡SANGRE Y MAS SANGRE; MUERTOS Y MAS MUERTOS ... ¡



Hay cosas que me hacen enojar, me entristecen, me deprimen, me indignan y una de ellas, es precisamente, la corrupción e ineptitud de los gobiernos, su descomposición e  indiferencia, su falta de respeto y consideración hacia quienes debería de gobernar y proteger; me quedo sin palabras para expresar mi indignación, la poca y mísera consideración, que tanto gobernantes como criminales tienen, sobre uno de los derechos fundamentales, universales, eternos e inmutables que tienen todos los seres humanos, hombres o mujeres, por el simple hecho de ser, seres humanos; me refiero a su derecho  a la vida y desde luego también, su derecho a su integridad física.

La desaparición de 43 estudiantes normalistas en Iguala Guerrero, a cargo según las investigaciones de la Procuraduría General de la República,  de un Presidente Municipal que se sentía virrey y de una policía municipal, que pese haber pasado los rigurosos evaluaciones de “control de confianza”, se encontraba coludida con un cartel de narcotraficantes, denominado “Guerreros Unidos”; deja en descubierto, lo que nadie ha querido reconocer. ¿En qué carajo de Estado de Derecho vivimos?. Como pretende nuestra ilustre clase política tecnocrática promover la inversión extranjera, la competitividad y todas esas “mafufadas” que repiten con enjundia neoliberal optimista de nuestros más altos funcionarios, empezando por el Presidente de la República, si no se  puede establecer en el territorio nacional, el mínimo requisito que debe tener una nación para su desarrollo y convivencia, me refiero desde luego, a la paz.   



Creo que hemos pisado fondo. No podemos seguir viviendo de esa forma. No son los 43 estudiantes normalistas, son cientos de miles de personas, que a lo largo de nuestra historia, han muerto en circunstancias sospechosas, misteriosas, dignas de un Estado fallido que poco le interesa en sus gobernados, preservar ese derecho fundamental que debe tutelar, que no es más que el derecho a la vida.

Ante este derecho fundamental, no me queda más que acudir a los argumentos de índole religioso o espiritual. Quizás sea en dios, el mejor escalón que podamos tener los seres humanos para creer en los valores humanos, porque lamentablemente, nuestros gobiernos, nos han traicionado con sus mentiras. Hemos dejado de creer en nuestros guardianes, en ese Leviatán que debía de protegernos, porque ahora nos damos cuenta, que ni siquiera son capaces de protegerse a ellos.

¿Cuántos muertos?, ¿Cuántos más?.  ¿Acaso dios puede escuchar este grito de incertidumbre?. ¿Acaso puede escucharlo, porque parece que el gobierno, no lo oye, no lo entiende, no lo ve, no lo comprende?.  Si un gobierno que se construye basado en los principios del amor de la patria y que dice protestar una constitución y las leyes que de ella emanan, no lo entiende, que puedo esperar entonces de aquellos que viven al margen y en contravención de esa ley, que ni el propio gobierno, decide cumplir.

Quien mata a una persona, es como si matara a la humanidad; y quien salva a una persona, salva las vidas de toda la humanidad; al menos eso dice el Corán, la religión del Islam que practican los musulmanes y a los cuales, la prensa occidental – no se diga la estadounidense - se espanta de ver su aparente vida oscurantista de autoritarismo; pero cuando uno entiende su doctrina, cuando uno conoce sus leyes y la premisas en las que se funda su credo religioso, pregunto entonces, ¿que es lo que no ha entendido este gobierno, que los verdaderos musulmanes tan criticados y juzgados si lo entienden; que es lo que nuestros criminales y nosotros como mexicanos debemos hacer, para darnos cuenta, sobre la sociedad decadente en lo que nos hemos convertido?. Para que tanta Virgen de Guadalupe, o tanto San Judas Tadeo, si como cristianos que fuimos educados, no henos aprendido la lección del “no mataras”.  Y es que para vergüenza nuestra, somos un país violento. Los mexicanos arreglamos nuestras diferencias con mentadas de madre, luego con riñas y al final, matándonos Somos la nación con mas muertos en el mundo, sin que exista guerra alguna. ¿Acaso no da vergüenza?. 

