sábado, 10 de septiembre de 2011

LOS ESTUDIANTES DE DERECHO Y EL CODIGO AMBIENTAL



Estos tiempos modernos, o mejor dicho, postmodernos, nos obligan cambiar muchas cosas, empezando por nuestro pensamiento.  ¡Ya no estamos en el siglo XX¡. y lo peor de todo, es que nuestro pensamiento y forma de concebir el conocimiento, está hecha al modo del siglo XX, concretamente, al estilo de los años 70’s del siglo XX.
Lamento informar que el tiempo nos ha comido y en menos tiempo de lo planeado, estos últimos diez años se han suscitado a nivel mundial, una serie de cambios en  todos los ámbitos de la cultura humana, en la política, la económica, la sociedad, la tecnología; el mundo se transforma día a día, pero nuestras conciencias letargadas, siguen sin darse cuenta ni logra tampoco dimensionar, la continuidad de tiempos de lo que fue, es y será.
Cada quien debe sumarse en el ámbito de su respectiva trinchera a los cambios que le toca realizar. Se debe cambiar lo que no funciona y corregir al grado de mejorar y perfeccionar, lo que funciona bien. O que parece, que funciona bien.  Por nuestra parte, nos dedicamos a cambiar la educación. Por eso, promovemos el Código Ambiental.

La educación jurídica siempre ha sido solemne, formalista, memorista, conceptual; durante cientos de años los estudiantes de leyes, se formaban en las aulas universitarias, como eternos oyentes de los discursos retóricos de sus maestros, que hacían gala de sus amplios conocimientos jurídicos y quienes educaban a sus alumnos, como futuros profesionistas “codigueros”, expertos en el manejo y memorización, de cualquier precepto normativo.
Este sistema funciono bien, pero para el mundo que les toco. En una época en que la burocracia afianzó el poder soberano del Estado, se requería de profesionistas especialistas en derecho, quienes se dedicaran al funcionamiento de la administración pública, así como también, el de la procuración e impartición de justicia. ¡Cierto¡. Se requerían abogados memoristas, con una capacidad retentiva de almacenar en sus respectivos cerebros, todo el cumulo de datos, leyes y reglamentos que regulaban alguna materia en particular; saber con precisión, las jurisprudencias o tesis aisladas jurisprudenciales aplicables a los casos aplicables, para poderlos en el momento oportuno, exponer, en una dos o tres cuartillas, escritas en una máquina de escribir y presentarlos obviamente, a la autoridad competente. ¡Pero eso¡. Obviamente eran otros tiempos.

Eran los años en el que los Estados eran soberanos y autoritarios; en la esfera internacional, cada Nación-Estado tenía el monopolio ideológico, económico y hasta violento; cada uno de ellos, asumía el papel de “padre” o “benefactor” frente a sus ciudadanos; se les conoció como “Estados del Bienestar”, una concepción racional en que el mundo parecía que había llegado a su fin, la fórmula ideal en que el Estado asumía el papel y la responsabilidad de conducir la vida de sus habitantes, proporcionarle a estos, seguridad, vivienda, empleo, salud, educación; un Estado que debía cuidarse de las amenazas imperialistas o del comunismo internacional, solamente en espera de que la tercera guerra mundial no estallara.
Entonces los estudiantes de la carrera de derecho, quienes se formaban en aquellos años, solo les bastaba terminar sus asignaturas, titularse era solo un requisito para satisfacer la vanidad; terminada la carrera, había que “tocar las puertas”, con algún personaje “influyente” que les permitiera o les diera la oportunidad de ingresar a trabajar en el gobierno. Era, lo que comúnmente se le conocía (y todavía se le sigue conociendo) como “palanca”.  Entre más alto se ingresaba en el gobierno, mayor era la palanca y mayores los privilegios, de quienes podían acceder a esa vida afortunada, donde el “papá-gobierno”, proveía de nuestras necesidades, inclusive hasta de las necesidades criminales de robar al erario público, o hacer cualquier otro desmane, amparado bajo la figura autoritaria y arbitraria, de ese gobierno represor.
Pero los tiempos cambiaron, de unos veinte años para acá, las transformaciones políticas, económicas y sociales han ido avanzando a una marcha tan veloz, como la velocidad de la luz que no logramos percibirla con nuestros sentidos.

