sábado, 8 de octubre de 2011

SER UN PUBERTO OCHENTERO



Tendrías que haber sido un estudiante de Secundaría y haber vivido en los ochentas, para saber que es un Puberto Ochentero.
Un Puberto Ochentero es haberse sentado en un salón de clases, esperando que la chicharra tocara, para salir disparado al patio de la escuela y jugar una cascarita  con un frutsi lleno de basura, para poder anotar goles, debajo de los postes de las canastas de básquetbol.
Es pintar el pizarrón con el gis blanco, dibujando potros, jaibas, pumas y una que otra águila desplumada. Es escribir que el América será campeón o que el Guadalajara o el Cruz Azul es el mejor. Es rayonear el pizarrón una y otra vez, sin escribir o hacer dibujos ofensivos que alguien pueda lastimar o delatar.
Es subir a los pasillos del tercer piso, para escupir a los que están debajo de ti, ya sea para divertirte o afinar tu puntería, para darles a los que te retaban cuando estiraban sus brazos ofendiéndote con señales obscenas. Es seguir preparando ese escupitajo, largo, verdoso, salivoso, aprender la ley gravedad significativamente, celebrarla con enjundia, cuando lograbas atinar a tu objetivo.
Ser un puberto ochentero, es golpear la espalda de tu compañero con todas tus fuerzas, sin dejarte descubrir por éste; es buscar quien fue el que te pego, para jalarle los cabellos y esperar que la pamba, no sea para ti, sino para el que se dejo descubrir.
Es formarse en “fila de india” y pegarle con todo a tus compañeros, inclusive con la mochila; es esperar que alguien caiga, para que entonces tu cuerpo se lance a éste y hacer la “bolita” donde todos nos aventemos. Es sentir ese golpe y también darlo, hacer “calzón chino” o “circuncisión” sólo por el ánimo de echar “desmadre”, porque el maestro sigue sin llegar a la clase, porque estas cansado y aburrido de tantas clases; es a veces, echarle “pica pica” a tu compañero, teniendo la seguridad de que este no te delataría jamás.
Es aventar tu portafolio por el pasillo y después aventar otro y otro; es saber que alguien se queda en el salón de clases esculcando las demás mochilas, es saber que dentro de aquel morral, llena de cuadernos y libros e inclusive de la torta que no te comiste, pudieras encontrar la mercancía peligrosa que te pudieran confiscar y llevarte a la oficina de Orientación, una historieta pornográfica o bien, la portada de una revista con fotografías a color de mujeres realmente exorbitantes.
El puberto ochentero vive preocupado por no reprobar materias, sabe que existe los bimestres e inclusive los examenes extraordinarios, pero lo que más le preocupa al puberto, es saber que alguien le gustas, la infinita posibilidad de encontrar una novia y de formar parte de esa competencia donde ella y él, puedan besarse sin respirar el uno al otro.

Que tan sensible es el corazón de un pubertero ochentero, la pena, la angustia, la emoción, el sentimiento físico y sexual, un “no sé qué”, que “quien sabe que”, es tratar de escribir cartitas de amor o hacer dibujitos de corazoncitos, es escuchar una y otra vez esa canción que tanto te gusta, es caminar y "hacerte el aparecido", buscar el momento de “como te declaras”, de confirmar si “le gustas”, o por lo menos saber, si ya tiene novio.
Es saber lo que tus compañeros escribieron en el “Chismografo”. (¿...?)
Imitar desde el mejor portero del futbol Adolfo Rios, hasta inclusive la voz del charro cantor Jorge Negrete. Es empeñarte todos los días en “joder” al grupo, recordándole a la maestra la tarea que dejo la clase pasada y que todos supieran, que en tu casa tenías computadora.
Es escuchar a Miguel Mateos, Martha Sánchez, “Rock en tu idioma”, de perdida la Banda Timbiriche y adoptar como verdadero himno nacional  “Con todos menos conmigo”.  Es escuchar a los hombres G y desearle a tu rival de amores, “Sufre mamón devuélveme a mi chica”. Buscar el momento idóneo, para defender tu honor y orgullo lastimado.


Ser puberta ochentera es pararse frente al escenario y saber que es la más bonita de todos, que pueda interpretar a Flans o ser la chica más popular ni siquiera del salón de clases, sino de toda la escuela, e inclusive de todas las secundarias aledañas de la Santa María la Ribera. Es agarrarte a golpes en el baño de mujeres, con la otra chica popular y saber que movilizas a toda la escuela que ansia por verlas quien es la mejor. Es saber que los ojos de ellos te miran, pero que sólo bien sabes, que te interesaba captar la mirada de aquel “niño” en especial.
Es quitarse la falda y mostrar aquellas piernas que los ojos morbosos de tus compañeros podrían degustar. Evitar correr para no sentir tus senos flotar, es estirar los brazos uno, dos y tres, mientras observas a tus compañeros, divertirse con sus simplezas.
Es saber la reacción que asumirías, cuando tu compañero empezaba a cortejarte cuando éste te abrazara. Era tratar de acercarte a él, para conocer lo que este hacía, esperar la tan ansiada llamada telefónica y escuchar su voz, si era posible, por qué no, verte con él, en algún trabajo escolar en equipo, en la casa de alguna compañera, después en una fiesta … y después, en donde tu imaginación te llevara.
Era desmayarte en el salón de clases una y otra vez a causa de los cambios hormonales, cuidar que tu falda no se manchara por aquello de la regla, era ser lo más simulada posible, para que tus compañeros no te descubrieran.
Finalmente a quien le importa los elementos de la tabla periódica, la clasificación científica de los animales, saber que México era un país tercermundista, o decir erróneamente que la tierra era “cubica”; quien podría importarle la algebra, o soportar las clases aburridas a la una de la tarde, con un profesor a quien ya nada pelaba, menso a un prefecto que te recordaba la música grupera de Rigo Tovar o de Chicohe y la Crisis. Lo importante era echar despapaye, seguir jugando futbol y subir aquel metro de la estación San Cosme, entre gritos y carcajadas, subiéndote en la cabina trasera del conboy, o en aquel camión lleno de la Ruta 100, riéndote a carcajadas, de ver como tu compañero del otro grupo se caía del camión en la glorieta de Reforma, para después verlo correr y subir desesperadamente a éste, como si nada le hubiera pasado, y todo para no llegar tarde a la clase.
Todo esto es lo que significa ser un puberto ochentero, mas que un recuerdo de hace veinticinco años, es una realidad presente que permite recordar viejos tiempos. De vernos ahora, más gordos, canosos, casi pelones, con hijos, con mucho futuro y curiosidad de saber que fue lo que pasó después, desde ese ultimo día en que dejamos de vernos.
Cuantas veces no habremos soñado que seguíamos en el salón de clases, recordando con nostalgia aquel momento inerrepetible o simplemente olvidando por siempre, aquello que los demás te recuerdan cada vez que te los reencuentras.
Tomemos un trago, fumemos, hagamos ahora, lo que no pudimos hacer el día que nos conocimos.
¡Finalmente, somos pubertos ochenteros¡