domingo, 21 de septiembre de 2014

¡Y DESPUÉS DEL SISMO DEL 85¡ .... ¿QUÉ?



La noche del 20 de septiembre de 1985, cuando se registro el segundo de los sismo, se había suscitado un rumor en cada una de los hogares de la Ciudad de México. Se hablaba pues de un golpe de Estado en contra del Presidente, no era para más, dos sismos de 8.1 y 7.7 grados, habían sacudido no solamente la tierra de la capital de la República, sino también, las conciencias de miles y miles de mexicanos.  Era el momento, en que el pueblo esperaba ansiosamente, el actuar de su gobierno.

Entonces el Presidente Miguel de la Madrid Hurtado daría un mensaje a la nación, esta vez, no hablaría ni de la renovación moral, ni tampoco de la caída de los precios del petróleo, ni de la inflación, ni de ningún otro tema que en aquella época se ventilaba; hablaría pues, sobre lo que le interesaba en ese momento a millones y millones de mexicanos de todo el país, que esperaban para esas horas, ansiosamente en la televisión el mensaje presidencial; los canales 2, 4, 5 y 8 de Televisa, se enlazarían con los canales 7 y 13 de Imevisión y el 11 del Instituto Politécnico; millones de mexicanos frente a sus televisores, esperarían el discurso que tendría que decir “su líder”, “su guía”, “el Presidente de México”.  ¿Cuántos muertos?, ¿Cuántos derrumbes?, ¿Cuánto dinero habría que gastar?, ¿Entraria o no el ejercito?, ¿Aceptariamos ayuda internacional?. ¿Habría pues golpe de Estado o no?.

“Compatriotas: Al dirigirme hoy al pueblo de México, quiero compartir con ustedes el luto y la tristeza y enaltecer también el espíritu de solidaridad fraternal que se ha manifestado entre nosotros y hacia nosotros. Mi más profundo pésame a los que han perdido familiares, amigos o colaboradores. Hago mía la pena de cada uno de ustedes por estas pérdidas irreparables que no se pueden compensar con nada.


Su voz tibia, pausada, nada comparable con la de su antecesor “el perro” José López Portillo, un orador que conmovía al pueblo con discursos que enaltecían el orgullo patriota y revolucionario de los mexicanos. Sin embargo, que podría decir ahora Miguel de la Madrid Hurtado, hombre que en el apellido lo decía todo, estaba literalmente “madriando” al país, con tanto recorte, con tanta inflación, con una actitud tibia de no encarcelar a los ladrones del país, de no decretar la moratoria de la deuda externa, de no hacer, lo que cualquier mexicano valiente habría hecho.  

La tragedia que nos azotó el día de ayer ha sido una de las más graves que ha resentido México en su historia. Hay cientos de muertos y lesionados. Todavía no tenemos cifras precisas ni completas. Aún hay atrapados en muchas construcciones, que no hemos podido rescatar.
Ninguna cifra, ningún dato, nada ni nadie que reportar.
Frente al siniestro se han producido no sólo actos de extraordinaria solidaridad por parte de los distintos sectores de nuestro pueblo, sino inclusive actos que merecen plenamente el calificativo de actos de heroísmo que mucho honran al pueblo de México. Quiero destacar las tareas del Ejército y la Armada nacionales, de los cuerpos de policía, del cuerpo de bomberos y de diversas asociaciones particulares de socorristas y voluntarios. Es conmovedora la actitud de fraternidad y de solidaridad que está mostrando el pueblo de México. Mi profundo reconocimiento a esa admirable actitud.
Locatel, el sevicio de localización telefónica que con tanto orgullo se anunciaba comercialmente en la televisión con su memorable número 658-11-11, había recibido cuarenta mil llamadas telefónicas, cantidad que superaba en mucho, a las 500 0 600 llamadas telefónicas que recibía diariamente.

El gobierno de la República y los gobiernos de los estados hemos reaccionado al máximo de nuestros esfuerzos y capacidades. Infortunadamente -lo tengo que reconocer- la tragedia es de tal magnitud que nos ha rebasado en muchos casos.
La tragedia era de tal magnitud, que no había gobierno, ni poder presidencial, que lo pudiera enfrentar. El Presidente pues, con su actitud tibia, pareció otra víctima más del sismo, que el hombre valiente que esperaban millones y millones de mexicanos; pareció pues, un cobarde. Hizo a muchos recordar la reencarnación de un Moctezuma cualquiera, dispuesto asumir trágicamente la derrota, sin haber combatido, ni peleado, ni muerto con dignidad de un Al Tlatoani.   

