sábado, 20 de agosto de 2011

JUSTICIA, CARCELES Y CORRUPCION EN EL MEXICO DE MARIANO OTERO


Mariano Otero 1817-1850
JUSTICIA, CARCELES Y CORRUPCION EN EL MEXICO DE MARIANO OTERO.[1]


Nadie mejor que el abogado Mariano Otero para describir la triste y paupérrima situación política, económica y social, del México de los tiempos del general Antonio López de Santa Anna.

En el año de 1848, después de que México perdiera en forma estrepitosa la guerra contra los Estados Unidos de América, un abogado de tan sólo treinta años de edad, pero ya con antecedentes políticos de haber sido diputado y creador de la figura jurídica denominado “Juicio de Amparo”,  Mariano Otero, publica un ensayo intitulado “Consideraciones sobre la Situación Política y Social de la República Mexicana en el año 1847”, impreso por Valdés y redondas, mediante el cual explica a la sociedad mexicana, como ésta fue derrotada por una “fuerza extraña”, totalmente desorganizada y con muy mala educación.

Mariano Otero enérgicamente califica a México como un “pueblo afeminado, y como una raza degenerada, que no ha sabido gobernarse ni defenderse. Señala también que el país, al ser víctima de su pésima educación y mala organización, ha tenido como consecuencia un pueblo dividido.

Un país poblado aproximadamente por siete millones de habitantes, cuatro millones de ellos eran indios y tres de ellos de raza europea, la mayor parte mezclada con indígenas. Al referirse de los indios, no los baja de ignorantes, de no estar enterados siquiera de la independencia de México, de ser esclavos de los hacendados, de pagar sus contribuciones forzosamente al clero, que la única aspiración que pudieran tener, sería servir de soldados.

 En oposición a ellos, la población a la que denominó como “raza blanca o mixta”, misma que se componía de militares, empleados, abogados, médicos y una multitud de holgazanes y vagabundos que abundaban en las calles de las ciudades de la República; Otero estima, que al menos una cuarta parte de esta gente, mantiene a las otras tres cuartas partes; ¡Vaya país de gente improductiva, sin oficio ni beneficio¡. 

MAPA DE MEXICO EN 1847

Respecto a la administración de justicia, señala: “nuestra legislación es un caos”, “el litigante honrado como el de mala fe puede sacar multitud de leyes diversas para hacer eterno y contencioso el asunto mas sencillo del mundo. Los procedimientos son lentos y costosos, de manera que, cualquier negocio algo difícil, puede asegurarse que no tiene fin en la vía judicial, mientras tenga dinero y ganas de gastarlo las partes contendientes. Hay expedientes en México, cuyo primer escrito tiene más de cien años de fecha, y no han sido bastantes los pasos dados ni el dinero gastado por tres generaciones seguidas, para lograr que se resuelva definitivamente el punto en cuestión”.

Las cárceles, - dice Otero - llenas siempre de hombres viciosos y criminales de todas clases, que viven reunidos indistintamente, lejos de servirles de castigo o corrección, puede decirse que son verdaderas cátedras de prostitución y de maldades, pudiendo también asegurarse que el criminal novicio que entra en ellas por primera vez, al salir de allí es un consumado pícaro, que no conserva ni el mas pequeño resto de vergüenza”. …”Muy rara es la vez que se oye anunciar la muerte de un criminal por mandamiento de la justicia, al paso que todos los días se repiten los atentados contra la propiedad y aun contra la vida en los caminos y en las poblaciones”…”no existe de hecho la base fundamental de toda sociedad organizada, que es la garantía de la vida y de la propiedad. Por este motivo, México puede decirse que es el país de las transacciones, pues por evitar un pleito siempre costoso y casi nunca satisfactorio en sus resultados, se hace preciso transar con el fullero, con el estafador, con el falsario, y aun con los mismos ladrones y asesinos, … el código único de que hacen uso aquí todos los hombres prudentes, que no quieren perder su paciencia y su dinero en trámites y contestaciones, tanto mas desagradables…”


Las cosas siguen en este país sin cambiar. Otero dice también: El hacendado transa también con el bandido de camino real, albergándolo en su propia hacienda y festejándolo como a su mejor amigo, aunque lo haya robado algunas veces, sin ocurrirle jamás el mal pensamiento de denunciarlo o entregarlo a la justicia, porque es seguro que después de tenerlo algún tiempo corto en la cárcel lo pondrán en libertad, y él quedará expuesto a su venganza. Por último los arrieros y traficantes que, por su profesión tienen que vivir constantemente en los caminos, se ven también obligados a llevar amistad y buenas relaciones con los mismos ladrones, como el único medio de tener seguridad”.   Es decir, no debemos extrañarnos si el día de hoy, sigue ocurriendo lo mismo.


El México de los privilegiados, también existió en el siglo XIX, pues hace más de cien años de que existiera el sindicalismo mexicano o los nefastos burócratas mexicanos que denigran el servicio público; Otero cuando habla de éllos, los empleados al servicio del Supremo Gobierno, manifiesta:

… En el perpetuo desorden y desbarato de nuestros gobiernos, se han dado con la mayor profusión los empleos, por obsequiar la recomendación de éste o el otro personaje, o para premiar los más despreciables servicios prestados a alguno de los individuos del gobierno. Nunca, o muy raras veces, se ha consultado para dar un empleo, a la honradez o a la capacidad del agraciado pues lo que únicamente se ha visto es, que la persona que lo recomienda tenga algún influjo, en cuyo caso queda desde luego colocado el pretendiente sin más averiguación. Muchos casos ha habido también de empleos ya de alguna importancia que se han conseguido dando algunas sumas a los que se han hallado inmediatamente al gobierno y gozando de su favor.