¿Nos gana la sangre?, el coraje, el rencor, o simplemente el odio.  (¡O quizás la imbecilidad¡).

  1.  La historia de México se ha escrito con sangre y dosis de una crueldad inhumana. No basta los relatos españoles sobre los sacrificios aztecas, ni la forma tan despiadada y cruel, con la cual los conquistadores españoles y su clase terrateniente, sometió a los indígenas de nuestra patria; no basta la barbarie de la insurgencia  en contra de las “buenas familias” que se atrincheraron en la alhóndiga de Granaditas, ni las batallas sangrientas de Hidalgo por lograr la emancipación; no basta en serio  la actitud carnicera de Félix María Calleja de haber decapitado los héroes patrios y haber colocado cada una de sus cabezas, en cada uno de las esquinas de la alhóndiga; no basta los miles y miles de mexicanos muertos en la guerra contra los estadounidenses, ni los franceses, ni de las guerras civiles entre conservadores y liberales; ni mucho menos la sangre de Agustín de Iturbide o la de Maximiliano de Habsburgo; cierto es, que la historia de nuestro país, se ha escrito y lo que es peor, se sigue escribiendo, con sangre y más sangre. 



Así lo dice el himno nacional mexicano, cántico de guerra y no de paz, en cada mexicano es un soldado que cada hijo te dio, en donde los cañones sonoros llaman a los mexicanos a la guerra de todos los días, a pelear, como pelearon los cientos de generales que proclamaron planes y manifiestos para desconocer a sus gobiernos; los cientos de caudillos que llegaron al Palacio Nacional, vestidos de militares con su pecho galardonado de colguijes y medallas al mérito y al honor; ahí estaban los asesinos de Iturbide y de Vicente Guerrero,  Anastasio Bustamante, Mariano Paredes Arrillaga,  Antonio López de Santa Anna, Porfirio Díaz, Victoriano Huerta y de otros tantos chacales, que actuaron con terror y crueldad, para someter a un pueblo alegre, borracho y parrandero, cuyas letras de sus canciones, es decir que la vida no vale nada.

Sangre y más sangre, como la del Presidente Francisco I Madero y José María Pino Suarez; sangre y más sangre como la de Emiliano Zapata, Venustiano Carranza, Pancho Villa y Álvaro Obregón; sangre y más sangre, de hombres buenos y otros malos, de hombres honestos y otros corruptos, de caudillos y de uno que otro sinvergüenza.  









Sangre la de los cristeros, la de los agraristas, la de Rubén Jaramillo, la de Genaro Vázquez, la de Lucio Cabañas, la de los estudiantes del 68 y del 71, la de la “guerra sucia”; sangre y más sangre, de la que provoco el gobierno de Miguel de la Madrid en el sismo del 85 por no rescatar vidas humanas de los escombros de los edificios derrumbados a través de un ejército que obstaculizaba a cada instante la solidaridad de los mexicanos; sangre y más sangre, la de los luchadores sociales que fundaron el PRD durante la época del salinismo; sangre y más sangre, la de los zapatistas de la rebelión de enero de 1994 y la de un candidato presidencial que veía a un México, con hambre y sed de justicia.