No podemos hacer lo que quisiéramos con la rapidez que también deseamos, sobre todo para rescatar vidas.  La verdad es que frente a un terremoto de esta magnitud, no contamos con los elementos suficientes para afrontar el siniestro con rapidez, con suficiencia.


Pero ese día 19 y 20 de septiembre, la televisión mexicana no se inmuto. Se siguieron transmitiendo las telenovelas de Televisa Juana Iris, Angélica, Vivir un Poco; los personajes del medio artístico: Victoria Ruffo, Raymundo Capetillo, Valentin Trujillo, Blanca Guerra, Erika Buenfil, Sergio Goyri, Angélica Aragón, Rogelio Guerra, cumplieron con sus actuaciones esa función social, de entretener a las personas, hacerles creer a muchos, que los problemas que uno podían vivir diariamente, eran nada a los que existían en el mundo telenovelero; que no habría pues movimiento telúrico alguno, que suspendiera la programación de la televisión, ni la telenovela favorita.

… Quiero también expresar en este mensaje mi reconocimiento a los medios de comunicación por la forma responsable y madura con la que han estado informando a la población y al mundo de nuestra situación, para ubicar los problemas en su debida proporción: la tragedia es grande, pero la capital de México no está arrasada; la capital de México, en grandes segmentos, está volviendo a la normalidad, y, si bien lamentamos profundamente los daños y las pérdidas de vidas, tenemos que informar que la mayor parte de la ciudad de México sigue en pie y sus habitantes siguen también, de la misma manera, en pie y afrontando la tragedia con un vigor extraordinario.
Quizás ese fue el momento más importante del discurso, “México sigue en Pie”, frase con la cual se podría bautizar este discurso; el Secretario General de Protección y Vialidad, el General Ramón Mota Sánchez, aquel que tenía la misión de depurar a la corporación policiaca, después de los actos escandalosos de corrupción de su antecesor, Arturo “el Negro” Durazo; ordenó éste que todas sus patrullas, adoptaran en el parabrisas trasero una leyenda que dijera, “México sigue en Pie”. Que mejor lema de un publicista priísta de la época, de crear slogans para levantar el ánimo, de los miles y miles de familias mexicanas, que a esas horas, dormían en la calle, con el temor y el trauma, de que se viniera otro tercer temblor.

Frente al luto y la tristeza, compatriotas, reforcemos serenidad, entereza y ánimo. Enterremos con pesar a nuestros muertos, pero renovemos nuestra voluntad de vivir y restañar las heridas que hemos sufrido. Estoy absolutamente seguro que estos sentimientos prevalecerán sobre nuestra pena, sobre la pena que nos embarga a todos y que sabremos todos, mediante actos concretos y perseverantes, lanzarnos decidida y patrióticamente a las tareas de la reconstrucción, con vigor, entusiasmo y férrea voluntad.
Hablaría pues de la respuesta institucional que en encabezaba para enfrentar una de las peores tragedias que nunca en la historia de la Ciudad, ni del país, habían registrado. Entonces, el Secretario de Gobernación Manuel Bartlett Díaz y el general Juan Arevalo Gardóquí Secretario de la Defensa Nacional, tenían que demostrar a la nación entera, que no solamente eran efectivos para capturar peligrosos narcotraficantes como “Caro Quintero” y “Neto Fonseca”; que el ejército mexicano, no solamente podía reprimir estudiantes como lo habían hecho en 1968, o capturar guerrilleros como lo hicieron en el Estado de Guerrero o bien, desfilar sobre las principales calles y avenidas de la Ciudad de México cada 16 de septiembre; ahora ambos tenían que demostrarle a su jefe, no el pueblo, si no al Presidente de la Madrid, que podían organizar la fuerza del Estado para enfrentar la crisis de emergencia nacional por la cual transitaba la Ciudad capital. Demostrar también, que podían encauzar ese “poder estatal”, para salvar vidas humanas y después, iniciar la reconstrucción de la Ciudad.