Hoy, ya no se requieren abogados memoristas, los datos que antes acumulaban las mentes privilegiadas, ya las puede uno obtener desde su teléfono celular; las leyes, no solamente éstas, sino también hasta las tesis jurisprudenciales, pueden consultarse desde cualquier buscador de internet;  ¡Todas las normas, todas¡. Elaborar y/o redactar escritos o promociones, tampoco cuesta trabajo, los procesadores de textos han facilitado a muchos abogados y también a muchos estudiantes, a “escribir” bajo la técnica de “copiar” y “pegar”.   ¡Bendito mundo de la tecnología¡. Se pueden inclusive hasta manipular declaraciones testimoniales, desde larga distancia.  Obtener audios, videos, documentos, con esos pequeños aparatos que caben en las bolsas de nuestros pantalones.
Nadie debe pasar por alto este avance tecnológico. Pretender ignorarlo, sería como tapar el sol como un dedo.
El mundo cambia a una velocidad, mucho más rápido que la velocidad de la luz. La amenaza mundial ya no es la tercera guerra mundial, sino el calentamiento global; los enemigos ya no son los comunistas, sino los terroristas y a nivel nacional, los narcotraficantes; el mundo cambia a pasos agigantados, los gobiernos de todos los Estados se transforman también, dejando de ser paulatinamente esas burocracias jerarquizadas y disciplinadas por la autoridad normativa de su líder racional, a nuevos tipos de organización social, denominadas “gerencias públicas”, vinculadas al sector privado, en lo que importa ahora, son los resultados y los indicadores de gestión de las administraciones.
La era de la información obliga a todos también modernizarnos. Hace cuarenta años, las noticias no viajaban a esa velocidad con la que hoy estamos acostumbrados. El Estado controlaba todo, hasta nuestro pensamiento, éste decidía desde sus oficinas, desde lo que debíamos de comprar y/o vender, hasta lo que debíamos de pensar. Generaciones de abogados creyeron en los mitos de la patria y de sus héroes mártires, les enseñaron a respetar su bandera y también les inculcaron el miedo, a la inseguridad, a lo desconocido, temerle al gobierno “todo poderoso” y  sus métodos represores.
Para estudiar derecho en aquellos años, solo bastaban unas cuantas leyes y el libro del maestro que les enseñaba la materia. Eran clases aburridas, si el ponente tenía la cualidad de hacer dormir a sus alumnos; hoy en cambio, se sabe que difícilmente el cerebro puede asimilar información más de doce minutos, pero en aquellos tiempos, como ahora, siguen sin saberlo. Las clases de derecho de aquel entonces, sólo había que hacer cuatro cosas: asistir a clases, escuchar al maestro, tomar apuntes en cuadernos de papel y estudiar (es decir memorizar definiciones y disposiciones jurídicas) para presentar exámenes.
Aun no existían las teorías de las inteligencias múltiples; no se sabía nada de las distintas habilidades que pueden tener los educandos, ni tampoco, las formas en que estos aprendían; el sistema de enseñanza era Lacansteriano, premios y castigos, el premio podía ser, convertirse en “amigo” o ayudante del profesor y alcanzar con ese hecho, el primer escalón en el mundo de los privilegiados, lo que los orillaría tarde o temprano, entrar a trabajar en el gobierno; el castigo, era desde luego, reprobar la materia y por consiguiente, ser “marginado” por no ser “privilegiado”.
Cuando los estudiantes terminaban la carrera, debía uno buscar a los “cuates”, y ver, “quien se había acomodado”, para pedirle a éste trabajo. Buscar como ya dijimos, al familiar o “padrino” poderoso, si eso implicaba, afiliarse al partido y acudir a sus marchas y manifestaciones, inclusive hasta votar por ese partido político, había que hacerlo. No había confusión alguna, todo era una simulación, por la sencilla razón, de que así eran las cosas, lo importante, era vivir del presupuesto, porque vivir fuera de él, era vivir en el error.