Hasta cuándo acabará esto. Sangre y más sangre, la de Aguas Blancas Guerrero o Acteal Chiapas, la de la “guerra” de Felipe Calderón. La sangre despiadada, cruel, inhumana, la que implica tortura, sadismo, crueldad, odio, venganza y terror. La que mato a cientos, quizás miles de inmigrantes que cruzaron nuestro país para conquistar el sueño americano y que nadie dijo nada, de ver sus cadáveres descompuestos e irreconocibles, quizás por tratarse de simples guatemaltecos, hondureños o salvadoreños; sangre y más sangre, como la de los cientos de vecinos de San Juan Ixhuatepec o las del Sector Reforma en Guadalajara; o los que surgen, cuando alguna empresa corruptor de gobiernos vendidos, infringe cuanto reglamento o ley pueden, para seguir lucrando con el alcohol, los vicios, la droga, el juego, la apuesta.  Sangre y más sangre, como los de los giros negros de Lobombo o del New’s Divine, o la del casino Royale; sangre y más sangre, inclusive, la más pura, la más tierna e inocente, como  la de los 49 niños que murieron quemados por el negligente incendio de la guardería ABC.




¿Cuándo acabara esto?.

¡Estoy indignado por lo ocurrido en Iguala¡. ¡Estoy triste¡, ¡Consternado¡, ¡Enojado¡. Es momento de que todos reflexionemos que lo que ocurrió en Iguala y lo que ha ocurrido a lo largo de la historia del país, no es normal, la vida es primero, ningún muerto más. 

Ese principio fundamental de respetar la vida del semejante, es la verdad que debemos tener todos. Desde el máximo gobernante que mueve los hilos del país, hasta el más humilde policía o sicario a sueldo. ¡Basta¡.... ¡Ningún muerto mas¡. 

No basta ya, quejarnos; hemos perdido la esperanza en todo, en nuestro Presidente, en nuestro gobierno, en el concepto de justicia. Un espíritu de corrupción y “valemadrismo” es el que nos ha llevado a esta crisis de absurdo, de negligencia y de impunidad.  ¿Es así como las reformas estructurales modernizaran este país?. ¿Que garantías puede otorgar nuestro país a los inversionistas extranjeros que dicen que generaran la riqueza que "movera" a nuestro país, si nuestra policía en vez de protegernos, se colude con los pillos, y lo que es peor aún, esa misma policía le jura lealtad y obediencia a una autoridad cínica y falsa, carente de toda autoridad moral. 

No me queda más que decirle o pedirle a mi Presidente...

¡Que renuncie¡.

Sin ningún semejante mío tiene garantizado vivir, entonces, para que tanto Estado tanta institución, tanta ley y tratado internacional.

¿Alguien debe pagar moralmente este fracaso, para seguir sacudiendo conciencias?.

Que mejor que lo haga el Presidente.

Hoy como nuca antes, podemos tolerar que la historia de impunidad, sadismo y muerte vuelva a repetirse. Nuestras conciencias, la tuya, la mia, la de todos,  están obligadas a cambiar realmente, para poder entender que la violencia no es el camino, que hoy como nunca antes el Estado requiere de hombres integros, justos, valiosos, que lleven a la República a valorar, el significado de la vida. 

Hoy como nuca antes, nuestros gobernantes, deben aprender, cual es su razón de ser. ¡Protegernos¡. ¡Así de simple¡. ¡Así de complejo¡.  Sino pueden preservar la vida de un infante, de un indocumentado que cruza el país o la de una persona, que tenga o no, modo honesto de vivir, o bien, la de cualquier estudiante, que puedo esperar entonces, que lleven a buen fin, lo que tanto prometen y se vanaglorian. 

Nuestro Presidente, debería poner el menos el ejemplo para que otros lo imitaran. …De no hacerlo, la violencia física y verbal se seguirá desatando. .

Si no decide hacerlo, ¿entonces que …?

Habrá que promover escala de peticiones y amparos, para pedir la protección de todos. ¿Habrá que promover las acciones legales, basadas en el caso Radilla, para pedir la justa indemnización a los familiares de las victimas de todos y cada uno de los muertos y desaparecidos en este país. 

Habrá que hacer algo. Al menos demostrarle al gobierno y a los criminales, que nuestra conciencia, ha cambiado en mucho. 

¡Ningún muerto más¡.