sábado, 14 de abril de 2012

EL DIPUTADO QUE MURIO EN EL TITANIC

DIP. MANUEL URUCHURTU RAMIREZ

El Diputado Federal Manuel Ururchutu Ramírez, había viajado a Europa, para visitar las Cortes de cadiz en Madrid España y posteriormente, asistir aquella fiesta en Paris Francia, que la comunidad de mexicanos exiliados, organizada por Doña Carmelita Romero Rubio, celebraba al general Porfirio Díaz, en aquel 8 de abril de 1912.  Era un gusto ver aquel hombre recio y fuerte que había forjado a nuestra Nación, con el rostro ahora más relajado, pero sin duda alguna, con un rostro mucho más viejo, nostálgico y con una resignación de no volver jamás a México.  No podía decirle nada al general Díaz sobre lo que estaba ocurriendo el país; le ocultaría la verdad sobre la triste situación política, económica y social del país, no le diría, que el Presidente Francisco I. Madero, no inspiraba ni el mínimo respeto ni a la prensa, ni a sus propios “soldados” que le habían llevado al triunfo militar; tampoco le diría nada sobre lo que estaba ocurriendo en el Estado de Morelos, sobre aquel bandolero de nombre Emiliano Zapata, que había sembrado terror y violencia en varios poblados de la región, con un manifiesto denominado “Plan de Ayala” en el que exigía la expropiación de las haciendas para su repartición a los campesinos; no entristecería al general, ni con esa, ni con otras noticias. No le hablaría sobre las propuestas que la Legislatura XXVI estaba proponiendo, como crear un impuesto de veinte centavos por cada tonelada de petróleo que extraían del subsuelo las compañías petroleras, o sobre aquellas iniciativas de leyes de indemnización por accidentes de trabajo; menos aún, aquellas ocurrencias, de su compañero el Diputado Luis Cabrera, en el que proponía leyes agrarias, muy parecidas a lo que el bandolero Zapata exigía.

No hacía falta que se lo dijera, porque el “Presidente” Porfirio Díaz, lo sabía. Era una lástima lo que le estaba ocurriendo el país, cuando la patria se encaminaba a ser la futura Prusia o Francia de América, pero una revuelta había frenado el proyecto político de país para el siglo XX. No podía hacer nada el viejo general, ni siquiera apoyar al diputado Uruchurtu, en sus aspiraciones para ser Senador de la República. ¡Los tiempos habían cambiado¡. México tenía que transitar a la democracia y poder demostrarse asimismo, que era capaz de sobrevivir, aun en contra de sus propios enemigos, que enarbolando las causas de la democracia, reparto de tierras y la lucha contra la dictadura, le estaban generando el peor de sus daños.
Ramón Corral

Ramón Corral, el que también había sido Vicepresidente de México, le reiteraba lo mismo al diputado. Amaban a México, pero no meterían las manos por restaurar el orden, la paz y el progreso; el general Díaz estaba muy cansado y ni él, ni otro apoyado por él, tenían el aval para imponer el orden que Madero había fracturado.

El Diputado Uruchurtu quedo convencido que la rebelión del general Bernardo Reyes no tenía el apoyo del Presidente Díaz, es más, “nunca lo tuvo”. El general Díaz, dentro de su tristeza, río por la ingenuidad del militar regiomontano, que ahora si se había decidido por la presidencia. Lo cierto era, que ni el ex gobernador de Nuevo León Reyes, ni aún su sobrino, el ex Jefe de la Policía Félix Díaz, contaban con su apoyo moral, ni político, ni económico, ni de ninguno otro.

Entonces, el Diputado Uruchurtu convencido de que no podía contar con apoyo alguno de don Porfirio ni de don Ramón, para la búsqueda de su candidatura a Senador, sólo pudo reiterarle al general y a su gran amigo Ramón Corral, su amistad, su lealtad y agradecimiento. La fiesta había terminado y tenía que regresar a México, porque la Cámara de Diputados había iniciado sus sesiones desde la semana pasada. Tenía mucho trabajo el diputado, inclusive, esperaría aquel laudo arbitral respecto aquel litigio internacional concerniente a las 200 hectáreas del “Chamizal” que México reclamaba como territorio propio al gobierno de los Estados Unidos. Defendería con argumentos, con leyes y tratados, el derecho soberano de México sobre su territorio nacional.

En aquella reunión, Manuel Uruchurtu, aceptó también el regalo que otro compañero de su bancada le había dado. Un boleto para transitar por el transatlántico RMSA Titanic. Era un excelente detalle que no podía rechazar. Ser pasajero del barco más gran y moderno del mundo, era algo que no podía desaprovechar, agradeció el gesto y lo sello, con un caluroso abrazo, esperando ver a su amigo muy pronto en la Ciudad de México, para seguir discutiendo aquellas leyes que pudieran moderar o calmar, las ansias revolucionarias que sacudía el país. - ¡Ahí estaré¡.

