viernes, 5 de agosto de 2016

A MANERA DE PRESENTACIÓN; ¡EL TESORO DE SANTA ANNA¡



Escribir es una medicina que ayuda muchos a sobrevivir diariamente. Es la forma que tiene uno quizás de evadirse o de construir mejores realidades, en la que vive uno. Existe ficción, pero también realidad, se trata de vivir en un estado de las cosas, que aparentemente “no existe”, pero que sin embargo, ahí esta. 

Quien se vuelve escritor, se vuelve dueño de su mundo. Eso es mucho mejor, que inconformarse, molestarse o simplemente, amargarse.

Pero escribir y sobre todo, tratar de escribir una novela, uno debe de saltar todos los miedos y prejuicios que se tenga sobre esa actividad.  Quizás en lo personal, no tenga el talento para hacerlo, pero en esta vida, no importa el talento, sino la constancia; de nada sirve ser un maestro de las letras, sino se tiene la disciplina y la constancia para hacerlo. 

No es fácil escribir y reescribir periódicamente, más cuando uno, no es artista, ni estudio para hacerlo y se tiene una “vida oficial” donde uno realiza distintas actividades; cuando uno simplemente, no se dedica de tiempo completo a esta respetable profesión de escritor, cuando se destina al noble pasatiempo de escribir, únicamente el tiempo que le puede quedar uno libre.

Yo soy uno de esos escritores, que nunca pensó en dedicarse de lleno a esta actividad.  Pido disculpas a los que si son escritores. Pero bien saben Ustedes, que cuando uno escribe, lo hace para uno mismo, no para los demás. Que escribir, más que una enfermedad o adicción, es la medicina o sedante, que mata la ansiedad, la tristeza, el enojo, la desilusión, la falta de esperanza.



En los años 2004 al 2008, me encontraba trabajando en la Secretaria de Seguridad Pública del Distrito Federal y diariamente, recibía entre cuatro a diez promociones, (a veces hasta quince), requerimientos en el que se ordenaba cumplimentar juicios de amparo o preparar pruebas e informes, para los juicios laborales.  ¡Era una actividad desgastante¡, más por la oficina en la que me encontraba, ninguna ventana  la calle, nada de aire que recibiera, más que un aire acondicionado todo ruidoso y polvoriento, a veces hasta friolento; una oficina que si bien me daba privacidad, con los servicios de teléfono e internet, la mera verdad, había momentos en que me sentía atormentado de la “burocratitis”, esclavo de los requerimientos, represor de mis propios gustos y un auto censor de mis expresiones.



En ese tiempo, trate mucho con policías. Hombres y mujeres sencillos que laboraban o habían dejado, por alguna razón, de laborar. Pero ahí estaban visitándome diariamente y yo escuchándolos, atendiéndolos; no era para más, una Dirección General, quizás de las más grandes en el Gobierno de Distrito Federal, incluía una cuatro direcciones de área, cinco subdirecciones, trece jefaturas de unidad departamental y un universo de ochocientos trabajadores, que nunca termine de conocerlos, pero que sin embargo, trabajaban al servicio de la policía más grande de América Latina. Aunque en verdad, el policía, era lo menos que les importaba.

Sentía frustración no poder hacer nada de lo que debía hacer. Era una tarea imposible. Un mar no solamente de burocratismo, sino de corrupción, que se fue agravando por los hechos políticos suscitados en la Ciudad con motivo de la carrera presidencial del 2006.



Me convertí en el abogado “que complicaba todo”, que hacía trabajar las áreas de dicha dependencia, para “complicar” y “entorpecer” los asuntos, con la única consigna, dictada desde los círculos más altos del poder, de “no cumplir”, “no pagar”, “no reinstalar”. Había que limpiar la policía de sus malos elementos, algunos de ellos verdaderos pillos que sólo esperaban su reincorporación al servicio para tener, placa, charola y uniforme y continuar con sus actividades delictivas en perjuicio de los habitantes de la Ciudad; pero había casos que no era así, tipos o mejor dicho, policías, que amaban su trabajo, que tenían vocación, a quien no podía aceptar ni tolerar, que todo ese aparato burocrático, del que yo formaba parte, compuesto por más de ochocientos trabajadores, nos negáramos a no escucharlos, a bloquearlos, a entorpecerles y obstaculizarles la vida.