Litigar obviamente era más fácil, todo se arreglaba con dinero o con favores, en el caso de las mujeres litigantes, bastaba con un coqueteo; no había tampoco confusión ni discusión si eso estaba bien o mal, por la sencilla razón, de que así siempre había sido. Había que buscar por lo tanto, al amigo o quizás al amigo del amigo y pedirle a éste “un favor”, para sacar adelante el juicio o asunto que uno tramitaba. Después de todo, no era importante la teoría, pues los teóricos, además de ser aburridos, se dedicaban a escribir “paja” y otros a dar clases en las universidades; cualquiera que tuviera cuates en los juzgados podía tramitar cualquier juicio, sin importar su complejidad;  inclusive, hasta uno podía obtener un título y una cedula profesional y vivir del ejercicio de la carrera, con la plena seguridad de que nunca lo descubrirían.
¡Que tiempos¡. Era un mundo como el que ahora vivimos, pero sin computadoras y con menos gente de la que hoy transita, vive, come y respira.
El cambio social se hizo, pero nuestras conciencias quedaron igual y hoy en día, los estudiantes de derecho siguen haciendo las cuatro cosas que sus antecesores hacían: asisten a clases,  escuchan al profesor, toman apuntes y estudian, memorizando conceptos. Después cuando terminan su carrera, buscan un padrino, es decir, una buena “´palanca” que les dé trabajo.
Muchos de esos estudiantes, no les han enseñado que el Estado-Nación cayó en crisis, que este se privatizó y que la tendencia en los próximos años es que lo siga haciendo. No les enseñaron tampoco, que los sistemas informativos han permitido tener y alimentar poderosas bases de datos, que pueden describir toda la información personal y profesional que uno puede tener.  Hoy más que nunca, estamos siendo espiados y hoy más que nunca, será difícil evadir el fisco o las autoridades. Nuestros ojos, huellas digitales, rostros y cualquier otro cosa que nos pertenezca o inherente a nuestro cuerpo, será más fácil de localizar. Quien pretenda falsificar una cedula profesional, debería pensarlo dos veces.
Los maestros de la carrera no se han percatado de estas transformaciones sociales, no se han dado cuenta que las leyes y las tesis jurisprudenciales pueden consultarse desde su teléfono celular; los apuntes en los cuadernos son ahora absoletos, pudiendo tener audios, videos y programas de software que les permiten hacer cuadros sinópticos o mapas mentales. El mundo cambió pero no sus conciencias, ni su forma de concebir el mundo. Siguen siendo memoristas, insistiendo en seguir viviendo en la burbuja de cristal de hace cuarenta años.

Los estudiantes de derecho del siglo XX aprendieron la moral kelseniana, que decía que el derecho era tan puro, pero tan puro, que había que expulsar del mismo, cualquier vestigio de moral, ética, política, economía, sociología, inclusive, podríamos decir, actualizando a kelsen, hasta de la ecología. El Derecho era una norma jurídica que se encontraba inmerso en un ordenamiento jurídico estático y dinámico, lo que obligaba y formaba a profesionistas en derecho, creyentes en ese mito. En consecuencia, se formaron abogados totalmente deshumanizados, desapegados hasta de los motivos que les impulsaron a ser: ¡La Justicia¡.
HANS KELSEN
Gracias al a Teoría Pura del Derecho, pudieron adquirir forma y legitimarse los regímenes de gobierno mas autoritarios, arbitrarios y violadores de todos los derechos humanos. El jurista del siglo XX es un técnico en la lógica jurídica, su concepción del derecho es abstracta, una mera norma que se traduce en premisa mayor, premisa menor y conclusión; dejando en manos de otros profesionistas, cualquier compromiso o promesa con la justicia, verdad y equidad. Los problemas mundiales o éticos, son cosas que no deben de importarle. Así es y así aprendieron derecho los abogados del siglo XX. Aprendieron a vivir en la simulación, en el mundo ideal de las normas jurídicas, volviéndose ciego, sordo y mudo, del mundo real, avasallado por el crimen, la mentira, la demagogia y el engaño.
Dentro unos años, el Estado recibirá fuertes presiones respecto a las necesidades sociales que le exige una población joven, deseosa de acceder a los beneficios que les han sido negados.
Hoy los abogados deben cambiar el chip de sus cerebros y darse cuenta, de su gran responsabilidad, no solamente con la sociedad, sino con el tiempo mismo. Deben tener conciencia social y ambiental, es decir, pensar en el presente y también en el futuro.
En el futuro, el Estado se reducirá burocráticamente y transformará su papel, de ser el proveedor de bienes y servicios, en un promotor contratista, en el que sus ciudadanos-clientes-votantes, realizaran los actos jurídicos y de comercio para autosatisfacer sus propias necesidades.
El Estado moderno, no desaparecerá, pero se transformara de una manera tal radical, que muchas de las funciones que hoy desempeña el Estado, por citar solo algunas, la procuración e impartición de justicia, pasaran a manos de los particulares.
No se trata de un capricho, ni de una imposición, sino de una necesidad, cada año son más los seres humanos que habitan el planeta y menos la capacidad de respuesta del Estado para cumplir con el papel que venía desempeñando hace más de veinte años.  El cumulo de problemas que se avecinan son más grandes y los futuros abogados, diseñados para el mundo ideal del siglo XX, no deben ser parte de esos mismos problemas, sino los promotores de su solución.
Veo en el futuro que los estudiantes de derecho comiencen a organizarse para crear sus propias defensorías sociales; así como alguna vez hicieron los obreros en la formación de sus sindicatos, en el futuro próximo, los estudiantes de derecho deberán crear sus organismos no gubernamentales, para proporcionar los servicios de procuración e impartición de justicia que requiere la población.
Uno, dos, tres …muchas organizaciones de abogados saldrán para convertirse en los abogados de todos aquellas personas humildes, golpeadas por la pobreza y la ignorancia, por la falta de oportunidades, que han sido discriminados y olvidados de los sectores privilegiados.
Para eso, se requieren que los próximos y futuros licenciados en derecho tengan diversas habilidades, ya no basta conocer los mitos kelsenianos de los ámbitos de validez, que claro que seguirán siendo importantes, pero requerirán también, conocimientos de software, mínimo procesadores de textos y manejos de bases de datos; requerirán también de habilidades en la comprensión y posesión de otros idiomas o lenguas indígenas, nociones de política, economía, sociología, ecología; obviamente, requerirán ser más sensibles y comprometidos, con el prójimo y el medio ambiente. Además de tener conocimientos sobre administración y habilidades financieras para la obtención de los recursos económicos de entidades tanto públicas como privadas que les permitan cumplir sus funciones, además de allegarse de una forma digna y decorosa para vivir.
Los nuevos abogados, más que ser iusperitos en el manejo de las normas jurídicas, deberán ser también, promotores de la procuración de justicia. Se requiere en este país y en el mundo entero, muchos promotores, que eduquen y procuren justicia en todos los niveles; se requiere por ende, que esos mismos promotores, no solamente enseñen el valor de los derechos humanos, sino también, el valor de la participación ciudadana y la democracia.
Por eso, en el futuro, las escuelas de derecho deberán también ser, no solamente formadoras de abogados, sino también, promotoras de leyes.
Se requieren leyes y más leyes, pero no para promover la inflación legislativa, sino para establecer los mecanismos que permitan que esas mismas leyes, sean realmente efectivas, reales, eficaces. Que la actuación del Estado, también sea por lo tanto, también sujeta a revisión y al escrutinio público.
En el futuro los nuevos profesionistas harán también lo suyo. Los que estudian administración o ciencias políticas, harán lo necesario para ser los científicos de la democracia; los que estudian economía, deberán continuar con el reto de seguir generando riqueza sustentable; los que estudien comunicación deberán aprovechar su conocimiento para incentivar los lazos de solidaridad y cooperación que deben tener los seres humanos; los que estudian medicina, ingenierías químicas o físicas, deberán hacer también lo mismo para edificar un mundo saludable, prospero, con mejor calidad de vida.
Los problemas siguen, el aumento del calor seguiría incrementándose año con año, al igual que los fríos, los maremotos, los cataclismos; el crimen organizado difícilmente podrá ser aniquilado, (nunca lo ha sido), la carestía del agua, el hambre y el aumento de la pobreza, nique decir respecto a la carestia del petróleo, el energético que si bien contamina el mundo, es el que lo mueve, quien genera la energía para que haya luz y movimiento. Todos estos retos obligan a los nuevos estudiantes de derecho, en sus respectivas trincheras, hacer algo por su presente y su futuro.