Y fue entonces, que se anunció que no se suspendería el XIII campeonato Mundial de Futbol, México no suspendería sus compromisos internacionales, como tampoco lo había hecho años antes con la olimpiada; no suspendería la competencia deportiva, porque después de volar y volar los helicópteros de Televisa, pudieron corroborar que el “Coloso de Santa Úrsula”, el monumental Estadio Azteca no habría sufrido ningún daño, ni siquiera una cuarteadura; la fiesta del futbol, pues, tenía que continuar.

Miles y miles de voluntarios se sumaron a la tarea del salvamento de vidas humanas. Personas de escasos recursos, estudiantes normalistas, universitarios y politécnicos; vecinos de las colonias populares, gente que iba de todos lados de la Ciudad y de la República, para sumarse a ese llamado espontaneo y solidario, que nadie había convocado, ni las televisoras y radiodifusoras de Televisa e Imevisión. que lo único que hacían, era continuar con la transmisión de su cartelera, como un modo coercitivo de continuar con la “vida normal” de la ciudad antes del sismo;  seguir la vida rutinaria de todos los días, como si nada, absolutamente nada, había transcurrido. Asumir esa función responsable de no generar psicosis, de ubicar la tragedia nacional, en “su justa proporción”.
Y entonces, aunque el tenor continental Placido Domingo visitara a la Ciudad, no para grabar canciones de Cri-Cri en los estudios de Televisa con Emmanuel y Mireille Mathieu,  sino que lo hizo para sumarse también a la ayuda solidaria de miles de mexicanos voluntarios, que con cubetas, palas y picos, sus manos y sus alimentos improvisados, se disponían hacer, lo que el gobierno no podía organizar. Fue entonces que el tenor continental, olvido su voz, sus cuerdas vocales, su garganta, sus pulmones, su agenda artística; español que actúo como un mexicano más, se puso éste la máscara, el gorro, los guantes, el cubre bocas, las gafas; olvido rasurarse, comer, bañarse, dormirse; recordó con sus hermanos de dolor, lo humano que era también él y su familia, que se encontraba en esas horas, sepultados entre las ruinas del Multifamiliar Nuevo León de Tlatelolco; desde ahí, la estrella internacional de la opera, hizo recordar a los medios de comunicación que lo entrevistaban, que el mundo de la farándula, podía también bajar al ras de piso para atender los asuntos que debía de interesar a todos. Que podían desde luego, olvidarse de los foros, las cámaras, de los escenarios y los maquillistas.



Ante esta situación, el Estado tenía que actuar con toda firmeza y fuerza institucional, debía este  desempeñarse como único titular del monopolio de la violencia; y mostrar a ese pueblo controlado y subordinado, que quien mandaba, era el gobierno, no ellos.

Y fue por eso, que se implementó el Programa DN-IIIE, aunque esa clave o código secreto no se sabía que significaban, pero se escuchaba impactante para cualquier oído: “¡De-Ene-Tres¡”.  Aunque los chistes populares decían que significaba “¡De nada, de nada, De nada¡”, lo cierto es que la Secretaría de la Defensa Nacional aclaró que significaba: “Auxilio a la Población en caso de Desastre”.  El gobierno, con todo y su plan militar, se sumó a la sociedad civil, con sus soldados, vestidos de color azul y casco gris, otros de verde, fuera el color que fuera y de la metralleta que cargaban en sus hombros; el Estado tenía que demostrar que ellos también podían organizar el rescate de vidas humanas. Pues ante la solidaridad de los voluntarios que en forma de hormiguitas, limpiaban los escombros, ellos, los representantes del gobierno, traerían la maquinaria pesada para mover los escombros de forma rápida y segura.

Y entonces, el Estado convocó a los burócratas, a los trabajadores al servicio del Estado, muchos de ellos victimas también del derrumbe de los propios edificios públicos que el gobierno había construido años antes y que por una cuestión “casual”, se habían derrumbado en los sismos. Esos mismos burócratas, médicos, enfermeras, policías, bomberos, ingenieros sobrevivientes de los derrumbes; todo el recurso humano que se requiriera para salir delante de la crisis, salieron a ganarse la quincena, sirviendo ahora si a la sociedad, más de lo que podía ofrecerles sus escritorios, sus sellitos, sus formatos y sus maquinitas de escribir.  

La Cámara de Diputados por su parte guardo un minuto de silencio y después de ello, ordenó crear una comisión especial pluripartidista que se abocara a investigar los alcances de la tragedia y proponer acciones. Dicha comisión recayó en un diputado chiapaneco e nombre Sergio Valls Hernández, quien junto con otros diputados, se dispusieron a solicitar información al Jefe del Departamento del Distrito Federal, al Secretario de Gobernación, al Secretario de la Defensa Nacional y a cuanto funcionario se les ocurrieran.