En aquel 2006, Andrés Manuel López Obrador, estuvo a punto de ser Presidente de la República. Varios funcionarios, cercanos al entonces Secretario, estuvimos plenamente convencidos de la necesidad de impulsar este cambio, aunque varios, no pensaban lo mismo; La verdad de las cosas, es que hasta dentro de las propias oficinas gubernamentales, existían personas indignas, verdaderos corruptos, que aprovechando su relación de cercanía con el Secretario o el Jefe de Gobierno, eran más pillos, que los policías a los que les complicaba la vida.

No podía hacer nada contra ellos. Cuando uno forma parte del sistema, es más fácil, encajar en éste, a que el sistema entero, encaje en uno mismo. Eso es imposible. Quizás por eso me volví escritor. No podía aceptar que mi alma, mi intelecto, se corrompiera diariamente.

Y por eso, en señal de protesta, decidí aislarme y escribí cuanta porquería veía y no podía limpiarla. Lo hice en mi soledad, en mi aislamiento, en mi total secreto.

La guerra presidencial del 2006, (porque en verdad, fue una guerra entre el gobierno federal y el gobierno local), hubo batallas de requerimientos del juez o de hacienda, multas y más multas, oficios urgentes y extraurgentes, de 24, 6 y hasta de 2 horas, que había que desahogar, como si fuera uno soldado, dirigiendo a la tropa, para conseguir las copias, los nombramientos, los demás documentos y obviamente, las rubricas y después las firmas. Inclusive, hasta organizando las manifestaciones y apoyando en los plantones.  El ambiente burocrático en el que me emergí no me gustaba, pero me generaba adicción, me hacía reír, quería cambiarlo y en mi loca soledad, así lo hice, me burlaba de ellos e impartía la justicia, que desde mi escritorio no podría hacerlo.



En el 2008, fui designado a cumplir una misión importante, para abatir la corrupción dela Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal. Tome la decisión con gusto y vocación, porque la persona que me lo había ofrecido, me habló con sinceridad, con preocupación; porque realmente, pensé que contra esa guerra de corruptelas, de funcionarios prepotentes, de víctimas y delincuentes, había que hacer algo, para acabar este mal.

¡Pero no pude¡. No fue suficiente la experiencia de mis colaboradores que trabajaban intensamente para sacar el compromiso que desde los escritorios más altos del gobierno, nos ordenaban, “sancionar a los Ministerios Públicos corruptos”.

Mi escritorio lleno de quejas y denuncias, una base de datos en la que registraba los movimientos de todos y cada uno de los expedientes y una memoria humana, que quise convertirla en artificial, para tratar de ser más eficiente y eficaz en mi desempeño como Director.

Mas fechorías, más corruptelas, mas injusticias y arbitrariedades; y uno, con todo el poder del Estado, con toda la confianza de los altos funcionarios, sin poder hacer nada, a causa del tiempo que es corto, de los subordinados limitados en capacidades y de los frenos políticos, a favor de los amigos y de cumplir los “compromisos”.

Nunca quise que mi alma se corrompiera y por eso, continúe escribiendo, lo que ya había empezado.

Una Directora General me acusó de “litigar” contra la Secretaria, hecho por demás falso, porque lo que hacía en mis “ratos libres” de la oficina, era escribir mi novela.



Me hubiera gustado hacer muchas cosas, pero nunca, pensé, ni visualice algún negocio. No era un servidor público que formaría parte del problema, sino que era, una solución al mismo. Pero no pude, no me alcanzaron los clips, las grapas, la tinta, los oficios, los expedientes, los acuerdos y las decisiones; no me alcanzó el tiempo, ni los recursos humanos y materiales con los que contaba.