El 11 de abril llegó al puerto de Charburgo el enorme transatlántico, majestuoso, imponente, altísimo; un lujoso camarote lo esperaría y un viaje altamar le serviría para reflexionar muchas cosas. Ahí frente a su cama, un cómodo escritorio que lo incitaría a escribir algunos apuntes. La hermosa chimenea y aquellos revestimientos de madera blancos, muebles costosos, un lujoso espejo, la estufa eléctrica y aquel cómodo baño, que tenía tanto agua fría, como caliente.

Al día siguiente Manuel Uruchurtu decidió visitar las partes de aquel barco; caminó sobre las cubiertas observando los botes salvavidas, también encontró la piscina, la cancha de squash y hasta una piscina. Era como estar en un edificio de New York, pero con el toque arquitectónico parisino. Ascendió y descendió por aquel elevador, hasta llegar a la cúpula de cristal que captaba la luz solar.

Aquella tarde, Manuel Uruchurtu, en la Sala de Lectura, conoció a un empresario de nacionalidad uruguaya, de nombre don Francisco Carraou, quien se acompañaba de su sobrino José Pedro Carrau; ambos platicaron de negocios, como si aquel Uruguayo quisiera cerciorarse si eran ciertas las noticias sobre la guerra civil en México; el empresario sudamericano estaba muy contento por los negocios que había celebrado en Europa, ahora regresaría a su patria, a Uruguay, para incrementar su riqueza.

Fue una buena conversación. Manuel Uruchurtu, supo por ejemplo que en Uruguay gobernó el Coronel Lorenzo Latorre, quien había logrado paz y progreso en la región; que era un promotor de la educación, el comercio y la inversión extranjera, pero lo mas importante de todo ello, era que Uruguay, era la ya conocida mundialmente, como la “Suiza de América”; gracias a él, Uruguay era una nación democrática, donde cada cuatro años se elegía a un Presidente; lamentó sinceramente, la crisis política que se vivía en México y en cierta forma, la ingratitud de los mexicanos, hacía las grandes reformas que había impulsado el general Díaz, quien se había empeñado, en hacer de México, la “Francia de América”.
Francisco Carrau

 ¡Ya era noche, era el 14 de abril de 1912 y tenía que disponerse a dormir¡.

Una vez instalado en su Camarote, Manuel Uruchurtu apagó la luz y reflexionó sobre las cosas que le habían pasado. Se acostó en su cama, en su infinita soledad, meditando su presente, su pasado y su futuro. Ante todo pensaba en su carrera política, en las leyes que tendría que promover si decidía buscar la Senaduría, tenía que acercarse al Presidente Francisco I. Madero, o con quien fuera su sucesor, porque seguramente, las cosas como estaban en el país, no dudaría que terminara su sexenio. Pensó la conveniencia o no, de promover y apoyar leyes agrarias y laborales, como ya lo estaban haciendo las naciones más civilizadas del mundo; pensó en eso y en muchas cosas más, también Gertrudis, su esposa que lo esperaba en México, inclusive, meditó si compraba algún lote a la familia Escandón, para construir su casa, en el fraccionamiento de Santa María la Ribera o cerca de Chapultepetl, en la Ciudad de México. Imaginó tantas cosas, en su carrera de abogado y el prestigio que adquiriría, si ganara la controversia internacional sobre el juicio del “Chamizal”; justo momento de su vigilia, cuando iniciaba apenas su profundo sueño, escuchó aquel misterioso ruido, que había hecho al barco sacudirse y a él, despertar a la realidad.

Trato de continuar durmiendo, pero no pudo conseguirlo; miró aquel candelero que seguía moviéndose en zigzag, no era algo normal lo que estaba pasando; pendió la luz, no sabía si pararse y preguntar lo que había ocurrido, o no darle la mayor importancia y continuar durmiendo; cuando optó por hacer lo segundo, escucho desde muy lejos, al camarero, tocando distintas puertas, entre ellas la suya, para pedirle que se pusiera el salvavidas y saliera a la cubierta. ¿Qué estaba pasando?.

Nadie sabía nada. Posiblemente se trataba de una fiesta de disfraces, o una sorpresa de la compañía; pero no lo creía, lo que había ocurrido minutos antes era señal de que algo había ocurrido y que por esa razón, lo habían despertado, pidiéndole que se pusiera un chaleco “salvavidas”. ¿No creería que el barco se hundiría? ¿O si?.

Una vez vestido, Manuel Uruchurtu se dispuso a salir a la cubierta, donde varios marineros insistían una y otra vez, que no se preocuparan, pero que siguieran al pie de la letra las instrucciones; bueno, eso al menos creía que decían, porque las ordenes que daban los marinos eran en ingles y apenas, las alcanzaba a comprender. Estaba haciendo mucho frio. Juraría que había humo frio y no dudaría que el agua del mar, estuviera, más que decir fría, ¡helada¡. Escuchó a lo lejos algunos valses de aquellos músicos que tocaban para ambientar aquella formación de hombres y mujeres que se disponían abordar un bote salvavidas. ¿Un bote?. Una véngala tras otra, iluminaban la noche solitaria en que el transatlántico se encontraba, para poderse percatar que lo que se comenzaba decir en aquel momento, era cierto, muy cierto. … ¡El barco se hundiría¡. La inclinación era algo real y el agua, comenzaba ascender en la proa del barco.