Código Ambiental, es ese el proyecto pionero que permite formar un nuevo perfil de abogado, comprometido con la democracia, el medio ambiente y la procuración de justicia.
No se trata de un proyecto prematuro o improvisado, sino que tan solo es una semilla de un árbol frondoso que crecerá y dará frutos, muchos frutos.
No se trata tampoco de un lucimiento personal, sino de un trabajo académico, que tenga como finalidad, desarrollar todas las habilidades de sus participantes, además de inculcarles a estos, la vivencia significativa de asumir una causa justa y buena, a favor de sus semejantes y del planeta.
Código Ambiental es el reto que tienen los estudiantes de derecho, de legislar por primera vez en la historia de la posmodernidad, la elaboración de una ley formada en una aula universitaria. Después vendrán otras leyes y las elaboraran otras escuelas y facultades de derecho.
Es un proyecto que tiene como finalidad principal, educar a sus participantes y  prepararlos para sumir los retos del futuro.
No sabemos, si las treinta o cuarenta mil firmas que se requieran, se podrán recabar en un plazo corto; pues el proyecto no cuenta con financiamiento público, ni mayor publicidad, que la que se pueda generar en boca de sus participantes.
Lo único que queda claro, es que el Código Ambiental, tampoco tendrá como destino quedarse encajonado y olvidado en el escritorio de algún diputado de la Asamblea Legislativa; las próximas generaciones de abogados, harán todo lo posible para hacerlo realidad y llevarlo a cabo.
Sigamos pues, sembrando nuestra semilla, que otros verán el árbol crecer y nuestros nietos, cosecharan sus frutos.
Mientras tanto: ¡Apóyanos con tu firma¡.