Sentí la experiencia de la guerra y de la frustración. Entre policías primero y después, entre Ministerios Públicos, había logrado cerrar la pinza de mi mundo imaginario. Un país convulsionado y polarizado en la política, de reformas energéticas que anunciaban la privatización del petróleo y de una resistencia, corrupta y desorganizada, que nada pudo hacer contra el despojo.

Decidí escribir en un mundo dimensional, alejado del tiempo y de la realidad; ese mundo fue precisamente, la guerra contra los Estados Unidos de América.

Escribí en horas de oficina, pero también en las llamadas “horas nalga”, al que tanto el Gobierno del Distrito Federal le gusta malgastar. Horas, donde los empleados ya están cansados, hartos, fastidiados y son más propensos para cometer errores, pero que los jefes, autoritariamente, ordenan hacerlo. Todo ello, en contravención a la Constitución a los Derechos Humanos y a las normas de trabajo.

Escribí en los fines de semana, era mi mejor terapia desvelarme los sábados y amanecerme en el domingo.



Lo hice, desde una casita en Tecámac, Estado de México, de esas que logre obtener a través de un crédito del FOVISSSTE. Una casita, ubicada en medio del campo, alejado de la Ciudad de México, donde únicamente escuchaba los grillos y donde mi esposa y mi hijo, se encontraban durmiendo.

Escribí e investigue en los libros que me hacían olvidar de todas estas tragedias citadinas en las que me vi envuelto. Al diablo la elección presidencial, la reforma energética, la detención de Ahumada, la desaparición de las niñas, los muertos del News Divine, la comparecencia del Procurador o el Contralor; al diablo, todas y cada una de esas noticias convertidas en expedientes, repletos de normas falaces, que un Tribunal o un vulgar cohecho, terminaba anulando. No podía ser parte de esa cochinada, de ese sistema corrupto y tentador, que nada hace a favor de la justicia, pero que todo lo hace, para salvarle el puesto y la carrera para algún funcionario o simplemente,  encubrir una mentira.

En diciembre del 2008, termine escribir “1847”. Quise hacer algo así como el Big Brother mexicano, pero no me salió. La novela que escribí, me pedía  que la escribiera. como ella misma me lo dictaba. Fue así, como gradualmente, en enero del 2010, termine “El Tesoro de Santa Anna”.

Escrito el primer borrador, tuve que rescribirla. No me gusto. Tenía tantas faltas de ortografía, que donde ponía los ojos, encontraba el error que había cometido. Párrafos inentendibles y otros más, que tuve que cortar.

Lo difícil quizás no sea escribir. Sino reescribir.  Revisarse uno mismo. Criticarse y despedazarse uno mismo.



Esa paciencia de soportar la ansiedad de comenzar a trabajar, en mi proyecto personal y no en la prefabricación de una mentira contenida en un oficio, un acuerdo o in expediente, que sería utilizada para cubrir una estadística. Un informe oficial que nada aportaba para abatir la corrupción y cumplir la misión, que me habían encargado.  

El Tesoro de Santa Anna, le debo la capsula de escape, a mi realidad burocrática.

Dedo agradecer a muchas personas en esta presentación.



A la Licenciada Angélica López Pérez, mi alma gemela, que conoce, la verdadera historia.



Al Maestro Mario García Mondragón, quien después fue mi compadre; porque nunca supo lo que hacía, pero sabía, que algo hacía. (Creo que hasta la fecha, sigue sin saberlo).



Al Licenciado Manuel Esaú Cruz Cruz, por no molestarme en los momentos en que sabía que estaba escribiendo la novela.



A mi Q:.H:. Rubén Martínez, eso de desvelarse varias noches por una auditoria, no tiene más precio que la ingratitud y el despido injustificado.  jejeje.



A mi otro Q:.H:. el Licenciado Enrique González Tinoco, “Compayito”, por haberme apoyado y llevado la obra, a la lejana Toluca, acompañado de mi amada esposa, la Licenciada Deyanira Zárate.