El informe que rindió el diputado ante el pleno de la Cámara de Diputados fue patético: 9, 089 muertos, 4, 830 heridos, 2, 420 atrapados, 5,638 desaparecidos; la corrupción y la negligencia del gobierno mexicano, había hecho en poco tiempo y en forma espontánea, lo que las dictaduras militares de Chile y Argentina habían conseguido: ¡Aniquilar a su gente¡.
252 edificios derrumbados, 165 más dañados, 3 mil cadáveres rescatados entre los escombros, 1,500 más atrapados entre los escombros; treinta mil damnificados, diecisiete mil pernoctando en albergues públicos y los otros trece mil, durmiendo en la calle.   ¡Esa era el tamaño de la desgracia¡. 600 rescatistas provenientes de Alemania, Suiza, Inglaterra, Israel, Canadá, Italia, Francia, Suecia, España y Estados Unidos; también de Colombia, Venezuela y Costa Rica; y hasta 500 perros adiestrados; todos ellos, sumándose a la brigada de voluntarios y de burócratas, trabajando sin cesar las 24 horas, para rescatar el mayor número de vidas humanas.  

Pero lo mejor del informe rendido por el diputado Valls, fue su mensaje emotivo, “Pueblo y gobierno siguiendo el ejemplo del Presidente de México, Miguel de la Madrid, miramos de frente al porvenir y (para) vencer la adversidad"; frases tan trilladas, como “seguiremos construyendo la grandeza nacional." "¡Muchas gracias¡" … Los aplausos de los 300 diputados priístas se escucharon estruendosos, ante la férrea y contundente crítica de los diputados de oposición.  

El diputado del PSUM Arnoldo Martínez Verdugo denuncio la omisión de una entidad gubernamental llamada FONHAPO, Fondo Nacional de Habitaciones Populares, de no haber hecho obras de mejora en 42 edificios de Tlatelolco, entre ellos el Edificio Nuevo León; inclusive hasta dio nombres de responsables, Roberto Eibenschsutz Hartman, quien se desempeñaba como Subsecretaria de Desarrollo Urbano y Enrique Ortiz Flores Director de dicha entidad, quienes no hicieron nada ante las peticiones de los vecinos organizados de Tlatelolco y por ende, pedía toda la acción del Estado en contra de dichos servidores públicos; pero dicha posición fue criticada de demagógica por la diputada del PRI Elba Esther Gordillo Morales, electa casualmente por los vecinos de dicha unidad habitacional, a quien en su discurso dijo, que  los “tlatelolcas”, los jóvenes y los niños, los adultos creían en el gobierno, creían en los principios de la Revolución, que habían  sentido la cercanía de su gobierno y de sus dirigentes; y ante la rechifla de muchas de las personas que habían acudido en la sesión, dijo que ella estaba organizando a los vecinos de Tlatelolco, para conformar “comités de vigilancia”.

Otro diputado, del PST, Efraín Jesús Calvo Zarco, denunció al ejercito de acordonar las zonas de los derrumbes e impedir, las actividades de rescate que llevaban a cabo los voluntarios; objeto el informe del diputado Valles, dijo que prácticamente la Colonia Morelos estaba destruida y su gente, habitaban en las calles.   Pero el diputado del PRI Jesús Murillo Karam invito a sus compañeros de dejar la lucha partidista, de olvidarse de los intereses personales y minúsculos, para enfrentar el drama nacional y asumir  los verdaderos intereses nacionales. “ante el incendio, salvar al bosque y no al árbol”; la diputada del PST Beatriz Gallardo Macías denunció 472 derrumbes en la Delegación Cuauhtémoc, 78 de ellos, vecindades; exigió reforma urbana, expropiación, fondo de reconstrucción; pero en ese mismo debate, el diputado del PRI Juan Moisés Calleja García dijo que en la tribuna no se pensaba en el dolor y en la solidaridad, sino en el proselitismo, que había que apoyar las medidas del gobierno, al menos lo estaba haciendo el movimiento obrero, que no había que criticar por criticar, hablar por hablar, sino actuar como auténticos mexicanos, como lo estaban haciendo los trabajadores del país, acreditar la solidaridad y el apoyo absoluto al gobierno de la República. Su mensaje fue perfeccionado con la intervención de la diputada también del PRI, Beatriz Paredes Rangel, quien dijo que el gobierno de la República estaba cumpliendo con su obligación, que la Cámara de Diputados debía de asumir una actitud digna, solidaria, de auténtica entrega y representatividad popular, que no era válido, hacer proselitismo con una desgracia o tragedia nacional.