Algunos reclamos de los pasajeros, mucho desconcierto, pese que las luces y la música alegre que se escuchaba; las mujeres empezaron a llorar y la respuesta de los jóvenes marinos, era insuficiente y por momentos torpes, ante los gritos de los pasajeros que exigían explicaciones y en otros casos, romper la formación.

Manuel Uruchurtu no entendía bien el ingles, pero sabía que si permanecía en la formación, abordaría su respectivo bote. Los marineros. Bajaban bote sobre bote y los pasajeros comenzaron a descender sobre ellos; en verdad era absurdo lo que estaba pasando, las marineros pedían a los pasajeros que dejaran velices, en otros casos, prohibían que gente ajena abordara los botes, pero en otras de manera injustificada o sospechosa, permitían que gente ajena a la sección, abordara bote; gritos y más gritos se empezaron a escuchar, el orden empezaba a romperse, ninguna autoridad parecía tener control alguno del buque, ni aun para informar sobre lo que estaba ocurriendo, o mejor dicho, que les informará cuanto tiempo permanecerían en el mar.

Después de que bajaran diez botes, Manuel abordó por fin su bote, pero no se sentía bien; observaba que lo que estaba ocurriendo, era algo fuera de lo normal, realmente estaba en la antesala de la muerte; comprendió que lo que estaba viviendo, no tendría jamás la oportunidad de contárselo alguien.

El marinero, con lámpara en manos, gritaba a la multitud enardecida que ya había rotó los límites del respeto al orden y a la autoridad; gente alterada, furiosa, apanicada; supo perfectamente que aquellas personas que se quedaban en el barco morirían. Manuel no quiso voltearlos a ver, pero sintió la obligación de hacerlo, mas que la curiosidad, el deber moral de hacer algo, por mínimo que fuera; cuando alzó su cara, sus ojos coincidieron con los de aquella mujer que empezó a gritarle y en llanto, decía: ¡Help me¡…¡Help me¡ Era una mujer rubia, alta, de ojos claros, pero rojos de llanto y desesperación; algo alcanzó escuchar de ella, que tenía esposo y un hijo que lo esperaba, no podía dejar de hacer algo, ante la indiferencia de sus compañeros de bote, que sólo hacían rezar y agitarse las manos del frio que estaba haciendo; Manuel Uruchurtu se paró del buque y le pidió al marinero que detuviera el descenso y le permitiera el ascenso aquella dama, pero el marinero le respondió que la señora era pasajera de segunda clase y que no tenía derecho abordar el bote; Manuel inaudito por la respuesta que recibió, tomó la decisión mas enérgica e importante de su vida, precisamente, la que definiriía su vida y calidad humana de hombre. Sin dudarlo, pidió entonces, abandonar el bote y cederle el lugar a la señorita.

El marinero molestó por dicha decisión y por momentos incrédulo por la misma, detuvo el descenso y pidió aquella dama se acercará al bote, para hacer entonces, el cambio de pasajero. - ¡Thank you, thank very much¡. God bless.-  Fue la respuesta que externó aquella mujer de cabello suelto y ojos rojos, un eterno agradecimiento que el diputado Uruchurtu alcanzó a percibir.

Manuel Uruchurtu regresó a la cubierta, ahora con mayor ángulo de inclinación en la cubierta y el agua mas cerca de donde se encontraba, observó como aquella mujer no le quitaba la vista de sus ojos. – ¡Soy Manuel Uruchurtu¡ …. ¡Mi nombre es Manuel Uruchurtu¡….. – La pasajera británica le alcanzó a responder – I don`t understand, excúseme¡ … - My name es Manuel Uruchurtu, i’m from México… i’m from México; my name is Manuel Uruchurtu … - respondió el diputado – My wife us Gertrudis Coraza.

-        ¡Manuel Uruchurtu¡ ….México…. wife’s Gertrudis …

El bote llegó a su destinó; la gente continuaba formada, esperando su turno, pero el mexicano Manuel Uruchurtu, se quedó pasmado, observando el mar oscuro y aquella noche negra, inmensa, solitaria; había humo, mucho humo del frio; el ángulo de inclinación era cada vez más y desde los barandales de la cubierta, se descubrió tan lejos de su patria, de su familia, de sus amigos; supo entonces que moriría…

Manuel Uruchurtu, el diputado de la XXVI Legislatura, nunca regresó a México, se quedó en el Titanic, miró al cielo y supo entonces, que estaba, cerca, muy cerca, de Dios …

Entonces, de dispuso a dormir …