Al Licenciado Francisco Gómez Guadian y a la Licenciada Mirna Juanita Ortiz Cornejo, por leer la obra y haberme hecho observaciones. De Guadìan, no olvido el placer, de hablar sobre la historia de México, más cuando en la conversación, se sumaba, el buen Licenciado Francisco Javier Ambriz Alvarado.  ¡Cómo extraño esas trivias¡. Nada mejor, que hablar de “nuestro general, Antonio López de Santa Anna”.



A mi amigo “Naquito”, el Licenciado Francisco Álvarez Rojas, por haberme apoyado solidariamente a mi tristeza en aquellos días, cuando mi obra no ganó el certamen del Bicentenario organizado por el Gobierno del Estado de México y en que había que sacar el “destajo” los papeles de la prepotencia y la corrupción.  ¡Cochito-cochito¡….¡Ven hijo, ven hijo¡….¡Ya no aguanto, ya no aguanto¡” ….

Ni que decir, del compañerismo, de "La 4" y de los chicos de servicio social, que llegaron para quedarse. 



A mi asistente Erick Mojica, alías “Erickson Microsoft Manos de Tijera”, por mantenerme actualizada la base de datos y haberme servido de asistente en aquellos días.



A la Licenciada Flor Elvia Dávila García, por su lealtad, su paciencia  y profesionalismo, por haber sido mi mano derecha y haberme ayudado “a sacar la chamba”, mientras yo revisaba y corregía el borrador. Mientras que todo el equipo, se la pasaba trabajando.






A Lulu, Martha, Marcela, Yanis, Cony, Jorge, Iván, Jaimes, Guillermo, Leonor, Catalina, Sandro, Huergo, Cesar Montalvo, Diana Sol, Rossy Yedra  y otras personas, que fueron parte de mi vida, durante los días que escribí esta trama.

A mi jefa Hilda, ejemplo de mujer, de sencillez, de constancia y disciplina.



Desde luego. No se la puedo dedicar a Ruth, por haberme confundido con los tipejos en los que ella se convirtió. Por no escucharme. Por dejarse llevar por el chisme y no por mis palabras. Por haberse corrompido y haber confundido la institución, con su visión patrimonialista. (Ella bien lo sabe).

Otras personas, ni siquiera valen la pena mencionarlas. Personas cuyos problemas chicos los hacían grandes, los problemas grandes no los entendían y lo que no entendían, nunca lo sabrán. 



Hoy presentamos, hasta donde yo sé, la primera blog-novela de mi país. Lo hago por este canal en facebook. La libertad de expresión, es el derecho a informar, a educar, a entretener, es algo que también se ejerce. Nadie, puede subrogarse autoridad moral, ni jurídica, para censurarme.

La presente obra, se la dedico a mis compañeros de oficina, con los que conviví durante todos esos años. No sé si algún día tenga tiempo de escribir esas memorias, bien valdría la pena describir como funciona la administración pública desde adentro, quizás en otro momento.

Estoy convencido que hay que innovar la literatura, educar al pueblo a la lectura, enseñar derecho y política a los lectores. ¡Son tiempos de cambio¡. La revolución informática modifica también, las nuevas formas de enseñanza, lectura y entretenimiento.

La entrega de cada capítulo está programada. ¡Será diaria¡. Me reservo el derecho de editar esta novela, en una versión impresa y quizás, con las modificaciones que la audiencia, atinadamente me observe.



Estoy convencido en estos días en que las altas esferas políticas de los Estados Unidos de América  hablan de México, es importante, hoy más que nunca, revisar y reinterpretar la historia, conocer que fue lo que llevó a que el pueblo y los gobernantes de aquel entonces, nos heredaran, la mitad de patria, que ellos recibieron.

Espero que el Tesoro de Santa Anna, nos dé a todos las respuestas que buscamos.

¡Gracias a todos¡.   




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