         De esa facilidad en conceder empleos, resulta que en las oficinas de las rentas públicas hay multitud de empleados que no solamente ignoran la gramática de su propio idioma y aún la aritmética, sino que no saben ni escribir medianamente. Respecto de moralidad, son tan multiplicados como escandalosos los ejemplos de empleados que han hecho inmensas fortunas, abusando de la confianza que el gobierno depositó en ellos indebidamente. La desmoralización en esta clase está ya tan bien organizada, y tan bien recibida en la sociedad, que ya nadie se escandaliza de ver que un empleado que sólo cuenta con un sueldo de dos o tres mil pesos anuales, compra haciendas, monte su casa con los más exquisitos y costosos muebles, y sostenga a su familia con un lujo extraordinario. Nada de esto llama la atención, porque con innumerables los casos, y ya el público está acostumbrado a ver que, con muy contadas excepciones, todos los empleados que tienen algún manejo de las rentas de erario, gastan tres o cuatro veces más que su sueldo.

         A pesar de toda esa escandalosa desmoralización y de esa ineptitud de la mayor parte de los empleados, el gobierno, aunque quiera, es impotente para poner el remedio. Según las leyes que rigen en la república, el empleado que obtiene su despacho del gobierno, adquiere en el empleo que se le da una propiedad, de la cual nadie, ni aun el mismo gobierno, puede ya despojarlo sin previa formación de causa. Esta condición, en el estado que guarda la administración de justicia en el país, equivale a tanto como decir que los empelados pueden hacer todo lo que les acomode, bien seguros de que jamás han de ser despojados de sus destinos.



         Ha habido, sin embargo, algunos casos de empleados que han sido destituidos violentamente por el gobierno; pero esas destituciones han sido siempre momentáneas, y poco tiempo después se le ha repuesto en sus empleos por la debilidad que caracteriza a todos nuestro gobierno. Por otra parte, el empleado despojado, por más justos que hayan sido los motivos que tuvo el gobierno para sus despojo, es siempre bien recibido en el partido de la oposición, cuyos periódicos comienzan  desde luego a clamar contra el atentado horrible que ha cometido el gobierno atacando la propiedad de un empleado si respetar las formulas que establecen las leyes. A ese gobierno que tal hizo se le llama arbitrario, despótico, tiránico, y se emplean contra él, en fin, los más groseros epítetos y aun las calumnias más infames con el objeto de desconceptuarlo, y hacerlo aparecer como un criminal en un acto tal vez de la más rigurosa justicia. Y como el gobierno representa siempre la parte débil de la sociedad, y como nunca les falta a los individuos que lo componen algunos motivos para temer los ataques de la prensa, el único modo de acallar esa insufrible grita, es reponer en su destino al empleado agraviado, y no volver a pensar en destituirlo, aunque dé los mismos o peores motivos para ello.

         Por lo dicho parecerá que lo mejor a que puede aspirarse en México, es a ser empleado del gobierno, y en efecto, los empleados serían unas verdaderas canonjías, si no fuese porque el número excesivo de empleados ha perjudicado a la clase en general. En todos los países donde hay algún orden, no se crea más que el preciso número de empleados para el servicio de las rentas; pero en México, donde todo suele andar al revés, se crean las rentas para los empleados. El abuso de dar empleos ha sido tal, que, además del crecido número de ellos que se necesita para cada oficina por su complicado sistema de contabilidad, hay muchos destinos que cuestan al erario cuatro o cinco sueldos, pues aunque un solo individuo sirve el empleo, los otros tres o cuatro han sido declarados cesantes o jubilados con toda su paga, para colocar de este modo a algún favorito del gobierno.

En fin, Mariano Otero fue un gran jurista, cuyo reconocimiento en la historia del derecho mexicano, le ha atribuido, en demerito del exfuncionario santaannista Manuel Crescencio Rejón, haber sido el autor del juicio de amparo. ¡Ya habrá tiempo para exponer la verdadera autoría del amparo mexicano¡.

Sin embargo, Mariano Otero debería tener un lugar en la historia en el campo sociológico y hasta económico, pues sus apreciaciones en el ensayo en comento, describe como dijimos al principio, la triste y paupérrima situación del país, cuyo divisionismo y falta de educación, en el momento más difícil de su vida, hizo que se perdiera más de la mitad del territorio nacional.

No tuvo culpa alguna el clero de aquel entonces, ni tampoco el ejército nacional, corporaciones a las que también Otero destaza; ¡culpa de todos¡, de la corrupción y de los privilegios de un pequeño y minúsculo grupo de poder; culpa también de los políticos que gobernaban, que de un día para otro, eran federalistas y luego centralistas, para después ser nuevamente federalistas; como si no importara ser católico o masón, como si no hubiera diferencia entre la República y la Monarquía. “Los tiempos de atrás eran mejores”, cuando los virreyes gobernaron trescientos años, sin problema ni freno alguno.

¡México¡…¡Como te quiero y como me dueles¡. Hoy no estamos en riesgo de perder la mitad del territorio nacional, sino algo todavía peor; estamos en riesgo de perder nuestro futuro.

Y no hay nadie a quien echarle la culpa todavía, pues los privilegiados no asumen su responsabilidad y si en cambio, señalan con el dedo, quienes son los culpables, como lo hicieron hace más de ciento cincuenta años; ¡la culpa no es nuestra, la culpa es de don  Antonio López de Santa Anna¡.

¡La culpa no es nuestra, siempre fue y será de él¡.

Gral. Antonio López de Santa Anna Ex Presidente de México





[1] CFR. OTERO, Mariano. Obras. Recopilación, selección, comentarios y estudio preliminar de JESUS REYES HEROLES. Editorial Porrúa. México 1967.