sábado, 29 de diciembre de 2012

EL PENSAMIENTO IDEOLÓGICO MEXICANO (PRIÍSTA)


No basta marchar y mentarle la madre al gobierno, para que éste caiga con todo y sus poderes “fácticos”. Se requiere, más inteligencia que odio, mayor participación que verbo, se requiere criterio y pensamiento crítico, ser más abiertos en la discusión, en la tolerancia e inclusive en la negociación; se requiere activismo ciudadano y obviamente, toda la fuerza, la creatividad, así como el conocimiento jurídico y fiscalizador, para hacer posible, que este país, realmente se transforme.

Primero antes que nada, debemos quitarnos esas ideas obsoletas de “izquierda” y “derecha”, de “buenos” y “malos”, “nacionalistas” o “neoliberales”; debemos dejar un poco atrás, ese pensamiento ideológico priísta con el que muchos han sido educados, y ponernos a pensar y aceptar, que el país, es plural, diverso, menos tonto o manipulado; con problemas y retos mundiales que enfrentar, con varias necesidades, una de ellas, el de elevar la discusión política y obviamente, construir, administraciones públicas eficientes.

El pensamiento ideológico priísta es el que debemos enterrar para siempre; dicho pensamiento parte de un mito. Una mentira con el que muchos mexicanos crecieron y que hizo posible, para desgracia actual, que el sistema político mexicano, triunfara en la creación de su sistema educativo, que ya los sovieticos, con sus 75 años de gobiernos socialistas, hubieran querido tener.

Cuales son esos mitos fantásticos, con los que crecimos.

Primero.- Crecimos creyendo, que hubo una Revolución Mexicana.  ¡Mentira cruel¡. En México nunca hubo una revolución, pero el mito fue tan genial, que nos dio identidad y unidad, que forjó bien o mal, un proyecto de país, y que para el colmo de todos los absurdos, hizo posible que tanto partidarios del régimen, como sus disidentes o “reaccionarios”, abrieran un falaz debate, sobre esa revolución inexistente.

La Revolución mexicana, aparte de haber sido manipulada por sus historiadores, de haber convertido a bandoleros en revolucionarios, de porfiristas a  constitucionalistas; la revolución crea dos mitos más, la de un gobierno nacionalista y de una sociedad, que se reforma gradualmente, para encontrar su propio proyecto de nación.


Segundo.- La Revolución, pues por lo tanto, crea el mito del gobierno nacionalista. Un México para los mexicanos; y eso explica en parte, que nuestra posición nacionalista, nos hizo por naturaleza, en “antiamericanos”, en ver a nuestros hermanos estadounidenses, no cómo “vecinos”, sino como nuestros adversarios, nuestros enemigos; el odio con el que fuimos educados, hace que cada mexicano, guarde el rencord y el resentimiento, a la política de pillaje y mercader, con el que los Estados Unidos arrebato más de la mitad del territorio nacional durante el siglo XIX. 

En verdad, desconozco, si los japoneses odian a los americanos por las bombas atómicas, o los paraguayos odian a los brasileños y argentinos, porque también les arrebataron sus territorios; en verdad, cada nación crece en forma diferente, pero al menos en México, en mi México lindo y querido, el éxito del sistema educativo, no se podría explicar, cuando cantamos el himno nacional, e imploramos en el cantico de guerra: “que un soldado cada hijo te dio”.

El nacionalismo mexicano tuvo mucha razón de ser, pero en México, nuestro nacionalismo fue nuestro orgullo, de ser diferentes. No ser comunistas soviéticos, pero tampoco, ser liberales como los americanos. Ni éramos partidarios del liberalismo, pero tampoco del socialismo y para paradoja, nuestra revolución y sus promesas de justicia social, eran de “índole socialista”, pero construida en los cimientos, de una tradición y de una arquitectura constitucional, de “tipo liberal”, en medio de esa contradicción, “liberal-social”, nacimos.

Nuestro nacionalismo, por lo tanto, es nuestro sello de identidad. Soy mexicano y eso significa, no ser como otro, sino simplemente, ser mexicano. Lo que es de México, es de los mexicanos.

Ser nacionalista, en la ideologia priísta, es ser “revolucionario”, pero también ser “institucional”. Creer en los ideales sociales tanto de igualdad como de justicia social de los trabajadores y campesinos; y también ser “institucionales”, para creer en nuestro sistema jurídico republicano, democrático y federal.  Representado en la fortaleza institucional de nuestro gran líder.


Tercero.-   Nuestro proyecto de nación, es el otro mito con el que nos formamos. Es una creencia que arrastramos desde la época de los aztecas, en pensar en el liderazgo del sumo sacerdote y dirigente político, que nos llevara de nuestro éxodo, a construir el gran imperio de México Tenochtitlán.

Construimos el ideal de un “padre”, una autoridad justa, guerrera, combativa, que se hace respetar a nuestros adversarios. Un padre autoritario, protector, por momentos benevolente y obviamente nacionalista.

Ese guía o líder, es el que conducirá a nuestro país a la gloria. Como si tuviéramos pensamiento musulmán, creemos en Mahoma, o como si fuéramos judíos, creemos en el “Mesías”; pero somos mexicanos, y creemos que nuestro Al Tlatoani, nos llevará al camino correcto. ¡Bonita mentira¡. Porque con esa mentira, construimos el poder presidencial, un poder omnipotente, divino, redentor, al que le adjudicábamos todos los poderes humanos y extrahumanos que podía recibir, una persona común y corriente, digna de la investidura divina.

Cuarto.- Nuestro sistema educativo, construyó el mito ideal de que en el México revolucionario, los mexicanos, construimos nuestro propio proyecto de nación, el cual es liderado, por un hombre bueno, recto, honesto, sabio, justo y justiciero, colérico, combativo y glorioso.

Pero ese hombre justo, suele a veces ser un impostor, o bien, rodearse de personajes oscuros y traidores; por lo tanto, nuestro sistema educativo, creó una ideología de una lucha de clases, no entre proletarios y burgueses, sino entre nacionalistas revolucionarios y traidores, estos últimos coludidos con alguna potencia extranjera, llámese Estados Unidos, Francia, el Clero o cualquier otro enemigo.

La lucha que enfrentan los mexicanos en ese mito genial, consiste en esperar, resistir y combatir a la traición.

El peor delito o crimen al mito mexicano, es de la traición; la traición de la malinche, la de Santa Anna, la de Porfirio Díaz, la “revolución traicionada”, la “traición de la izquierda”, la traición, siempre el fantasma de la maldita traición.  La que termino venciendo, a nuestros mártires, a Hidalgo, Morelos, a los Niños Héroes de Chapultepetl, a Emiliano Zapata y a Francisco Villa. La traición, que se escribe con engaño, con mentira y demagogia; que se sepulta con olvido e impunidad.

Gracias a todos esos mitos ideológicos, que aprendimos en el sistema educativo nacional, nuestro país, durante el “primer priato” (1929-2000), se pudo construir una sociedad desigual, amparada en el discurso ideológico de la justicia social.
¡Es hora, que empecemos, derribando esos mitos¡.