Los aplausos priístas abarrotaban estruendosamente la sala del pleno. El PRI ganaba el debate del sismo, por tener a los mejores representantes del pueblo. Sin embargo la crítica “proselitista” de los diputados de oposición no fue avasallada. El diputado del PSUM Jorge Alcocer, propuso la suspensión temporal de todos los juicios de desahucio, discutir la canalización de fondos de la reconstrucción para la vivienda popular, dictar una ley de emergencia, fincar responsabilidades; el diputado del PAN Federico Ling Altamirano acusó al Jefe del Departamento del Distrito Federal de no contar con planes de emergencia, después de lo ocurrido un año antes en San Juanico, pidió descentralizar la ciudad, también fincar responsabilidades; sin embargo el discurso del diputado del PMT Heberto Castillo Martínez es demoledor. Dijo que hacer críticas al gobierno no era traicionar a la patria, tampoco deslealtad; que debía de atenderse a las razones técnicas, no responder con palabras a las angustias; rescatar sino las vidas humanas, si al menos los bienes de los más necesitados; no cerrar los ojos a la corrupción, deslindar responsabilidades pero por razones técnicas, no por señalamientos, sino por los peritajes de los colegios de arquitectos y de ingenieros; iniciar la reforma urbana; sin animo partidista, participar juntos en el llamado, recordar que la tragedia fue de todos los mexicanos.



Fue el despertar de la sociedad civil, la caída del sistema político, el terremoto de las conciencias, afuera las payasadas retoricas de la clase política mexicana, el endiosamiento de la figura presidencial, el poder autoritario de un gobierno desenmascarado ahora como ineficiente, sino también de corrupto e impune.

Abajo los discursos, las pantomimas, las frases rimbombantes que enarbolaban el nacionalismo y la revolución, en la voz de una clase política sin legitimidad, ni autoridad moral; de una autoridad irresponsable, mil veces rebasada e insegura.

Aquellos damnificados, perdieron sus casas, sus seres queridos, otros emigraron de la Ciudad a otros Estados de la República, “donde no temblara”; mientras que los que no pudieron salir, defendieron su identidad de barrio, la cual se veía amenazada, ante los planes secretos del gobierno de ubicarlos en otros lugares; alejados de sus comunidades.
El mes de octubre de 1985 fue el mes de la movilización popular, miles de mexicanos se concentraban en el zócalo y en marchas improvisadas, que se dirigían a la Residencia Oficial de los Pinos, porque querían hablar con su Presidente, nada mejor que la arrogancia y la prepotencia de la clase política, para no atender las demandas ciudadanas, para hacerse sordo, insensible y continuar, en su circo de simuladores.  “El Presidente no podía atenderlos. Regrese otro día”.

Cómo apoyar a un régimen cuya clase gobernante, no tomo el pico y la pala, sino que desde sus lujosas oficinas, aclamaban los discursos retóricos, falsos, demagógicos, de solidaridad.

De decir una y mil veces hasta el cansancio.

¡México sigue en Pie¡.

El 8 de octubre el gobierno no pudo resistir estar sostenido con el único pie que le quedaba. Ante las presiones de una sociedad civil que comenzaba organizarse, fue que decidió finalmente, emitir el decreto expropiatorio de más de 5,500 inmuebles.

La lucha vecinal iniciaría, por sus derechos económicos, sociales, culturales y ambientales; sobre todo su derecho al trabajo y a la vivienda; el gobierno del Presidente Miguel de la Madrid lo sabía bien; no se diga su Secretario de Gobernación Manuel Bartlett Díaz. ¡Jamás la vida pública del país sería la misma, mucho menos la de la Ciudad de México¡.

Era el fin del sistema, el PRI perdería la próxima elección federal. Perdería por siempre su apoyo y respaldo popular. Perderían y serían borrados por siempre de la historia.

El terremoto del 85, fue lo que dio origen, a la caída del sistema de 1988.   

La historia de México cuenta con dos años claves que lo transformaron para siempre.

1968 ….

¡Y el terremoto de 1985¡.